Cae tu lágrima sobre mi mejilla
haciendo llamarada la cóncava villa
sin reservar el rastro que sellas en el templo
el corazón vivo que hace de cerbero.
Son tus duraznos autores de pasiones
que llenan el vicio de sedientas voces
que arrullan el pensamiento sin pasar bemoles
capaces de disimular el levantamiento del hombre.
¡Oh, dulce néctar que cae en forma de risa!
Eres el agua que en el desierto se destila
sobre la lengua del amante en pos de la huida
de una realidad que sólo clama funestas riñas.
Sólo soy capaz de adentrarme en tu perfección
hecha pasión labrada por la unión
que dejas en mis adentros sin compasión
por el celo que invade el cuerpo en sumisión.
Eros juega al placer,
Eros sacia al ser
del ardor que recorre su función
haciendo que la prisa sea un desdén.
Sois el pétalo aventurando su seguridad,
desintegrando la naturaleza de la magnolia
para abrir el paso a la espada
que rebana las líneas de su expresión:
eres uno, sois dos, eres la infinidad
soldada con el juicio de la identidad.
Un todo, un nada;
la ficción no conoce límites
en terrenos de una realidad entregada
al juego de demonios extasiados de ángeles
hasta la consumación de un acto
que hace de religión en el teatro
sin definir las máscaras del actor
que cumple un requisito con furor.
Sólo queda la involucración
de una situación alejada del control
mezclada con la tentación
que dibuja la figura del fervor.