Tu voz me llegó en mitad de la noche. Al oírte, tan de improviso, se me cortó el aliento y un silencio repentino me acarició los tímpanos. Tuve la inmediata sensación de que al abrir los ojos tú estarías allí. Postrada en el lecho de hierba junto a mí, enrollada como una bobina maniatando mi cuerpo en mitad del páramo. Sin dejar que me separase de ti lo más mínimo. Como una velada súplica para ahuyentar la infructuosa búsqueda. Incluso aspiré el perfume lejano. El aroma de tu cuerpo hecho fragancia. Antes de girar la inclinada cabeza y atreverme a mirar por fin, pensé, si yo mismo sería el sahumador idóneo. El singular recipiente, apropiado o no, en el que se consumirían tus horas de ensueño. Con lentitud exasperante entreabrí los pesados párpados. Chirriaron como dos graves bisagras al contemplar la cerrada noche sin estrellas. Qué cruel resultó tu ausencia. Qué ingrato despertar en la sabana. Comprendí que el sueño me había vencido en mitad de la lucha, o mejor dicho, que de alguna extraña forma me habría hecho invisible a la espada enemiga. Tumbado en mitad del campo de batalla nadie reparó en mí y fué así, por pura casualidad, como logré sobrevivir al ataque bárbaro.
Supe en ese preciso instante que tú me habías salvado de una muerte segura embriagando mis sentidos como por arte de magia. Y no sabes cuánto ni de qué forma lamenté tu ausencia. El haberte abandonado a tu suerte sin reparar en que descuidaba la mía. Tanto tiempo en pos de un sueño me ha borrado las facciones. Era cuestión de tiempo. De esto que ahora precisamente me sobra. Lo difícil no fue convencerlos, ni convencerme. Al fin y al cabo somos hombres de armas. Lo complicado fue convencerte a ti. De hacerte creer que el tiempo puede detenerse así, sin más y que la vida es ya luego para nosotros como un hálito que no se extingue. ¿Recuerdas?. Me juramenté por ti, por nuestro amor. Comprendiste que no podía dejar pasar así como así la oportunidad de inmortalizar lo nuestro. Y que el símbolo fuese cual fuese sería de tu agrado. Si vieses, amor, en mitad de esta noche cuán bella está la oropéndola.
¿Qué honda tristeza me consume?. ¿Qué fina daga atraviesa mi espíritu?. ¡Qué pérdida y cuánta desolación a mi paso!. Preguntad a los lirios del valle por la razón de este delirio. Preguntad sin ambagues en qué gastaba mi tiempo. Ni me pierde el combate ni me arredra el enemigo. Ningún escudo de armas se vanogloria de mi y sin embargo ¿quién pudo detener mi brazo?, ¿hubo alguien que amortajase mi cólera?.
¡Qué lento discurrir del tiempo!. !Qué pesada carga que no pesa!. Porque no es el peso de esta férrea armadura lo que me oprime el pecho ni este hermoso blasón que me acoraza. No imaginas cuántas lanzas he roto por ti. De qué forma he combatido en tu nombre. Por ventura, lo sé. Pero de qué manera. Con cuánto arrojo y gallardía. Nada de todo esto me pesa. Lo que de verdad me aflige es tu recuerdo. Este pañuelo tuyo que llevo anudado al cuello el que me distrae. He batido la tierra entera por ti. En cada palmo de terreno conquistado ondeó tu bandera con orgullo.
Y bastó, eso si, una sola hebra de tu cabello para convocar a todos los ejércitos en tu nombre. ¡Menudo fuego al amanecer!. ¡Con qué ironía retábamos al mismo sol!. ¡Cuánta luz sobre el mástil!. ¿Quién diría que un simple mechón de tu cabello acabaría por convertirse en este bello titán que asalta el cielo?. Tu pelo alborotado por el viento. ¡Qué voluptuosidad la tuya!. . ¿Quién podría decir que no a tan sugestivo reclamo?. Cuando de repente levanté el brazo y con él todo el fuego de tu cabello, tembló la tierra, lo sé. No hubo un solo gigante, ni un solo yamaná que no inclinase su cabeza al paso de mi montura.
Así es Oriola. Es la hora del regreso. |