Ni el vapor de los tarantines
ni el humo raro de la alcantarilla
ni el aire viciado entre tanta gente
(ni tanta gente)
nada...
ni siquiera mi somnolencia
típica de la hora
nada...
pudo evitar que surgiera
apacible y monumental
aquel manto atezado
quinceañero, con nombre de hembra
pendiendo, como el ébano
de su gracia bruna.
Volvióse mi camino
aquel que sus pasos dormidos
garabateaban. Y supe:
mis labios arderían fríos
como lo hacen hoy
por su anonimato y lejanía
frustrados al despertar
de un cielo de diez segundos
con su figura ingrávida
fluyendo
libre y entera
en las costas de mi monte |