En cuanto lo vi comencé a capitular. Ni siquiera necesitó sitiarme, me conquistó nada mas clavar su mirada en la mía. Antes de que pudiera darme cuenta ya me había robado el alma. Me sentí desposeída. Sin pedir nada a cambio le di mis pertenencias. Todas, sin excepción, incluido el nombre.
Fue pronunciarlo y darme cuenta. Ya no me encaja, no me siento a gusto en este nombre. Hace ya un buen rato que me está llamando Onofre y yo como si la cosa no fuera conmigo. Media vida oyéndole gritar: ¡Marcela!, ¡Marcela!!...Y ahora cada vez que lo escucho en boca ajena me parece mas hostil. Pareciera que estuviera echo a la media exacta de sus labios. Onofre seguía golpeando timidamente la puerta del estudio.
_ ¿Estas sorda hermana?.
Me quedé con las ganas de responder:
_ Sorda no!!. ¡Ensimismada, atrapada, enrollada como una bobina en la plática, dulce plática, de una cítara bien tensada!.
Pero me temo Onofre que no me entenderías. Fue escucharle y claudicar. Oirle decir mi nombre y quedárseme pequeño. Me aprieta como un viejo vestido que ya no entra.
_ ¿Vas a abrir o no?. Onofre se desespera y no es para menos. Tardo tanto tiempo en abrir que cuando al fin abro ya no se acuerda de lo que tenía que decirme.
_ Anda siéntate, respira hermano....
Yo voy y vengo por la estancia, saco a colación algún tema insignificante, le pido opinión acerca de qué ponerme. Pero Onofre me conoce demasiado bien. Ni ando desenvuelta ni la cuestión es insignificante. Y lo peor de todo es que se me hace un mundo confesarle. Todo esto contribuye a enredar mucho más las cosas. Aunque yo las tengo muy claras, jamás habría imaginado tenerlas tanto.
¡Menuda se ha organizado!. Mi padre ando echo una furia. Esta mañana le oí decir a Ernesto que en cuanto lo pille lo descalabra. ¡Me asusta tanto oirle decir esas cosas!. Menos mal que mi madre tercia por mi, mejor dicho por los dos. ¡Qué valor el suyo!. No hace mas que reprocharle historias,todo con tal de distraer su atención. Que si tu hubieras echo lo mismo, pues menudo eras, qué poco te importaban entonces las gentes... Y cosas por el estilo. Hasta Cortés anda raro, no para de ladrar y gemir y de hacer remolinos con el rabo.
_ Onofre, es preciso que me cubras la retirada no estoy dispuesta a perderme esa cita. No, no dejaré que repliques. Al fin y al cabo te llevo un par de años y eso me da ventaja. Acaban de dar las cuatro.
Amintore soñaba con verdes praderas de céspedes tiernísimos, árboles frutales de dimensiones exacerbadas y sobre todo la idea de permanecer horas enteras recostado en el laberinto subcionando el orozuz le producía un picor placentero en las plantas de los pies. No voy a negar que a mi también me embriagaba todo aquello pero de distinta forma. De buena gana me habría quedado allí para siempre, junto a él. Recostada sobre su espalda como una soberana en su trono, asi era como me hacía sentir. ¿Podeis imaginarlo?. Cualquier deseo podía ser satisfecho al instante. Me bastaba un simple gesto o una caricia, su gentil proximidad para insuflarme de ánimos. Me abandonaba por completo a su presencia. Bajaba de punto a punto la guardia segura de su fortaleza. Improvisaba un desmayo para dejar al descubierto mi cuello y que Amintore mordiera a placer. Era fácil para sus incisivos. No tardaría, no, en morder en puro cóncavo o convexo hasta hacer brotar una ligeras gotas de sangre. Ahora sí, todo era silencio con el que divertirme. Mi sangre era mucho mas cálida y biscosa a tenor del resultado. Su respiración lo delataba, su sonrisa también y sus ambas nerviosas manos aferrándose a mi nuca asegurando la posesión. Y finalmente sus ojos o mejor dicho los nuestros, como un tremendo cíclope que todo lo absorbe. Y fue una bella visión, nuestra y de nadie más. |