Estábamos todos como hace… no se cuantos años atrás esperando a que viniese el autobús.
Tanto calor, todos nuevos… así como cuando se empieza la escuela, éramos variados hijos e hijas, y todos estábamos muy unidos y abrazados aunque raro parezca porque ninguno se conocía en realidad.
Siguiendo con la descripción, justo en frente de nosotros había un perro viejo en el medio de la calle, moribundo tomando el último aire, en fin vino el autobús y nos fuimos.
Pasaron luego más de 1000 años y más de 1000 caminos tomamos todos, algunos para la playa otros para la montaña algunos para el campo y pues otros para los desiertos de la ignorancia.
Más luego un día pasaba yo en mi orgulloso carro y… sorpresa el perro yacía muero hinchado descompuesto y ahí justo ahí en la antigua y desolada parada estaba una hija, rabiosa, herida que aun esperaba un descontinuado servicio de bus, me pare a saludarla y en un arranque de ira descontrolada ella pateo al perro muerto en dirección a mi…
“Pufff” es la palabra que evoca el momento, si pudiese describir el olor de aquella podredumbre pués no estaría leyendo usted este cuento, era algo del más allá, un perro con 1000 años de carroña adentro, la hija quedo hecha carroñas, viseras, sangre coagulada, fluidos viscosos y un gran número de habitantes que se retorcían por todo su rostro, boca, pelo, orificios etc.
Al ver esto me limitá a subir la ventanilla de mi carro ligeramente salpicado y a los pocos instantes olvide el asunto perdido bajo una fresca lluvia de verano, cuando llegué a destino el único indicio de todo lo sucedido era el olvido mismo.
Peculiar historia patrocinada por un gran amigo que sabiamente dijo “Nadie patea a un perro muerto”. |