Un siete de Octubre de 1912 nacía mi padre.
Hombre poco leído, muy trabajador y extremadamente sabio.
Dueño de la ternura encendida en la humedad de sus ojos y de esa breve caricia
que me llevaba a ver como se habían doblado sus manos por el esfuerzo laborioso.
Sólo Dios y mis oídos saben, que nunca nació un mínimo improperio de sus labios;
un atisbo de envidia ni mala voluntad, y siempre una sonrisa acompañó su
presencia y a sus bolsillos escasos de dinero.
Fue el amigo de mis juegos, de mis ilusiones y el que me enseñó a creer en la
ensoñación de los cuentos fantásticos, mientras el exquisito aroma de comida
barata me daba la prioridad de alimentarme. Mis padres me acompañaban solamente
con una porción de pan y un trago de vino. Lo importante era que al pibe no le
faltara lo necesario.
Mis reyes magos pobres nunca faltaron a su cita, aunque no cubrieran mis
exigentes expectativas.
Su silbido y su canto caminante, aún sigue prodigándose por la esquina que lo
acercaba alegremente a nuestra morada.
Sus frases simples fueron el instrumento que sostuvo mi conducta durante todos
estos años difíciles y a veces, tan sólo a veces, regalones. Fueron pocas: “La decencia es lo que alimentará tu vida”. “Nunca seas delator”. “Ante la duda, da”. “Ama tu trabajo por insignificante que parezca, pues es una de las bases formativas de la dignidad del hombre”. “No existe la fealdad femenina. Solamente existe la mujer”. “El hombre nació para sostener a su familia”.
Un 18 de febrero de hace seis años, tuve que cerrar tus ojos donde se había
esfumado la encendida ternura. Te llevamos a la jaula de cemento, depositando tu
ataúd junto a aquella virgencita que una vez encontraste tirada en la calle,
interponiéndose a tus breves pasos de hombre laburante. Ella compone tu pequeño
santuario, refrendando tu fe y tu oración eterna.
Nunca más volví para contemplar esa jaula de cemento identificada con tu nombre
y con un número que testimonia la nimiedad de lo que somos para una sociedad como
la nuestra. Pero de lo que podés estar seguro, querido viejo, es que no existe un
solo día que los que te amamos no te recordemos con la misma sonrisa que siempre
traías al doblar la esquina de nuestra humilde casa.
Que la trascendencia de tu espíritu me acompañe. Te sigo necesitando, querido
padre, querido amigo, querido niño. |