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Ru(le)ta rusa
 
Ru(le)ta rusa
 
En Caracas, montarse en una camionetica es un asunto de azar. Cualquier cosa puede suceder. Desde que el conductor sea mocho de un brazo hasta que de un momento a otro, la camionetica se detenga inexplicablemente. Lo más común es que el camionetero sea un tipo amotinado. Un tipo que se levantó a las 5 de la mañana para calarse las infumables colas de esta ciudad. Un tipo que tiene que detenerse a cada rato para recoger o para dejar a los pasajeros en un tirayencoge eterno como en un coito interrumpido. Un tipo que es víctima de la sobrepoblación caraqueña, porque en apenas dos cuadras recorridas se le monta tanta gente en la unidad que ya no queda espacio libre y todo se vuelve una montonera de personas, un sitio irrespirable repleto de un ganado proletario. Un tipo que después de una jornada de ocho horas manejando por avenidas, debe tener las nalgas planas y adormiladas. Un tipo que por estas lógicas razones es un verdadero coñoemadre. Un cascarrabias que con su vehículo basto y torpe se atraviesa donde le da la regalada gana. Los camioneteros suelen ser algo así como un rebelde sin causa. Se comen las luces, aceleran imprudentemente en calles por donde hay escuelas y no respetan el rayado de peatones. De tanta roncha que pasan se sienten dolidos con la sociedad y compensan su rabia con estas pequeñas hazañas al margen de las normas de urbanidad. Pero a pesar de que se puede trazar una idea general de la conducta colectiva de los camioneteros, no todos son iguales y ningún viaje en camioentica es igual a otro. La experiencia puede ser pésima, regular o buena. Todo depende de la suerte, del azar. Una vez me monté en una camionetica y creo que el chofer era ruso. Tenía cara de haberse malogrado el hígado a punta de vodka desde los doce años. Tenía los ojos azules, casi grises, como un lobo siberiano. Le crecían cerdas de cepillo (aquello no podía llamarse vellos de la barba) desde la mitad del pescuezo hasta los pómulos. Sus dientes eran una baldosa castigada por los siglos: ocre tirando al amarillo cafetoso que se forma en los periódicos cuando están viejos y soleados. Y hablaba como ruso, así como Schwarzeneggerr después de ocho cervezas, aunque Terminator es de Austria, pero creo que la idea se entiende. El ruso escuchaba una música rarísima. Un tipo que parecía estar cantando a través del aparatito que usa Stephen Hawkins para hablar, entonaba temas incomprensibles acompañado de una balalaika o de una de esas mandolinas rusas o de una guitarra completamente desafinada. Mucho tiempo después descubrí que era Vladimir Visotsky, el gran trovador de Rusia, pero para ese entonces no tenía ni idea de quién era y mucho menos tenía la voluntad de aguantar más de dos canciones de aquella música. Con todo y la ignorancia de los detalles, supuse que el conductor era ruso. Y es algo muy raro que un ruso venga a Venezuela (peor aún, a Caracas) a manejar una camionetica. ¿Sería un agente de la KGB realizando labores de espionaje acá? Pero luego recapacité mentalmente y supe que eran achaques del azar. El único puesto disponible era el del copiloto, puesto que algunos camioneteros censuran con un cordón o una liga, reservándolo en casos especiales para algún conocido que encuentren en la vía. Le pregunté al ruso si me podía sentar ahí y me dijo que claro claro en su español poblado de “erres”. Siempre he preferido moverme en camionetica. Los traslados se hacen más contemplativos y a diferencia del metro uno va de una sola manera, así sea sentado o parado, pero no hay que hacer colas para comprar tíquet ni caminar hasta los andenes ni subir y bajar escaleras. En una camioneta, aunque uno se tarde más en llegar a su destino, la travesía es mucho menos estresante. La mayor de las suertes es encontrar un buen puesto en la parte de atrás, junto a la ventana, y que de ñapa, la ventana sea amplia y pueda abrirse y cerrarse a voluntad de uno y sin dificultad. Hay veces en que las ventanas son tan pequeñas que parecen ranuras en la escotilla de un tanque y están amalgamadas en su marco y no se mueven. Sin embargo, las que más detesto son las que no permiten ver bien lo que pasa afuera. Algunas están astilladas por alguna pedrada o algo de eso y sólo se ve a través de ellas un universo de ranuras cristalizadas. Algunas, en casos extremos, han sido desmontadas y han sido reemplazadas por una bolsa de plástico, por lo regular negra, que suena cuando la alborota el viento y que lógicamente, no permite ver siquiera una silueta. Otras tienen un papel ahumado tan oscuro que sólo se llega a ver algo cuando pega muchísimo sol; y con todo y eso, lo que medio se distingue es en un color morado opaco totalmente depresivo. Lo peor de lo peor es cuando una ventana nueva, con potencial para ser una buena panorámica, está vedada por una etiqueta de publicad que cubre a toda la camionetica. Un rótulo gigante que convierte a los porpuesto en una valla andante. Lo que se ve desde adentro es una pantalla blanca que no deja filtrar luz y no deja ver por dónde va uno. Terrible. La música del ruso traía atormentado a más de uno. No alcanzaba los decibeles exorbitantes que a veces traen otras camioneticas. Pero la voz de Visotsky no es “agradable” para oídos no entrenados. Una vieja le hizo saber su descontento al ruso. Éste no le paró en lo más mínimo. Yo me recliné y miré por la ventana. Estábamos frente al Centro Comercial de El Valle. Mucha gente se baja ahí porque está la estación del metro. No saben de lo que se pierden. Si me quisiera ir en metro igualito tendría que agarrar camionetica. La estación que queda más cerca de mi casa es la de El Valle y está a unas 20 cuadras del edificio en el que vivo. A veces las camino, cuando quiero caminar, pero para trasladarme a la universidad sería bastante incómodo. Prefiero tomar un viaje de un solo flechazo. Las camioneticas que más agarro son las que hacen la ruta desde Coche hasta Petare. Una odisea. Atraviesan Caracas de tramo a tramo, pasando por cuatro municipios. La ruta es algo disparatada. Parten desde el mercado Mercifrica en Coche, pasan por Los Jardines de El Valle y El Valle, por toda la Avenida Intercomunal. Ya en La Bandera se meten hacia Santa Mónica, como si fuesen hacia Cumbres de Curumo, pero doblan inmediatamente a la izquierda y a mitad de Santa Mónica se meten hacia Los Ilustres a través del puente de San Pedro. De ahí siguen hacia Ciudad Universitaria y doblando en la plaza Las Tres Gracias toman Los Chaguaramos y pasando frente a la Universidad Bolivariana, entran en Bello Monte, por toda la principal, hasta que en la Avenida Miguel Ángel enrumban por la principal de Las Mercedes. En la Plaza Alfredo Sadel doblan hacia El Rosal, rozando Chacaíto, pasan por todo el frente del Centro Lido y entran a Chacao. Recorren toda la Avenida Francisco Miranda, atravesando Altamira y Parque del Este y luego Los Dos Caminos, Los Ruices, La California en una sola línea recta hasta el infierno: Petare. El ruso iba al infierno escuchando a Visotsky y nosotros acompañándolo. Una cosa que me impresionó del ruso es que cuando le pagué la tarifa estudiantil no se molestó. Le enseñé el carnet pero ni lo vio. Aceptó los trescientos bolívares y los acuñó con delicadeza en un imán que tenía en el tablero. En el tablero estaban pegadas unas calcomanías de comiquitas. Había una del monstruo de Tazmania, una de Bob Esponja, una cromada de Dragon Ball y una de una vaca con las ubres paradas e hinchadas que no supe identificar. El ruso me vio y me asusté. Me hice el loco y seguí mirando por la ventana. Íbamos por La Bandera, a punto de cruzar Los Próceres y meternos hacia Santa Mónica. Creo que estuvo a punto de decirme algo pero yo cerré los ojos. Una vez me monté en una de estas camioneticas pero iba en dirección contraria, en retorno a casa. Desde Bello Monte a Los Jardines de El Valle. Era hora pico y había juego de béisbol en el universitario. Cola. Una terrible cola que convierte aquel maldito pasadizo en un embudo caluroso y apestoso a smog y a sudores ajenos. Para completar, iba parado y cagándome. Sufro del estómago y éste suele echarme las peores vainas en los peores momentos. Estaba aferrado al pasamano del techo con tanta fuerza, apretando los glúteos con tan soberana fe de que se mantuvieran cerrados, que sudaba como un gordo haciendo aeróbics. Una gota de sudor me recorrió la nariz y cayó en el antebrazo de una vieja. Yo disimulé y me puse a ver por la ventana. Sentí la mirada samurai de la vieja quemándome. La vi. Mira qué estás haciendo, mijito, dijo. Yo no ofrecí disculpas. Quizás por eso me remató con un empujón que por poco me hace soltar un flato. Estuve a punto de voltearme y soltarle un peo en la cara. Me tranquilicé, me sequé con el dorso de la mano. La cola era infranqueable. El tránsito estaba atascado. Pensé una estupidez: vamos en dirección contraria a la corriente del Guaire. Eso tiene que ayudar. No ayudó. Aguanté, eso sí, pero el dolor en las tripas era un martirio. Consideré bajarme y caminar hasta La Estrella de China y descargar ahí, pero tomando en cuenta la higiene de esa poceta, era mejor que me hiciera en los pantalones. Toda la cola se debía al inefable partido de béisbol. Siempre he detestado ese deporte tan aburrido y tan gay. Pero aquel día aumentó el nivel de mi odio. Mi padecimiento se veía empeorado sólo porque dieciocho imbéciles iban a estar apaleando y lanzando una pelotica durante horas. A los demás pasajeros parecía importarle un pepino la situación. Apuesto a que si liberaba mi esfínter y soltaba lo mío sí se iban a indignar e iban a protestar y a solidarizar. Deporte criollo mis cojones. Verdadera proeza es aguantar lo que yo estaba aguantando en ese horno porpuesto. La vieja seguía viéndome. Yo me volteé pero no ejecuté ningún acto terrorista. Al poco rato la camionetica avanzó unos cuantos metros y logró acercarme a La Parroquia, una de las entradas a la UCV. Me abalancé fuera de la camionetica y corrí a toda marcha hacia el baño más cercano, en la Facultad de Arquitectura. Lo demás es silencio. Algo que ayuda a pasar los malos ratos en las camioneticas son los dispositivos portátiles para escuchar música. Los emepetrés están muy en boga. Ni hablar de los Ipod. Yo acostumbraba usar un walkman. Un walkman es un aparato prehistórico que sirve para reproducir grabaciones en formato cassette estés donde estés. Este ingenioso invento usa baterías doble A para mantener en funcionamiento el cassette. Un famoso truco para no gastar tanto las pilas de los walkman, es no adelantar ni retroceder el cassette utilizando el walkman, sino introduciendo por unas de las ranuras del cassette un billete (en mi época el perfecto era el de 100 bolívares) enrollado y hacerlo dar vueltas como una matraca. Una ventaja del formato cassette es que cuando adelantas un lado, el otro se rebobina y viceversa. Antes del discman y del emepetrés y del Ipod, el walkman era lo mejor. Después se volvió obsoleto y el que es visto usando uno es blanco de burlas. Si uno saca un walkman a estas alturas de la vida moderna, capaz y te ven como si fueses uno de esos tipos en el metro que se cubren la barriga con una bolsa y que cuando se la quitan tienen uno de sus órganos expuesto a la intemperie, rojo e inflamado y fuera de su cavidad corporal. A mí nunca me dio pena usar un walkman. Ni me da pena usarlo ahora. Lo que pasa es que en estos momentos poseo uno de esos avanzados dispositivos que me resulta mejor y más cómodo y más económico. Pero quién quita que un día me lo roben o se dañe y tenga que ser precisamente mi walkman, mi fiel amigo de antaño, quien salve la patria. Recuerdo una vez en especial que iba en una camionetica hacia el Centro y en mi walkman sonaba a full power una copia hecha en casa de un disco de Nirvana. Bleach, creo. Yo iba atolondrado, como un verdadero sordo, sin enterarme de nada. Todo lo que veía me parecía el video para la canción que estaba escuchando. Si juntaran lo que yo estaba viendo con la música que estaba escuchando y lo pasaban por MTV, era capaz de creerme que estaba presenciando un video cualquiera. Las imágenes pasaban insonoras. Los carros no emitían sus quejas metálicas ni sus bocinazos insoportables. Todo sonido estaba opacado por el que salía de los audífonos de cintillo que estaban conectados a mi walkman. Cuando uno alcanza ese estado de abducción, ese desligamiento de conciencia (casi se podría decir que uno llega al Nirvana); es lo máximo. Tanto así que uno no quiere que el tiempo transcurra más allá de ese momento. Surge el inexplicable deseo de que el viaje no termine, y que la camionetica siga un curso indefinido, tal cual como lo viene haciendo y que la música no pare. Uno de verdad desea ver todo así por siempre, a través de la ventana de esa camionetica, como sin rumbo, abandonado al capricho del camino. Lamentable todo termina. Todas las camioneticas, por muy especiales que sean, culminan sus rutas. Como decía Lavoe: todo tiene su final. El ruso manejaba bien. No era ningún desconsiderado. Hasta se paró por el Farmatodo de Los Ilustres a recoger a una anciana y esperó a que se sentara para arrancar. Hay unos camioneteros que parecieran no tener frenos. O les pusieron una bomba en el velocímetro como en la película con Sandra Bullock, porque no paran. Andan azorados mentando madres y tocando sus cornetas espantaburros. La mayoría, cuando montan a un tipo, se acercan a la parada y reducen la velocidad, pero no paran, nunca paran, como que sienten que pierden su preciado tiempo deteniéndose. Uno tiene que montarse con la camioneta aún en movimiento, en plena carrera. Apenas uno apoya el primer pie vuelven a acelerar y uno se estrella contra una de las puertas y cuando finalmente logra subir completamente tiene que luchar por mantenerse en pie. Los embates de las curvas de El Valle de Caracas sacan de balance a cualquier desprevenido. Si para uno que está relativamente en forma ya es bastante difícil, hay que ver cuando un camionetero bestial no repara en ancianas que piensan que sus rodillas enclenques van a aguantar los coletazos. Una vez, una de estas confiadas ancianas terminó sentada en mis piernas pues la joyita del camionetero embistió un policía acostado como si estuviese manejando a Big foot. La vieja se rió y le costó levantarse de mi regazo. Quizás sólo se hizo la mensa. En otra ocasión, una ancianita bien atrevida rechazó que le cediera mi puesto y se quedó parada junto a mí con la promesa de que ya se iba a bajar. Yo sabía que nada bueno podía resultar de aquella decisión. Dicho y hecho. En una curva descomunal la ancianita estuvo a punto de caerse y el único asidero que encontró fue mi nuca. Me zarandeó de tal manera que casi caemos los dos al suelo. Un desastre. En mis días de furia, detesto a los viejos que se montan en las camioneticas que vienen reventadas de gente, pues saben que algún samaritano les va a dar su puesto. O simplemente los detesto, así hayan suficientes puestos disponibles. Los veo y les digo mentalmente: maldito viejo, ¿por qué no te quedaste en tu casa? O: ¿por qué no agarraste mejor un taxi, vieja desgraciada? ¿No sabes que las camioneticas son un estrés y que están sujetas al azar? Pero si me oyeran, igual no escarmentarían. La camionetica del ruso estaba bien. Estaba cuidada y a simple vista limpia. Hay algunas camioeneticas que parecieran sacadas de una versión tercermundista de Mad Max. Unos verdaderos cacharros. Carcachas con el techo escarapelado, con los puestos desencajados o con un amasijo de tubitos que dan señal de que ahí alguna vez hubo un asiento. Los que más detesto son los asientos mugrientos y corroídos a los que se le sale una gomaespuma ennegrecida que huele a loco. Muchos de estos asientos son una trampa. Uno se sienta y se hunde en ellos como en arena movediza. Son más hueco que asiento. Otro detallito es lo estrecho de algunos asientos. Para ser franco yo no quepo en casi ningún asiento de camionetica porpuesto. Siempre termino con las piernas abiertas hacia los lados porque si las cierro y las pongo al frente sé que voy a molestar al que está adelante. Lo sé y comprendo porque yo también me molesto cuando siento una rodilla inquieta clavándoseme en los riñones. Y volteo y es un malandro imbécil jugando a que tiene la columna derecha y a que se sienta correctamente. Lo peor es que cuando uno, por mala suerte, tiene que sentarse al lado del mismo malandro, el muy mongólico asume una posición con las piernas abiertas y todo encorvado. A uno, en esos casos, le toca sentarse con medio trasero. Una nalga sobre el asiento y la otra al aire, abarcando la mitad del incómodo pasillito en el que se sitúan los que van parados. A veces, el metro no parece tan mala opción. Todo se magnifica en los viajecitos de madrugada. En las camioneticas que cumplen turnos de madrugada viajan únicamente los peores borrachos que expulsa la ciudad. Son los borrachos navajosos que se tomaron toda la quincena en una sola sentada y que no tienen para el taxi. Algunos se duermen y para cuando se despiertan se han pasado un montón de cuadras y se bajan sin pagar porque para qué si igualito terminan yéndose a pie. Algunos se ponen fastidiosos y vienen cantando o insultando o simplemente hablando. El problema es cuando hablan con uno. A veces no resulta cambiarse de puesto para sacudirse al pegoste, porque el borracho te sigue y continúa hablándote no sé qué cosa. Siempre he temido más a que el camionetero se moleste por el escándalo y me mande a bajar a mí también habiéndome confundido con el compañero de farra del atorrante borracho. Pero nunca me ha pasado algo así. Los camioneteros de madrugadas son tipos con una frialdad de asesinos. Son como mafiosos que les va y viene qué diga éste u otro con tal de que pague su pasaje. Mantienen la vista fija en el camino, ajenos a todo lo que pase a sus espaldas. La única vez que vi reaccionar a uno de estos camioneteros de madrugadas fue en una noche en que un borracho vomitó todo el pasillito y un charco amarillento (cerveza y bilis seguramente) se esparció por toda la camionetica. A este borracho el mismo camionetero lo bajó a puntapiés y lo dejó tirado en la calle. Luego el camionetero subió hecho un petardo y aceleró como si estuviese manejando el Mac 5. Me asomé por la ventana y vi la imagen que se alejaba. El borracho estaba en cuatro patas, tanteando el piso con las palmas de sus manos. A pesar de todo, había tratado de pagar su pasaje al camionetero, pero éste, cegado por la ira, le devolvió las treinta monedas de cincuenta bolívares arrojándoselas a la cara. Tarde o temprano uno tiene que bajarse. Me fui acomodando el bolso para levantarme. Me sentía complacido con el viaje. Antes de montarme había puesto la bala en el tambor del revólver. Una bala que era una probabilidad de la peor de las suertes. Le había dado vueltas al tambor. La suerte estaba echada. Me había montado en una camionetica. Había apoyado el cañón sobre mi sien derecha, pues soy diestro y disparo mejor con esa mano. Había cerrado los ojos, no por miedo, sino por una especie de resignación o algo parecido. Había apretado el gatillo, muy lentamente. Había oído el chasquido. El martillo que había golpeado el vacío accionando ningún proyectil. La suerte, la suerte con su bendito azar había sido echada. Estaba intacto, ileso. Me había salvado, por esta vez, me había salvado. Fue un buen viaje, pensé. Dije en la parada, por favor. El camionetero ruso fue disminuyendo la velocidad y fue orillando la camionetica hacia la acera. Me puse de pie. Mejor dicho, intenté ponerme de pie, pero el ruso me tomó por un brazo. Ya la camionetica estaba completamente detenida. El ruso me haló el brazo hacia abajo haciéndome sentar de nuevo. Yo no sabía que esperar. Me miró. Parsimoniosamente fue acercando su mano a mi rostro. ¿Qué? ¿Me iba a golpear? ¿Por qué? Sentí un leve cosquilleo en el cuello pero su mano no había hecho contacto aún. Nunca lo hizo. Cerré los ojos. Todo pasó muy rápido. Muérganas, dijo. Y cuando abrí los ojos y volví a mí vi que el ruso tenía una cucaracha cogida por una antena. La puso en el tablero y con la otra mano la hizo añicos, de un solo trancazo. La cucaracha hizo “crlop”. Pasó de una cucaracha a un despelote de patas, alas, antenas y una baba color pus sobre el tablero. Lógicamente sentí asco. La bala, al final, había salido del revólver, con un efecto retardado, pero definitivamente había sido detonada y me había dado. Mala suerte. Pésima, rectifiqué mentalmente. El ruso se limpió la mano homicida con una maraña de estopa que había bajo su puesto. Después de todo no era tan limpia aquella camionetica. El ruso me miró complacido. No sé de dónde salen tantas, me dijo. Lo miré y no pude evitar pensar en Marmeladov, pues casualmente estaba cursando en la escuela un seminario sobre Crimen y castigo de Dostoievski. Lo bauticé así. Si algún día volvía a ver al camionetero ruso sabía cómo llamarlo. Me bajé tras decir gracias y la camionetica se perdió de vista. Volví a la vida normal. Volví a la realidad peatonal. Crucé la calle con la idea de que había abandonado el azar o que el azar me había abandonado a mí. Quizás sólo lo suspendí por un rato. Uno vuelve a caer en estos letales juegos. Tarde o temprano uno vuelve a someterse a la lógica del azar. Total, volvería a poner una bala en el revólver mucho más tarde cuando me tocara volver a casa en otra camionetica. Quizás terminaba pensando de nuevo en Dostoievski, quien supuestamente era un entusiasta de la ruleta.


   
 
 

Fin
 

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  De: filoctetes
Nombre: Henri Chinaski.
Publicacíon: 10-Julio-2007
 
 

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