M: ¿Me dices tu nombre?
L: Deberías saberlo.
M: ¿Por qué?
L: Porque soy producto de tu imaginación, tonto.
M: Tienes razón. Lo que pasa es que a uno a veces le cuesta conocer bien a sus amigos imaginarios.
L: Sólo por esta vez te la perdono. Leugim, mi nombre es Leugim.
M: Muy bien, Leugim. ¿Qué significa ser amigo imaginario?
L: Pues eso. Así de simple.
M: ¿Te satisface tu oficio? ¿Te hubiese gustado ser otra cosa?
L: La satisfación es inmensa. Uno es muy libre y la labor no es para nada tediosa. De haber sido otra cosa, me hubiese gustado ser músico. La música tiene mucho que ver con la imaginación también.
M: ¿Y el teatro? ¿El teatro no tiene que ver con imaginación?
L: (Indiferente) Supongo que sí.
M: ¿No te confundes? Es decir, ¿no te pasa que crees ser el imaginador en vez del imaginado?
L: Me pasa todos los días. Hoy en la mañana por ejemplo. Me desperté primero que tú y me levanté a tomar café (Sólo preparé una taza porque sé que tú no tomas café). Leí el periódico y luego entré al cuarto para dormir otro rato. Cuando te vi me molesté de verdad y coomencé a gritarte y quitarte la sábana. Por nada del mundo te despertaste. Entonces recordé que no poseo ningún dominio sobre ti, sino todo lo contrario. A las tres de la tarde te dignaste a pararte y te empeñaste en hacerme esta entrevista para no sé qué tarea de un taller de dramaturgia.
M: ¿Hay desventajas en ser un amigo imaginario?
L: Claro. A veces hago o digo cosas que no quiero. La culpa por los actos de otras personas es cosa diaria en este oficio. Puede que en realidad hago las cosas que mi imaginador no quiere asumir, y en ese sentido yo soy una extensión cosmogónica de lo que él quiere hacer pero no se atreve. Ya estoy hablando como psicoanalista, mejor dejémoslo hasta aquí.
M: Una última pregunta, Leugim ¿Le temes a algo?
L: Por supuesto. A que un día dejes de imaginarme. |