Cuando ni siquiera en años te he vuelto a ver,
¿por qué aún me persigue,
la maldita sombra de tu recuerdo?,
el vestigio aquel, de tu único beso
donde mil caballitos de mar
me rondaban el cuerpo
y luciérnagas en espiral
me subían por toda el alma.
Mientras, sigue el castigo inmerecido de tu recuerdo,
que me asalta inesperadamente
y tiemblo cual mariposa en lluvia
como si fuera aquel día
después de tantos inviernos y primaveras.
Mientras, sigo condenada
a esta cadena perpetua
en la que me encadenaste
con la calidez de tu único beso
en donde sin decir nada dijiste todo
y sin darme nada dejaste tanto.
Mientras, sigues como un invasor
inimaginable que me asalta
en las noches
y se me aparece en la almohada
como espectro,
como fantasma,
como sombra,
con miedo y con rabia,
al darme cuenta que aún deambula en mi sangre
y en la casa de mi adolescencia
el vestigio aquel de los días de frío
y de tantas interrogantes
que sin invitación ni permiso,
me acecharon la vida.
Mientras, sigues ahí cuando menos espero,
cuando pensé
haberte dejado en el olvido para siempre,
y cuando pensaba que en mi libertad
podía ser plenamente de otro,
entonces, apareces arrogante,
alardeando que sin haber sido, aún te pertenezco,
desalmándome con la vergüenza
de no saber mirar a los ojos,
a quien muerta en vida
lavó con sus mágicos besos
la agonía en que sucumbía
la muerte por tu recuerdo.
Pero no, nadie merece un amor a medias,
no es justo estar
queriendo estar
pero sin pertenecer.
No es justo,
y no sé si maldecirte,
odiarte,
o recordarte sin involucrarme.
No es justo
que aún existas
entre nosotros
en el medio
con la huella imborrable de tu recuerdo
de aquel, tu único beso.
Emilva Trujillo Moreno |