Un lento tic tac corre sin perder distancia a la aguja del segundero del reloj...
tic tac, tic tac, el tiempo transcurre, día tras día, noche tras noche...
Pero sin más, un clavo se incrusta en esa aguja, deteniendo el tiempo y una luz celestial se abre camino entre las tinieblas y llega a mí, iluminando y haciendo danzar alegremente a mis maravillados ojos. Un ángel camina sin rumbo exacto por el bosque de los sueños para acabar sentándose a la orilla de un manantial, mojándose el rostro y peinando su pelo.
El ángel es una bella mujer que tiene la mirada fija en mis ojos, y sigue con ella cada movimiento que produzco, siempre fija en mí.
Al intentar observarla detenidamente, quedo paralizado, sin poder moverme. Mi cerebro bloqueó las señales nerviosas, ya no siento dolor, ni movimiento. Mi cuerpo esta estático y maravillado ante la visión.
Su rostro levemente inclinado y su mano palpando su mejilla izquierda, la convertían en el ser más dulce del universo.
Un brazalete de esmeraldas, zafiros y rubíes, adornan sutilmente su brazo izquierdo, resplandeciendo y a la vez pasando desapercibido ante la belleza de aquel ser de ensueño.
Pero el cenit de la situación fue cuando sus ojos verdaderamente se abrieron, obligándome a caer de rodillas al perder la fuerza que me mantenía parado, dejándome a merced de la gravedad.
Esa mirada reflejaba pureza infinita. Era una mirada sin límites, tan profunda, tan bella, que no ha de haber mente capaz de imaginar tal cosa!
Esa mirada podría cortar el metal con un trozo de vidrio, poseída por una fuerza de voluntad incomparable.
Recuperando el movimiento, ya soy capaz de gatear hasta ella... haciendo un esfuerzo sobre humano, levanto mi brazo, y con mi mano intento acariciar el rostro de esa chica tan hermosa...
La ceda era comparable a un rayador de queso ante la suavidad de la piel de aquel ser.
¿Como era posible que algo así existiera?
Mis ojos, que hasta aquel entonces estaban mirando hacia el suelo, se levantaron y se enfocaron en el centro de esa luz tan poderosa y cegadora que recorría cada rincón de mi cuerpo produciendo un fuerte temblor involuntario.
De verdad que no existe forma de explicar esa sensación, ¡porque no hay comparación que exista ante tanta hermosura!
Sin decir nada aún, extiende su brazo y acaricia mi mejilla, impregnando su aroma de mujer a mí alrededor y sobre mí. De su boca se desprendieron palabras que no entendí, cosa que carecía de importancia ya que su voz tenía un toque muy sensual, femenino y por sobre todo, extremadamente dulce. Mi piel se erizó y nada en mi entendía o era capaz de encontrar respuesta a aquello.
Al ver mi sorpresa, se levantó bruscamente y dio dos pasos hacia atrás poniéndose lentamente de pie. Lentamente, el has de luz que emitía cada uno de sus ojos, duplicó su intensidad, obligándome a bajar mis párpados.
Cuando los abrí, yo estaba acostado en mi cama, destapado, bañado por los rayos del sol de primavera. Al despejar mi confusa visión, pude observar aquel rostro angelical que había observado hacía un instante... y ante su reacción al decir -¡buenos días amigo!, ¿vamos a caminar por el parque, que es un día hermoso?, no pude mas que recordar el tono dulce de la chica del bosque...
Esa voz me obligo a levantarme y darme cuenta de que aquello en el bosque había sido un sueño.
Pero el ser celestial seguía ahí, sonriéndome tiernamente sin sonreírme, mirándome fijamente sin mirarme, hablándome lentamente sin hablarme…
El clavo que retenía las agujas de mi reloj de pulsera negro ya no estaba ahí, el tic tac se repetía consecutivamente como siempre, pero al observar detenidamente, observé asombrado, que los clavos dejan huellas...
Y así como los clavos; los rostros bellos, tiernos, angelicales y las personalidades dulces y auténticas, también dejan una huella imborrable en la memoria y en el corazón de cualquier ser viviente.
José Emiliano Chialvo Haller
16 de Julio de 2007 |