JUANA SUEÑA
Creyó despertar una mañana inadvertida en el rodeo de una sumatoria agobiante de años.
Muchas preguntas brotaban sin respuesta.
Confusas complicaciones de una memoria que abarrotaba sin piedad imágenes entremezcladas. Fechas imprecisas. Datos inciertos. Sensaciones y sentimientos. Amarguras y demandas. Quimeras obtusas chocándose con malestares certeros.
La traicionera lucecita con respiro de mañana volvía a sacudirla. Quién le hablaba estaba allí desde mucho antes. Siempre había estado. ¿Alguna vez se fue?. ¿Cuándo dijo adiós?. La despedida no existió.
Las historias eran dos, casi las mismas. La suela de los zapatos daba índices de rastros diferentes.
¿ Es que acaso puede verse un rostro igual desde una inocente foto adolescente hasta la ecografía siniestra de más de medio siglo de dubitativos caminadores?.
Juana amortiguó como pudo sus días y se inventó una vida tomando las mejores distancias posibles. Se había mecido en la cresta de una ola que había sumergido a muchos en el silencio. Allí se preguntaba que había resultado mejor finalmente, ya que se sentía marcada y agobiada por muchos vértices.
A él se lo veía aparentemente mas entero. Casi bien plantado, aunque tal vez alguna manifestación extra se vislumbrara. Un impreciso bagaje insinuaba jibosas historias. Hablaba, hablaba y hablaba, hablaba mucho. No paraba de hablar. Escuchaba poco pero escuchaba bien. Era un decir sereno, tranquilo, como de pachorra provinciana, casi hasta satisfecho de sus dichos. No quedaba muy claro si de algo más. Algún valorcito agregado se olía fluctuando por allí. Cada pieza parecía estar en su lugar, y con escasas intento posibilidades de algún tímido jaque. El hombre advertía como para justificar.
Juana lo escuchaba. Juana le sonreía. Juana buscaba sus ojos.
El la eludía. No siempre lo lograba. Allí se escapaban los índices chismosos.
El desborde del disimulo se había plantado en escena. Giraba en torno a ambos, los envolvía impreciso. Causaban gracia porque parecían dos caballos de calesita.
Ese juego no era nuevo, lo habían aprendido antes de que Juana se diera cuenta que había estado dormida tantos años, aunque sin conocer la razón de la vigilia. No hubo que desconectarle el respirador porque se arregló inventándose otras vidas. Esa es la ventaja de los sueños: te acompañan a todos lados. Mientras hacés lo que se te ocurre.
Juana iba y venía cuantas veces hiciera falta. Subía y bajaba cuantas otras fuera necesario. Así sin darse cuenta también se deslumbró y cuando pudo ver, ya sabía mirar mejor, porque sus ojos alcanzaban mucho más allá de los sueños.
Juana no había dormido en vano.
Juana se preguntaba una y otra vez porqué. Si estaba tan cómoda dormida. El chubasco la había tomado de sorpresa, justo en el momento en que se había decidido a... Ya ni se acordaba a qué se había decidido. Seguro que a algo, ya se acordaría a qué. Después de tanto dormir, se tarda en ver las imágenes bien nítidas. Pero no era precisamente un chubasco.
Juana se reía con ganas, se acordaba de que cuando era muy pero muy chica, hace muchos pero muchos años, entre los chicos de la cuadra se preguntaban: estás avivada vos nena, o querés que te cuente.
Eso era. Juana se sentía avivada.
Avivada. Claro lo difícil iba a ser que él también se diera cuenta, porque si en definitiva había estado despierto en vano. ¿Y si no percibía lo que estaba pasando?.
Era lógico había que avivarlo.
Juana iba a tener que seguir dale que te dale, decidiendo hacer esto o a aquello, para ocupar el tiempo. Claro el que le sobraba, no todo el tiempo. Bueno tampoco era tan así. Sobraba no para tirarlo a la basura, sobraba en el sentido del que nos queda después de juntar los alimentos para el cuerpo y para el otro que nadie se pone de acuerdo en como llamarlo. Espíritu. Alma.
Ella sabía -por experiencia- que no hay nada peor ni más torpe que el aburrimiento. Juana sentía que peor podía ser, nadie estaba exento; pero también sabía con seguridad que torpe no era ni lo había sido ni lo quería ser.
Juana tenía miedo.
Recordaba un dicho que siempre le decía al oído su abuela cuando la veía modelar sus títeres : Nena , mirá que la fantasía siempre supera a la realidad...¿ó era al revés? ...y agregaba : cuando uno vuela se cae de golpe, porque nena, las alas son siempre de papel
Aunque esto no la preocupaba. Algo más hondo la desvelaba. Juana era una atinada observadora. Un sabia tejedora de los hilos que la evidencia le permitía develar.
Una develadora profesional aunque sin un ejercicio cotidiano.
Esa urdimbre - tejida con las fibras que habían llegado a sus manos, envolviendo con sus dedos minuciosos los brotes afectivos - le confirmaba que cada uno de sus deseos habían estado puestos en buen lugar. Sin embargo también era cierto, que para el que no quiere ver no hay evidencia que valga, como para el que no tiene voluntad de oír es añudo decirle salud, si se siente enfermo.
Entre sus dudas, ansiedades y elucubraciones, decidía muchas cosas pero llegado el caso, igual se ponía triste, inquieta de a ratos.
Es que en realidad cuando uno se despierta de un sopor tan profundo y tan largo, de una sola cosa esta seguro y es de que no hay retorno posible.
Juana y él, del que no sabemos su nombre o mejor dicho no estamos autorizados a develarlo, quizás con el paso de los días, los meses, los años tal vez, entiendan por qué y para qué se despertaron.
Quien cuenta esta historia solo quiso pensarla en voz alta, para que tal vez, quien sabe, a lo mejor , nadie puede asegurarlo, puedan ambos escucharla desde otro lugar. Puedan analizarla y desmenuzarla y despanzurrarla y observarla más tranquilos, sin los oprobiosos obstáculos que encierran las formalidades latosas, y así sean felices y coman pochoclo mirando una buena película en cualquier lugar del mundo. Eso sí, sin hacer ruido por favor. Obvio, al comer el pochoclo, se entiende.
Silvia Haydeé García López
Abril mayo 2005 |