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ME LLAMO JUANA
 
ME LLAMO JUANA
 
Me llamo Juana



¿Hoy es ocho? Hummm...Me parece que no. Entonces yo tendría...No que va... Mejor me fijo y listo. Si soy un relojito, no puede ser. ¿Qué son esos olores raros?.. Es una locura. ¿Pero qué te pasa ?... Se te dió por darte manija con fantasías estúpidas. ¡Qué tendrán que ver los olores imbécil! ¿Qué cosa no?¿De dónde te sale esta rabia mal habida?. ¡Que mala leche! ¡Justo ahora!.


Miré el almanaque .Me dije : ¡Bueno después de todo un atraso lo tiene cualquiera! Justo es el mes del descanso. A Juan eso lo pone del tomate, odia cuidarse , lo inquieta. Se pone pulgoso. Yo soy muy regular, o sea que no creo que haya pasado nada. No me banco la ansiedad. El zumbido de la sospecha me da vueltas y vueltas y más vueltas. Así que ya mismo lo llamo y se lo digo.


No entendió porque quería verlo con tanta urgencia. Protestó casi con razón. Espero que no me hagas ir por una pavada- declaró- estoy tapado de laburo.


Le borré de un plumazo sus proyectos. Mirándome con demanda incriminatoria, sólo pudo acariciar mi cabello, rajarse una puteada, y darse vuelta apretando los puños.

El miedo, la confusión, las decisiones que ninguno tenía el coraje de asumir en palabras, crearon un vacío que quizás no haya durado más que un respiro.

Se puso pálido, y me dijo: - Juana, ¿ te acordás el otro día cuando ...? - ¡Sí tenés razón, seguro fue ese día!. . No agregó una palabra. Yo empecé a llorar, era incontenible, lloraba y lloraba, no podía controlarme....Las lágrimas no me pedían permiso para salir, lloraba y lloraba sin parar. No podía hablar, me resultaba imposible articular una palabra. Juan tampoco. Estaba impávido, lúgubre. Se lo veía desamparado. Sus ojos se perdían vaya a saber dónde y sus pies se enredaban en círculos concéntricos . Estaba inquieto pero firme. Me abrazaba como si fuera su hija o su hermana. Si era un abrazo más, ¿Por qué lo habré sentido tan distante?

Mis lágrimas se vaciaban en pañuelos cada vez más secos. Hubiera querido volver atrás en el tiempo. Me sentía impotente ante el deseo de subsanar circunstancias que aparecían como errores. Culpas desconocidas me impedían dar fé de un sentimiento, que me hacía ver lágrimas de cocodrilo, en esos ojos borrosos con que Juan me miraba sin ver. Me sentí dura , contradictoria, injusta, sin embargo ignoraba que más tarde sabría reconocer las lágrimas del dolor.

Al día siguiente llegó diciendo que había conseguido una entrevista con un especialista de confianza que nos iba a confirmar si era o no. Reaccioné mal. Lo enfrenté con un : - ¿ por qué no me creés ? . Fríamente respondió: - Estoy seguro, pero debemos hablar con el médico de todas maneras. A buen entendedor pocas palabras. Lo único que hizo fue intentar tranquilizarme.- Juana, la realidad es que no lo buscamos. Fue un accidente. Sabíamos que podía pasar. Nos salió mal, pero sabíamos. - ¿No me digas, te costó mucho pensar eso? Yo me sentía inmersa en un laberinto neblinoso . Por momentos, me veía como una estúpida escuchando explicaciones que no entendía, en otros me agrandaba y me decía- ¿Qué te preocupás? No sos ni la primera ni la última. Tan grave no es. Dale para adelante que apuran de atrás. Me transformaba en un ser extraño, que desde no importarle nada, pasada inadvertida y rápidamente a un examen de conciencia despiadado. En rigor de verdad, este último me duraba poco. Me mimetizada en formas diferentes de un momento a otro. Me topaba con la pared estampándome en imágenes retorcidas. Rebotaba en un ir y venir desatinado, como si estuviera girando sin sentido en un tambor de hojalata. Juan seguía hablando, que sé yo lo que decía sobre que no habría no sé que, la palabra riesgos anduvo por ahí. En realidad ya no lo escuchaba. ¿Para qué? ¿Acaso me servía para algo? Tuve miedo por primera vez y comenzaba a no reconocerme.

En casa simulaba una tranquilidad que me parece no se la creía ni el loro. Mi vieja que chuzaba la chuza dale que dale sospechando un sin saber que la inquietaba. Su imaginación no se acercaba en lo mínimo a la realidad. No lo quería a Juan, y por lo tanto todas sus sentencias iban dirigidas a él: - No sé hasta cuando vas a seguir perdiendo el tiempo con ese tipo, ni siquiera se te ve contenta últimamente. Bueno, menos mal, por lo menos eso indicaba que alguna vez me había visto bien. Entrampada en la jaula asumía formas nuevas, me veía cerrando puertas abriendo ventanas, y frente a mí sólo ese espejo que me devolvía unos ojos tristes perdidos desconocidos.

La espera fue corta. Una ayudante vino a buscarme. Se dirigió a mí con un lenguaje plagado de diminutivos tontos, como si le hablara al intérprete de una travesura. Me sentí manipulada por una mirada que no tenía tiempo ni voluntad de traducir en intenciones, pero que me hacían sentir una irresponsable que no supo tomar las precauciones necesarias. Sólo yo sabía que no era cierto. ¿Quién podría entender mis disensos con una realidad que me era tan difícil?

No lloré más. Me dolía la sequedad de los párpados. Enmudecí de golpe. Miraba con los ojos muy abiertos, quise acercarme a un espejo porque creía que estaba desorbitándome. Los perdía. Se me escapaban ... Y escuché: -¿Dónde vas ahora, otra vez al baño? Pará ... Falta poco.

Esperaba. Esperaba. No sabía qué esperaba. Me levanté. Me acerqué a Juan. – Sí, hablá. ¿Qué te pasa?. – No, nada. ¿Qué me pasa? Era la pregunta justa. La menos oportuna Juan. ¿Por qué no hablamos? ¿Por qué no hablé?

Entré a la sala. Me daban indicaciones. Que el tiempo. Que la historia. Que los antecedentes. El monocorde zumbido de una música que ya no me importaba. Te sacás la ropa. Lo mínimo no sea cosa que. Te ponés una bata limpia y desde las arrugas, una voz de mujer te dice algo que no entendés. El hueco de tu entendedera parece el relleno de lo que nunca hubieras querido conocer. Traspirás un frío fugaz y con resignación te entregás .

Ahí sí, en un sopor que no era precisamente anestésico, sentí el dolor de otras heridas. Empecé a preguntarme:¿ Quién soy ? ¿Quién quería ser? ¿Cómo había llegado hasta aquí? La imagen de un gendarme inquisidor demandándome un documento parecía andar a mi alrededor, sólo que vestía un guardapolvo blanco.

Esperé otra vez. Pensé ¿ qué espero? Si en realidad es sólo mío. No tengo nada que esperar. Sólo sola solita y sola que la quieren ver bailar sola solita y sola. ¡Carajo qué tengo que esperar! si soy la única que tiene algo que hacer. Bailar y bailar, y que el cuerpo aguante hasta terminar.

Nadie puede ocupar mi lugar. Nadie quiere saber que pienso desde este lugar. Es conveniente que nadie sepa, podría defraudarlos. Todos tratan de consolarme porque aunque quisieran no pueden ayudarme. No hay que ayudarme. No hay nada que consolar. Sólo terminar. Terminar de una buena y bendita vez.

Escapaba tratando de evitar esa realidad que se imponía entre algodones, escalpelos y bisturíes. Siempre fui igual frente a la adversidad, lucho con el pensamiento y me sumerjo en elucubraciones que para muchos pueden parecer desatinadas e inoportunas, pero que significan el poder de mi sostén. A pesar de todo esperé hasta último momento, sin saber qué, sin saber por qué, sin saber.... Segura que no existía un para qué.

Cuando apoyé los pies en los soportes metálicos de la camilla, estiré con resignación el brazo para la inyección que me aislaría fugazmente del dolor: Precisamente allí, sentí qué solas estamos a veces.

Fue una mañana irreverente. El brillo de un sol que pugnaba por mostrarse descarado, me demandaba una tristeza desafiante . Le hice frente ahumando candiles. Traspasé las puertas del jardín, donde una imagen caliente y saturada en rojos, amarillos y naranjas dispares, se iba grabando en algún lugar de mi cuerpo. Ellas me recordaban los dichos que habían ordenado seguir ante cualquier inconveniente: hacer todo lo posible para no recurrir a ningún centro asistencial, y si eso fuera necesario, callar prudentemente nombres, lugares, lazos, pistas, pautas .

Sola solita y sola bailando esa danza de los siete velos entre sueños deseos impericias broncas ilusiones mareadas sin sentido velos velos más velos muchos velos para ocultar palabras veladas desveladas ahogadas ignoradas.

Era nada más que un cuerpo y duró lo que una larga ausencia sin noticias. Era mi cuerpo ... Mi cuerpo encriptado en deseos que añoraba sin trampas el goce afianzado y se encendía irresoluto transgrediendo dormido una vigilia acidulada.

Desperté y el llanto sacudió mi piel lastimada . Un rostro de mujer hizo su aparición, casi borroso junto al de Juan que había permanecido en una espera confusa.

Unas manos, unas caricias, un abrazo sostenido. La tibieza y la sencillez que sólo puede ofrecer quién ya ha estado en esa camilla. Traía en su cobijo la respuesta que esperé y esperé tanto tiempo: - Duele, duele mucho, pero te duele a vos, a nadie más que a vos.

Me llamo Juana y me permito este tránsito por un cuerpo que se hizo ceniza en deseos. Un cuerpo que sabe doblar en el recodo de cada caricia. Un cuerpo que registra rastros de afectos impíos. Un cuerpo cuya memoria se envuelve recorriendo la cornisa vacía de lo incierto.

Ese es el lugar de sumas y restas, refugio y amparo afectivo de mis días, residencia de los seres que me hacen grato este andar la vida, sonreír a pesar de todo.

A pesar de haber abortado...

A pesar de esas llagas que nunca dejamos cicatrizar.
A pesar de sus ruegos, a pesar de mis dudas, a pesar de su resistencia, a pesar de mis fantasías, a pesar del tiempo.

A pesar de mí...

Silvia Haydeé García López
Diciembre 2003


   
 
 

Fin
 

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  De: anouka3
Nombre: Silvia Haydeé García López.
Publicacíon: 24-Mayo-2008
Silvia Haydeé García López

 
 

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