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LAS PUERTAS DE JUANA
 
LAS PUERTAS DE JUANA
 
Las puertas de Juana


Las miré muchas veces, hasta el cansancio las miré.

Elegí sin dudarlo ser prisionera en el fuego del descubrimiento. Multipliqué al infinito mis ratos en cada variable significativa.

Me preguntaba que estaba haciendo allí parada desgajando suposiciones, tejiendo tramas controvertidas, imponiéndome elucubraciones, agregándole muchas veces valores relativos al desborde imaginario.

Era difícil desentrañar si se trataba de la historia del vaso medio lleno o medio vacío.

La imagen arribó sobre la palma de una mano que conmovía sin miramientos. Se precipitaba en una mentirosa cálidez. Simulaba demandas confusas. Tenía la pretensión soberbia de asumirse en un grito mudo, sin embargo se plantaba de manera perversa como una señal casi certera.

Se asemejaba a una extraña acuarela. Mostraba los suaves celestes y los azules brillantes, encarnaban un oscuro marco en el que los verdes manchados de vivas tonalidades parecían demandar una mano para quien las observaba en la distancia.

Las dos estaban notoriamente diferenciadas, nada de un cuadro dentro de otro. Tanto que no estoy muy segura de que no fueran suaves los azules y brillantes los celestes.

Una – la más clara - abruptamente abierta con sólo un picaporte interior. La otra –azul pastel pero más brillante- mostraba cerradura y picaporte externo. Era evidente que detrás alguien guardaba mudos sus deseos.

Me quedé paralizada frente a ella, envuelta en un sopor que me advertía sobre un destino impreciso.

La paredes que la rodeaban, venían transitadas por enredaderas que parecían entrampar sucesos, no porque no pudieran visualizarse, sino porque acaecidos era imposible pensar en un retorno inmediato.

Hasta que me animé a acercarme. Acaricié con una mano la madera de la que permanecía abierta. Las rugosidades latían al contacto de mis dedos reconociendo desniveles de tiempos idos. Con la otra advertí que la calidez derramada por sus alineadas tablas verticales, sugerían la lenta caída de cuarenta piezas de dominó que sucesivamente marcaban un compás no compartido, y que paradójicamente desordenaban deseos subterráneos que nunca estuvieron ausentes ni desde adentro ni desde afuera.

Una reverberación impidió que acariciara la que estaba cerrada. Aunque la precipitación de esa imprevista corriente eléctrica, estaba embarrada en fuerzas contradictorios que parecían incitarme a empujarla. Un desafío perverso. Un flujo que parecía demandarme: Vení, dale, mete los dedos. Probá. Si no lo hacés, nunca vas a saber si te vas a morir electrocutada.

Cerré los ojos para no escuchar, y afilé mis oídos para permitirme ver.

Un par de brazos me envolvieron. La marejada me confundió , arrastraba la impronta de esas borracheras que sin buscarlas aparecen llenándonos de misterio. Un estrellarse entre polvos mágicos, un cúmulo de susurros ensordecedores sumados en un tiempo percutido en ausencias.


No me animé.


Luego de unos días la observación de la serenidad me permitió reflexionar que la única puerta que jamás hubiera podido abrir -la del picaporte externo- era el indicador puesto en clave certera..

Así fue que me decidí a descansar en esos escalones, casi saliéndome del cuadro, ni los pies se me veían.


Me senté a esperar.

A esperar que me abrieras la puerta me senté.


Transcurrieron dos larguísimos años, con sus atávicos trescientos sesenta y cinco días multiplicados por dos, y sus horas por vaya a saber cuanto, más esos minutos y segundos que ya ni dan ganas de saber cuánto suman porque se sienten densos, atravesando una piel que curtida en ilusiones se desgaja en vivencias de las que no se quiere regresar.

Vinieron los agobiantes e insoportables veranos húmedos, los otoños cada vez más diluidos en falsas alfombras , los inviernos mentirosos con nieves que se desdibujaban con el primer rayito de un sol menudo. Primaveras cada vez más ajenas, imágenes que apenas se nos permitía percibirlas en el envoltorio de una publicidad que se esmera en mostrar lo inexistente.

Juana se levantó. Le pegó un fuerte golpe vaya a saber a qué pero aguantó el dolor.

Se acercó a su ventana, la abrió despacito y permitió que la brisa fresca derramara gotitas imperceptibles.

Entonces se animó, caminó con un disfrazado desgano, las primeras gotas refrescaron su ánimo y abrió la puerta ...

Detrás sólo se veía la máscara derruida de un cementerio en la que los flecos de la cobardía se anudaban entre los brotes de una enredadera que se renovaba cada vez más sólida.




Silvia Haydeé García López
julio 2007


   
 
 

Fin
 

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  De: anouka3
Nombre: Silvia Haydeé García López.
Publicacíon: 24-Mayo-2008
Silvia Haydeé García López

 
 

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