EL DOLOR DE JUANA
Un brusco golpe de puertas y acusé el impacto. Mis sentidos sellaron esperanzas encubiertas.
Me atrincheré en esa ventana en la que me sentía segura.
Una débil fuerza arrolló la neblina. La tarde se tapó en incertidumbres. La opresión cobijó mi piel y mi ánimo se desmoronó. Mi cara comenzó a taparse de rocío.
Cerré la persiana para que no entrara ni un hilito de luz.
Me envolví en la resaca de los alcoholes agrios. El calor de mi rabia derritió apenas el frío paralizante que me inmovilizaba en un sueño lúgubre. Rodó mi cabeza sin sentido. Cayó mi razón por el piso. Los pies firmes atornillados en la alfombra. Los zapatos hacía rato que me miraban burlándose desde la puerta.
Aullé grité rabié. Grité rabié aullé. Las sábanas fueron testigos mudos de mi impotencia. Nadie dijo una palabra. Los supuestos rondaron el chiquero. Se esgrimieron teorías huecas. Flechas bien afiladas. Dardos certeros más el sordo bullir de tantas orejas fatuas.
Los buitres hicieron su trabajo como mejor les convino.
Impulsos envidias miedos desinterés. Se inventaron ofensas. Un cuchillo afilado remató la acción.
Herida en lo más hondo el aire me arrollaba despiadado. Estaba decidida a hacerle frente. Me levanté. Caminé desorientada. No sé de que hubiera sido capaz porque mi furia empujaba con crueldad. Mi figura gritó desahuciada otra vez.
Desde el espejo mis ojos irradiaban una tristeza cómplice. Ellos que acusaban el impacto de la rebeldía, ellos ahora sólo mostraban desconcierto.
Repetido gris húmedo inesperado. Con la mezquina fuerza que restaba, el rencor abrió la ducha. Un calambre inusitado retorció bruscamente mi cuerpo. Estiré los dedos del pie izquierdo estiré y estiré fuertemente tomada del barral. No toleraba una herida más.
El agua invadía sin pedir permiso, recorría sin pedir permiso, usurpando territorios sin pedir permiso. Sus caricias mintieron lo suyo. Me daban descanso, me acompañaban plácidas.
Inmóvil con la mirada fija en la nada el cabello enmarcaba mi rostro, chorreaba jugos agrios.
Me di cuenta que estaba a medio vestir y que el dolor no cedía. Fui desprendiéndome de cada uno de los trapos que restaban, dejé que cayeran empapados.
Volví a ver mi figura reflejada en los azulejos y me grité: ¡ Imbécil ¡
Sin ton ni son el torrente suave seguía corriendo. Dos turgentes pezones reafirmaban que quien estaba allí era yo. Sin soltarme dejé caer el último resto empapado que se pegaba a mi piel, dejando al descubierto un pubis dolido. Puerta certera. Candado presumido. Jaula de deseos con desaliento.
Mi cuerpo por fin libre cerró sus ojos y voló en sueños muertos. La tibieza húmeda desinteresada me acarició como adivinándome. Voluptuosa espuma de un jabón perfumado. Envolviéndome protegiéndome desahogando.
Malentendido malversación devastación tergiversación desazón desesperación desilusión.
Quería borrar todo vestigio de sangre seca. Ardía dolía quemaba aniquilaba su contacto penetrante.
Cerré el grifo y esperé un segundo. Volví a abrirlo y el chorro se precipitó helado. Sumaba voluptuosidad temblaba en el exabrupto.
Quería más deseaba más, empujaba más y más, barrido de marrones azules negros rojos amarillos grises insulsos grises. Delineaba tristezas marcaba túneles apenas perceptibles inadvertidos.
Se escapaban las ratas por el albañal . Cacareaban fatuidades rastreras. La canaleta iba dejando señales, sus pasos cicatrices. Un depósito de sueños mentirosos. Esas ternuras gratuitas, esas ganas brindadas con desinterés, tanta pesadez acumulada. Insistir verificar fue bueno a tiempo insistir brindar la oportunidad lo mejor escapó huyó corrió demandó excusó calló.
Una mano entibió la otra. Apareció providencial. Valdría la pena. Siempre igual golpe tras golpe herida tras herida dolor tras dolor cenizas arrugadas de fuego polvo tras polvo encendido cenizas renovadas vueltas a la tierra tras la desesperanza renacer tras un sol incandescente.
Cerrar otra vez la canilla dejarse escurrir como un trapo de piso colgado en la soga... Me perdí en una espiral de preguntas sobre la cuna-cama sembradío de tantos goces y reveses. Las sentidas ausencias vértigo de vueltas.
Conocía mis secretos me permitían ovillarme apretarme en mis congojas. Un fluir de olores nuevos .
Enredé mis piernas abracé mis restos escuché los chillidos de mis lágrimas. Impávida me acerqué a la ventana, me apoyé suavemente y mi contorno marcó el vidrio. Mi mano abrió las persianas. La luz encandiló mi mirada. Busqué tus labios tu sonrisa tus palabras. Ceguera afectiva de mis dedos tullidos paralizados y mis uñas mojadas con agua esta vez .
Cayó despacito la envoltura blanca.
Desnuda firme inquebrantable solo atiné a delinear las únicas palabras que escribí pensando en vos : fue mi dolor, será tu tristeza...
Mayo 2005
Silvia Haydeé García López |