Siempre he pensando que la lluvia es como el lamento del cielo, por la perdida de una vida que era apreciada, o quizás es la señal dada para la apertura de las puertas del reino a esa nueva alma que va a los brazos del Señor.
Casi al amanecer, un aroma de tierra húmeda se iba apoderando de la habitación, sin truenos o relámpagos, la lluvia comenzó a oírse lentamente, tan suave como el cantar de las aves, pero constante, hasta que la noche dio paso al día.
Se aferran las ganas y los sueños a las sábanas tibias por una noche larga, pero corta en descanso, arrullan las gotas cual canción de cuna, todos duermen, menos aquellos que llorarán antes del nuevo día, un lunes ya muriendo Julio.
Apenas despierta la ciudad, lavado su rostro, las calles lucen húmedas y brillantes, rosas bañadas en llovizna es el festín de abejas y colibrí, pero alguien llora, alguien llora.
Cierra sus ojos, cruz en su frente, el último de los sacramentos recibido… duerme.
Al abuelo de mis sobrinos y al Padre Ramón… a quienes Dios llamó el día de hoy…
Yaritagua, 28 de Julio de 2008
y
Guama, 28 de Julio de 2008 |