Denuncio las lagrimas que inspiraste en noches interminables.
Denuncio la ausencia de tu abrazo para salvarme de no extrañarte.
Denuncio la comodidad de tus días de verano ignorando mi frío invierno.
Denuncio la flagelación del cincel de tus palabras que laceraron mi alma y corazón.
Denuncio lanzarme a las avenidas errantes de la tristeza sin rumbo huyendo despavorida de este advertido y temido futuro que subestimaste.
Denuncio tanta denuncia que a distintas voces suplique y que hoy se convierten en la torre de mi silencio, y en los fantasmas de tu tardía reflexión.
Denuncio el desfile de besos que nunca llegaron a tiempo.
Denuncio el naufragio al que me lanzabas y en el que habito sin faro en medio de esta interminable y dolorosa noche.
Denuncio asesinar la magia de mi poesía que solo te cantaba con la lira de la musas del mar de mi amor, que aún hasta el más ciego de los ciegos podía sentir.
Denuncio el sembrar lluvias de derrotas en mis esperas de victorias por vencer tu soberbia con mi ternura.
Y hoy definitivamente denuncio que me envenenaras la vida, el alma, y el corazón, que como dragón por ti, solo aprendió a lanzar llamas incendiarias a su paso.
Y finalmente, denuncio con letras de sangre, las heridas profundas, que sembraste en mi corazón, y que hoy imploro al tiempo, al viento y a Dios, que borren o cicatricen para siempre, porque estando viva yo no quiero estar muerta y porque estando muerta entonces al fin tenga paz.
Emilva Trujillo Moreno |