Hacía varios años que no la veía, pero ese día fui por cuestiones de negocios de visita a su tierra, ¿Por qué no llamarla? – me dije -, si al fin y al cabo pasaré un par de días en este lugar. Recuerdo muy bien la última vez que nos vimos, me despedí con un beso en sus labios, pero no pasó más allá de eso, lamentablemente.
Su nombre me lo reservo, aunque no importa cual sea, pero en ésta historia la llamaré Ana, no hay razón especial para elegir nombrarle de este modo, quizás por la facilidad de escribirlo, o por que en el fondo pensé en otra persona, de la que tal vez algún día escriba algo.
No tenia un número telefónico donde llamarla, a veces evito dar sorpresas, no vaya a ser yo el sorprendido, por eso acostumbro llamar previamente, saber ¿cómo está? y más que todo, ¿con quién? Esta vez debí tomar el riesgo, sabía donde estaba, o al menos creía saberlo. Al llegar al sitio encontré a un viejo amigo, para aquel entonces su jefe, me distrajo un poco en el asunto al que iba, pero no ha sido del todo malo hablar con él, ha pasado mucho tiempo, mas no en vano, ya no somos los muchachitos de antes (reflexiono al ver su semblante), ahora jugamos a ser adultos y responsables, ¡Dios!, haber pensado eso unos años antes sería más que una herejía.
Como pude, logré concentrarme a lo que iba, le pregunté por la persona objeto de mi búsqueda, pero de manera disimulada, no vaya a ser que descubra que fui hasta allá, no para saludarlo sino para encontrarme con ella, se sentiría mal y yo también por supuesto. Amablemente me dijo que no estaba allí, sino en una sucursal cercana, ubicada en el principal Centro Comercial de la ciudad, ya estaba por darse el medio día, magistralmente me despedí, incluso muy diplomático, pero con el compromiso de salir a tomarnos unos tragos antes de regresar a casa.
Debía apresurarme, ya casi era la hora del almuerzo, pensé que si llegaba con tiempo podría invitarla a comer algo, de tal forma poder ir rompiendo un poco el hielo que se ha formado con mi ausencia, como aquel que se acumula en los buques que transitan por el ártico, pero el tráfico se confabuló en mi contra, ésta es una de esas ciudades pequeñas que de pronto experimentan un crecimiento desmedido, quedando chicas sus calles empedradas y avenidas, más cuando están enclavadas en las montañas de los andes venezolanos.
Resulta que; lo que más temía ocurrió, no pude llegar a tiempo a la sucursal de aquella empresa donde trabajaba y al preguntar a la persona que estaba allí, me comentó que a escasos diez minutos acababa de salir y que regresaba en dos horas, lastima me dije a mi mismo, después de conversar un poco con ella le dejé un recado, iría a comer sólo y a esperar el lapso que me acababan de fijar.
Ese medio día, mientras decidía que comer, recordaba por qué estaba allí, preguntando por ella;
La conocí en mi ciudad, hace unos tres años, trabajamos en la misma empresa, pero en distintas sucursales, para ése entonces ella estuvo solo una semana de visita, para la realización de un entrenamiento, tímida y delgada, se notaba algo distante a los demás, quizás por el ambiente, su forma de ser, o por otras circunstancias que desconozco, por mi parte, quería ser amable y buen anfitrión, aunque cierta fama en asuntos femeninos me precedía, no lo niego, pero eran cosas ya del pasado.
No fue sino hasta el segundo día que le invite a conocer un poco la ciudad, nada complicado; cenar algo, ir a centros comerciales, luego llevarla a la puerta del hotel donde pernoctaba, pero antes de eso, escuchamos algo de música y conversamos, indagando un poco de su vida y de sus aspiraciones, quizás me sentí como un depredador rondando los pasos de su presa, solo esperando el momento.
Un jueves, ya cuarto día de su estadía, nuevamente la invite a salir, en realidad ella no tenía muchas opciones, una semana en un lugar donde todos eran desconocidos, siendo su primera vez fuera de casa, quizás también deseaba experimentar ciertas cosas, y yo estaba allí, intentado ser buena compañía.
Esta vez, fuimos a ver una película, en un modesto cine que queda en el centro de la ciudad, no es muy concurrido, lo que hace sea un sitio idóneo cuando quieres un poco de privacidad, no recuerdo la película, eso no era realmente importante, un par de gaseosas, palomitas de maíz y algunos dulces eran las herramientas, hoy sí comenzaba el juego de seducción.
He visto en la televisión, en algunos programas de vida salvaje, como los cachorros de leones juegan con sus presas, es un momento de aprendizaje, aún inocentes del significado de la vida o de la muerte, pero es algo que les enseña a sobrevivir en el mundo, ese día y en aquel lugar me sentí ya no como el depredador, sino como el cachorro jugando con la presa, recuerdo que entre otras cosas, la sala no estaba fría, pero ella temblaba como si escalase el Everet, su piel erizada mientras yo sonreía, le decía susurrando ciertas cosas, en doble sentido, en su oído y mi brazo le brindaba calor contra el supuesto frío que sentía, quizás fue excitación de su parte, algo que no habría sentido antes, era el preludio de algo que ocurriría o simplemente en verdad tenia frío, teoría que ella negó mas tarde.
Ésta segunda salida terminó igual a la anterior, yo en la puerta del hotel dándole las buenas noches, y ella con un brillo en los ojos como agradeciendo todas las sensaciones que experimentó en esos días, ya casi culminando la semana, quedamos en cenar el día siguiente; viernes, antes de su regreso a casa.
En esos meses, me vida experimentaba un proceso de cambios de diferentes índoles, estaba abriendo oficina propia y recién salía de una relación que me marcó para siempre, incluso me atrevo a decir que perdí mi capacidad de amar, hasta llegué a ver erradamente, desde ese entonces, a las mujeres como un objeto, una conquista más, una menos, una presa que alimenta al ego de un depredador sólo por un día, ya que al siguiente, comenzaría nuevamente la caza.
Aunque ella era nueva en aquel lugar, ya sabía llegar al sitio donde siempre la esperaba, ansiosa de otro día de nuevas emociones, no tardó en aparecer a la hora acordada, esta vez, saldríamos a cenar, y por ser el último día, habría un ganador o un perdedor.
Para alguien a quien nunca le habían dado tantas atenciones, aquella cena puede ser considerada inolvidable, para mí sólo era volver a sitios donde cada rincón traía miles de sueños, momentos que a veces quisiera repetir, pero con un nuevo rostro, una nueva persona, tal vez estaba allí a propósito, queriendo reemplazar recuerdos, deseando que ella supliera al menos ese instante a quién ya no está, algo que no es justo para ella, pero ¿quién ha dicho que la vida es justa?
La cena trascurrió normal, desde mi punto de vista, cada paso como ensayado salía a la perfección, era nuevamente el cachorro jugando con la presa, buena comida, bebida no alcohólica, música que suelo oír, todo perfecto. Querría oír ella un “me gustas”, pero no sentí nada en relación a eso porque estoy vacío, esa noche iba a terminar igual a las anteriores, pero con la única diferencia que camino al hotel, en el asiento posterior de un taxi, tomé su rostro con mis manos y la besé, sintiendo que ya ella deseaba que lo hiciera desde el día anterior.
Sentí unos labios inexpertos y de cierto modo sorprendidos, esquivos pero a la vez cómplices, con suavidad le mordía al besar mientras olía el perfume que me embriagó durante toda la noche, recuerdo que cierta ocasión me enamoré de alguien con un único beso, pero esa es otra historia, esta vez fue sólo eso, un beso, terminando la noche en la puerta del hotel, deseándole nuevamente unas buenas noches.
Horas mas tarde, al llegar a casa, conversamos un poco por teléfono, me preguntó sobre el beso, le comenté que fue sólo un beso, que ocurrió luego de una velada interesante, pero que no significa algo más, desde ese día comprendió un poco lo que yo pensaba, y asumió su rol de presa, ya capturada.
De regreso a mi espera, aquel medio día de mi visita, pasaban las horas y ya casi daban las dos de la tarde, recién termino de almorzar, decidí caminar para hacer un poco de tiempo, ver estanterías y vitrinas, me gusta comprar libros, por lo que fui directo a donde estaban las librerías, siempre he soñado ver uno de mi autoría, en la portada mi foto, y un título que llame la atención; “Besos en La Puerta”.
Confiado de que le darían mi recado, fui nuevamente a donde estaba, pero ella al verme quedó petrificada, síntomas de que no le habían dicho que pasé horas antes por allí, sin querer le di la sorpresa, su tarde era pesada, me confirmó luego, dado que atender clientes que a veces andan molestos no es tarea fácil, me comentó que se alegró en verme, - como bajado del cielo - dijo, pintándose una sonrisa en su rostro, a veces ella suele escribir por lo que nuestras conversaciones tienden a ser filosóficas.
Luego de las preguntas de rigor; ¿qué hacía allí?, ¿cuándo te vas?, ¿qué has hecho?, nos intercambiamos números de teléfonos, y quedamos en vernos luego de su trabajo, alrededor de las ocho de la noche de aquel miércoles, pero ahora era yo quien estaba en su territorio.
Nuevamente la espera, las horas se hicieron un poco largas, mas pude recorrer un poco la ciudad, recordando como era, hace mucho que no iba hasta allí, realmente me gusta pero no así la forma de llegar, la vía suele ser algo peligrosa y ya he vivido más de una mala experiencia que me hace pensarlo dos veces antes de volver.
Ya cerca de las 8 p.m., regreso al centro comercial, Ana está pronto a salir del trabajo, mientras espero un poco más, decido ir a ver otra vez los libros en las estanterías.
Lentamente la gente fue abandonando el lugar, la noche se cierne sobre las montañas, haciéndole sombra a los lugareños, poco a poco el alumbrado comienza a encenderse tímidamente; es la transición entre la luz y la oscuridad, un tenue frío comienza a helar los ánimos, impulsando a los cuerpos a atraerse, cual ley física planteada por Newton, quizás algo de ansiedad me hacía divagar un poco, quería besarle esta noche, pero no sabía como llegar a ese punto, tengo mucho tiempo sin siquiera verla.
Dada la hora, pensé invitarle un café, fui a donde ella estaba, me esperaba muy tranquila, pensando quien sabe en que cosa, lo cual siempre ha sido un misterio, saber que hay en la mente de una mujer, sería como descubrir el origen de la vida, y allí estaba, deseosa de estar conmigo, y yo con ella.
Ya casi no quedaban personas, las tiendas comenzaron a cerrar, así como todos los locales donde expenden alimentos, el personal de limpieza inicia su labor, y casi todas las mesas tienen encima las sillas, menos una, donde habíamos elegido conversar. Un par de café, con leche o vainilla, o ambos en mi caso, dos sobrecitos de azúcar para cada quien, aunque siempre uso sólo uno, no me gusta tan dulce, ella dándola vuelta con una pequeña pajilla al suyo, cosa que pasó haciendo durante toda la conversación.
¿De qué hablamos?, no recuerdo a ciencia cierta, pero parecíamos dos adolescentes escapados del colegio, uno cerca del otro, había pasado tanto tiempo desde la última vez que nos vimos, pero aquella vez quedaron muchas cosas pendientes, era otra situación, ya había sentido sus labios, y hoy era solo cuestión de tiempo para volver a beber de ellos.
Mentalmente me dibujé un plan, cuyo primer objetivo eran sus dedos, sus manos, llegar a ellos era como tomar posesión de tierra alta, muy importante en la guerra, permite visualizar mejor el campo de batalla, pueden haber muchas bajas al querer conquistarla, incluso saber si realmente existe alguna posibilidad de éxito, o si todo se va al despeñadero en el primer intento, lo cual seria toda una desgracia.
Llego a sus dedos, después de unos minutos, luego a sus manos, lo cual me permite avanzar insinuantemente con frases, recordando nuestro primer encuentro, viviendo en esos recuerdos, voy descubriendo lo que siente y sintió para aquel entonces, palabras dichas, anécdotas de cuando ambos trabajábamos para la misma empresa, pero ésta vez era distinta, he visto que ha cambiado, ahora es más madura, ella me comentó que muchas de las cosas que le dije, hace ya un tiempo, la hicieron reflexionar, y las puso en práctica, en verdad se notaba la diferencia.
Al rato, vi a lo lejos que se dirigía a nosotros un vendedor de rosas, que al vernos tomó una de las que cargaba en un ramo, como diciéndose a si mismo que tenía una venta segura, lo pensé dos veces, le regalo una o no, situación difícil, si lo hago podría pensar que quiero ir más allá, algo que no es realmente cierto, pero si no lo hago, me será engorroso negarme ante el vendedor. Aproveché el momento, para convertirlo a mi favor, antes de que el expendedor de rosas llegara, le quise hacer una apuesta;
-¿Quieres apostar a que en éste instante nos van a querer vender una rosa?- dije- ella aun no se había percatado de la cercanía de nuestro futuro proveedor. Más no se le ocurrió cosa alguna que apostar, momento en que ya teníamos al señor con la rosa en la mano ofreciéndola, a quien amablemente debí despedir.
Me comentó que no sabia que apostar, por lo que le volví a plantear la apuesta, sabiendo que el señor ya se había marchado.
-¿Apuesto a que en éste instante nos van a querer vender una rosa? –dije, nuevamente, pero esta vez agregando lo siguiente – si gano me das un beso. Mi intención era que de manera indirecta ella me diera aprobación de besarla, solo debía aceptar la apuesta, la cual sabría perdería.
Un beso no, me dijo, pero no la sentí muy convencida en su negativa, por lo que no todo aún estaba perdido.
Luego del café decidimos caminar un poco, ahora me acompaña a ver las vidrieras, pero esta vez no me interesaban los libros o sus portadas, si no la oportunidad de llegar a sus labios como aquella primera vez en el puesto trasero del taxi, no pasó mucho tiempo cuando llegamos a una escalera, algo apartada de la gente, donde nos quedamos un instante para ver las luces de la ciudad, recuerdo le dije que los besos no se piden sino que simplemente se dan, acto seguido tomé su rostro y le besé, sin mucho protocolo, a riesgo de ser rechazado, cosa que no ocurrió, muy al contrario, fue aceptado y correspondido, ya estaba en tierra alta, la batalla estaba casi ganada.
La ciudad, por ser un lugar pequeño, y mas a mediado de semana, no existen muchas alternativas a la hora de salir en las noches, suelen irse a dormir temprano los encargados de los comercios, por lo que ya a las 9 p.m. esta casi todo cerrado, quedando abierto solo algunos sitios de comida rápida, y es lo que hicimos, me acompañaba ese día un amigo quien también tiene su propia historia con una señorita de ese mismo lugar, y ella.
Algo de comida chatarra nocturna y bebidas gaseosas, una conversación sobre todas las cosas y viajes que hemos realizado, y pensar que hacer luego de salir de allí, y todos coincidimos, ir a La Puerta, pequeño pueblo cercano a los Páramos Andinos.
Siendo ya casi media noche, tomamos camino al lugar elegido, la noche se tornaba fría y más al acercarnos a nuestro destino, negra la noche la vía suele ser algo peligrosa, aunque solitaria, nos cuentan que los fines de semanas es muy transitada por aquellos que buscan la aventura, pero apenas dejaba de ser miércoles, está vez sería sólo para nosotros.
Al llegar, era tal como lo recordaba, un típico pueblo andino, una pequeña plaza alrededor de la cual gira todo lo demás, la iglesia, restaurantes, ventas de helados y fresas con crema, pero todo, absolutamente todo estaba cerrado, nos estacionamos al lado de otras personas que también pensaron en estar allí a esa misma hora.
Al bajar del carro, le tomé de la mano y me separé del grupo, caminamos un poco por el medio de la plaza, contemplando la bella noche que nos regalaba el cielo, el frío se hacia insoportable y nadie estaba vestido para la ocasión, buscaba una banca donde sentarnos, un poco equidistante de los demás, necesitábamos privacidad en medio de un sitio publico, ahora vacío.
Aun recuerdo la noche, totalmente negra y con un cielo estrellado, ninguna nube osó rondar por aquel lugar, lamenté no acostumbrar cargar la cámara en ese momento. La Puerta rodeada por montañas altas parece bordeada por grandes murallas, pero en la oscuridad de la noche no se distinguían, al contrario, el cielo parecía rasgado, cual fotografía rota a la mitad, eran las montañas que daban la impresión de un abismo, un espacio vacío sin luz o color.
La luna en creciente se pintaba en el firmamento, próxima a la rasgadura hecha por la montaña, le seguía de cerca una estrella, que le acompañó toda la noche, ya comenzando la madrugada, el frío se tornaba implacable, solo teníamos nuestras pieles para calentarnos y las ganas de besarnos en aquel lugar.
Justo en el centro de la plaza encontramos una banca, equidistante de los puntos cardinales, frente erigida estaba la Iglesia y detrás de ésta; las montañas, miles de historias contarían si tuvieran la capacidad de hablar, aquel lugar, aquella grama, o la estatua de Bolívar erguida en su pedestal.
Había mucho simbolismo esa noche, la luna en creciente, el cielo rasgado por la montaña, el frío que nos recorría la sangre y mi mano acariciando su espalda. –siempre recuérdame en luna creciente – dije, - por mi parte no prometo hacerlo – agregué viéndole a los ojos.
Temblaba de frío, realmente ambos lo hacíamos, sentada a mí derecha en la banca, cercana a mi pecho, besaba sus labios y espíritu a la vez que contaba cada vértebra de su espalda, tibia la piel que calentaba a mis dedos en instantes se erizaba, llegaba a ella, y ella llegaba a mí, aquella noche en el medio de una plaza.
De sus rodillas avanzaba, quería llegar a sus pechos, sus pezones, mas no me dejaba, aunque en ciertos instantes de pasión ya desbordada, pude sentirlos entre mis dedos, tan tiernos y redondos, mas de pronto, sus manos lentamente me alejaban, volvía al comienzo de sus rodillas, pero al poco tiempo nuevamente lo intentaba, era un circulo infinito que disfrutamos toda la noche.
Quería saberla húmeda, mi mano dentro de su pantalón, Bolívar no contaría la historia, pero mis dedos sí, luego dejaría que tocara, estaba ansioso de ella, lo aseguro, - debió dejarme llegar – dije días después, mientras disimulábamos el hecho clandestino.
Entrada la madrugada, ya desaparecida la luna tras la rasgadura simulada por la montaña y con ella la estrella que le acompañaba, las ganas aumentaban, pero era la hora de regresar, nos quedó corta la noche, corta nuestras vidas, un último beso, que ahora parece de despedida, frente a su casa recordando, que aquellas horas en La Puerta cuando pinté un poema en susurros, un verso en su silueta, besé su alma y espíritu, sintiendo cada centímetro de su cuerpo, llegó más allá de mis labios y fue más que un presa, y ahora yo en pensamiento estoy esperando la continuación de la historia.
Y aunque haya prometido no hacerlo, a veces la recuerdo en creciente.
Juan Leal Cibrián
Terminada el domingo 19 de octubre de 2008
03:00pm |