Lleno del aura brava de la noche,
raíces del suelo crecen como garras.
Los tallos de beldad se diluyen en sangre
y su transparencia se vuelve ocre.
Invisible a los ojos, duele en el corazón,
el llanto de las ninfas amarga sus mieles.
El ángel del compromiso, como me hizo nombrar
el altisonante! me llama a explotar mi talante,
me llama a socavar ventanas y furias.
Esparciendo los dotes de las parcas...
exigente hasta la locura, arrojo mis nebulosas
entre fiestas y credos paganos.
Hadas viejas entre mis brazos...
asestando la moda del destino,
entierro lo anodino de sus pesadillas
y las filtro entre los ríos que fluyen.
Querubines callados de su sed planetaria...
nutren la lombriz solitaria en su interior,
el estado larvario de su propio terror.
El futuro es una excusa,
y para vírgenes de remotas vaginas...
el tesoro y pretensión de su circular vida.
El viñedo que invita a ahogar la tristeza;
lo que mejor se ahoga es la palidez profunda
de apostar por tierra y desencadenar tumultos,
susurros de fuego inocencia.
Lo que tendría que ahogarse es la esperanza
de la inspiración, que no es sino la libido de vísceras al aire
y manía poética de ser la nada misma.
Y de pronto me vuelvo hueso,
un albo hueso que transpira por ser carne,
que quiebra y quiebra por ser cerebro...
Lleno del aura brava de la noche,
raíces del suelo como garras sólidas,
y la mejor excusa para amar,
es que la musa muere
como poema en la hoja. |