-¡Qué necio eres! Siempre creíste y confiaste en la virtud del hombre.
-Será porque he conocido pocos hombres- contestó aquel joven de ojos más negros que la pez.
El mayor de ellos, un caballero inglés, se encajó el bombín y tosió; un cierto aire de arrogancia formó una media sonrisa en su pálida faz.
-El ser humano es detestable.
-¿Por qué piensas eso?
-Porque muchos traicionan a sus semejantes como hicieron conmigo.
-Ya veo- comentó el otro-. ¿Y a qué crees que se debe ese modo de proceder?
-A que el hombre es un ser rabioso, y toda su rabia está contenida en su insoportable hipocresía.
El joven muchacho se sobresaltó. Aquel último comentario le había dejado estupefacto.
-No entiendo tus argumentos.
-Alguien me dijo una vez que confiara en él, en el hombre, y por esa confianza hoy me veo reducido a la miseria.
-¿Se llevó tu dinero?
-Me arrebató hasta el último penique. Y además, se fugó con la que creía mi fiel esposa.
-Mala suerte. Pero si creyeras en la certeza de tus afirmaciones, hoy no te encontrarías hablando conmigo.
-Puede ser. Aún la misantropía no ha hecho mella en mi alma, si bien me resisto a desecharla totalmente.
-¡El hombre es un animal extraño!
El inglés, como siempre, pidió un té y, de seguido, reclamó su cuenta. El té exhalaba un humo que apenas si le permitía ver el rostro de su compañero.
Luego, de que acabó su amistosa tertulia, ambos caballeros se dieron la mano y cada uno se marchó por un lado. |