No era una noche perpetua y lluviosa como todas. Era cálida, hermosa.
Bañó su cuerpo sumergido en la tina llena de espuma y navegando en escencia de rosas, después de un largo ritual con su piel, el tema de Nadia como tema musical y una copa de vino tinto que elevó a su nombre, caminó hasta su alcoba. Se perfumó con una de sus fragancias preferidas, aplicó humectante del mismo aroma sobre su cuerpo...pensó un largo rato con sus ojos cerrados. Tomó el lienzo y dibujó en él su piel húmeda todavía por la espuma y el perfume. Uno de sus extremos cubrió su rostro que diseñaba un beso dulce, suave, muy sereno. Los extremos sobre su pecho pasearon el contorno de sus senos y allí se detuvieron rodeando milímetro a milímetro sus erguidos picos como bordeando sueños...Sus manos recorrieron vientre y eros, donde el otro extremo acarició su humedad fémina y plasmó de la piel su esencia. Con sus ojos cerrados, supo que él era su lienzo, luego suspiró y miró al techo, levantando su cuerpo y sentada abrazó sus piernas envolviéndolas en la fina tela. Como no hubo saciado su diseño, se cubrió desde su espalda con ella y como un ovillo en ella se acarició como sintiendo sus brazos...Recortó un rizo de su cabello y lo posó en el centro del delicado tejido que reposaba como el abrazo del encuentro.
Un viento, un invierno lo borro...lo evaporó en el tiempo... en los sueños... |