Al salir de mi trabajo caminé por la calle principal hasta la estación de subte. La noche, el frío y el ensordecedor parloteo de los transeúntes me indujeron a caminar apresurado, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. Mantuve la misma decadencia en mis pasos hasta toparme con las escaleras que me llevaron hacia el subsuelo.
Me ubiqué sin querer frente a un tipo que fumaba cigarrillo. El humo que desprendía me alcanzaba y envolvía. Quise apartarme. Me adelanté unos pasos y me detuve.
Ahí estaba ella, detrás de una columna con su nuevo novio. Reía, miraba, asentía con la cabeza, volvía a sonreír. Era persuadida con abrazos, con palabras. Por el contrario, había olvidado la soledad de la noche, era inmune al frío, y el único parloteo presente le era susurrado al oído. Aunque hubo un instante, pues ella también me encontró y fijó su mirada en mí, y en lo que tarda el humo en desvanecerse, vivimos toda una vida.
Retrocedí a mi posición inicial, intenté pasar inadvertido. Volví la mirada al tipo de enfrente, quien había notado mi actitud. Luego hacia ella, allá, detrás de la columna. Pero ya no estaba. Me había dejado una sonrisa dibujada en el aire; se había llevado consigo los recuerdos.
Después de una calada, el tipo con voz ronca se atrevió a preguntarme -¿Viejos amigos? Su pregunta fue un cachetazo que me devolvió a tierra firme, y como pude le contesté -No los conozco. |