Ahí están, dos ancianos en la banca de un parque, entrelazando sus palmas marchitas y magulladas, pero con una fuerza resistente y férrea, se aferran a el uno al otro, se toman, se unen y se fusionan potentes, en un acto tan simple como tomarse de las manos, manos frías y débiles, pero que siguen transmitiendo el mismo calor y la misma fortaleza. Entrecruzados en un acto tan sublime y sencillo, algo que es mínimo y elemental, pero que es como si tomados tal cual uno sólo y uniendo fuerzas, se enfrentaran al mundo y al universo, como si cada uno gritara a las adversidades: "no estoy solo".
Ahí están, con el peso de los años posados en sus hombros, con las marcas de cada día dibujadas en sus rostros, con sus cabelleras blancuzcas y la carga del tiempo restante en sus conciencias, pero con almas tan jóvenes y lisas, que respiran y laten con una intensidad indiferente a los años y sus miradas siguen destellando luz e irradiando amor. No han envejecido, son los mismos, sus cuerpos se deterioraron con la misma magnitud en la que su amor fue creciendoAhí están, en la banca de un parque, lo que a ojos ajenos es algo mengano, en realidad es un milagro, es el sentido del "para siempre", lo sustancial del alma, es amor. Ellos no envejecieron, ni se vuelven más seniles con el paso del tiempo, ellos son dos jóvenes y cada día están a un paso más de la juventud.
Daniela Ferreira. |