Porque has sido inteligente y perspicaz. Porque has sorteado el pensamiento que solía ilusionarte. Aquel pensamiento que nos promete un futuro compartido, repleto de tinta y letras, maní salado, chocolate, y cuentos nocturnos.
Has crecido, mujer. Motivo del más mínimo halago. Perfecta e irónicamente imperfecta. Insulsa para tus ojos, pero entrañable y dulce para los míos. Has llevado a cuestas mi mirada y mis mejores palabras. Y aunque aquella ilusión persista en mí, puedo sentirme satisfecho. Pude en este tiempo contrarrestar la mentira de tu espejo, burlar las nubes en el mal tiempo y sobornar con palabras a la lluvia a cambio de tu sonrisa, y ver salir el sol en ella. Oh, cuán agradecido estoy por tu sonrisa.
Porque has sido valiente y sincera, te escribo. Y ya tanto te admiro, que no creo merecerte.
Por eso, no me hago acreedor de vos. No me corresponde, no ahora.
Quizás me contradiga, una mañana de invierno, donde tu abrazo me convenza de que ha llegado el día, en que sin culpas ya sos mía, aun sin merecerlo. |