Otra historia personal que puede caer en el olvido si no la relato.
De pequeño, con nueve o diez años, tenía un perro Pluto de caramelos, no recuerdo ya la marca y una vez vaciados de tal bocadito, era un muñeco para mí preferido, tanto que dormía con él. Era mi mascota aunque no fuera de carne y hueso, su cabeza de can negra y el cuerpo amarillo o rojo, era para mí una magia mística.
Como todos los niños, al llegar a la adolescencia cambié de planes y el muñeco, aunque jugaba con él, ya no formaba parte de mi compañero nocturno.
Con veinte años seguía jugando con muñecos clic o Play movil y algún que otro articulable de otra marca, eran para mí manifestantes que brazo en alto si eran de "Falange" o puño en alto si eran del P.C.E. los ponía en fila india para jugar con ellos a las manifestaciones. Otras veces hacían el papel de "Sus Señorías", pues tenía un buril con un departamento que parecía una cámara del Congreso o del Senado.
Diez años más tarde, ya alcoholizado, tenía aún así un poco de Infancia, y aprovechaba los muñecos de mi sobrino un Bambi, dos perros de peluche y un osito para jugar por las noches con ellos.
Entonces imaginaba, sobre todo en los días de tormenta o en aquellos que tocaban las Perseidas, que ellos tenían miedo a los fenómenos naturales y tomaba la silla de mi dormitorio y la cubría por los cuatro costados, introduciéndoles y evitando que sus ojos mirasen a la ventana.
Ahora, rondando los cincuenta, ya no quedan quecos que acostar. O acaso sí, el de nuestra imaginación, ese juguete que no queremos abandonar, aun en nuestra senectud o pre senectud.
(Dedico esta historia a mi Padre José Leal Gutiérrez quien enfermo terminal de Cáncer, durmió con el perro de peluche preferido de mi sobrino, sólo ocho meses antes de transitar a la Vida, como un niño pequeño que necesitaba protección)...
IN MEMORIAM 24-3-1926 02-11-2001
FIN |