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El ciclista de Can Pau Xic
 
El ciclista de Can Pau Xic
 
El ciclista de Can Pau Xic

Los cristales del coche estaban empañados a esa hora en la que el sol empezaba a esclarecer, aunque oculto todavía tras la colina de Can Rafel, hacía frío y cubrí mi cuello con una braga que me tapaba hasta la nariz. Permanecí unos instantes de paz observando la ladera empinada cubierta de pinos aguardando que ese primer rayo apareciera e inundara con una cascada de luz todo el valle.

Conduje por la carretera nacional los veinte kilómetros que separan a San Pau, la bruma cubría algunas zonas boscosas del Ordal. A lo largo del camino, numerosos ciclistas pedalean con ahínco para superar la resistencia que ofrece una gravedad empeñada en no dejarlos subir, pero ellos ponen su extraordinario empeño, una fuerza de voluntad de hierro alzándose en pie sobre los pedales, y por más pronunciada que se muestre la cuesta, la superan exhalando el vapor cálido que emana de la combustión del oxígeno en sus pulmones.

Paso junto a ellos guardando ese metro y medio de seguridad que la ley obliga a separarse de los ciclistas cuando se les adelanta. Curiosamente, sólo los recuerdo subiendo y nunca bajando, ahora caigo que probablemente en el descenso su velocidad es mayor que la mía, por lo que desaparecen de la vista de los automovilistas una vez sobrepasado el puerto.

Can Pau Xic mantiene un horario muy restrictivo en cuanto a los almuerzos, dado que también hacen comidas a mediodía, parece que de nueve a diez hagan un ensayo general de lo que será después el plato fuerte del día. Está lleno, como siempre, alguna mesa queda libre, pero enseguida se ocupa, en ese pequeño espacio de tiempo de una hora, prácticamente sólo da para un servicio.

Aparece un ciclista, claramente visible por su indumentaria, de avanzada edad, diría que ronda los setenta, se sienta en la única mesa individual que quedaba libre. Se reconoce que es una asiduo porque no le preguntan qué desea tomar, al cabo de unos minutos le sirven un plato con unas rebanadas de pan tostado, unas costillas de cordero, un recipiente con unos tomates de cuelga y una botella de vino blanco, reconocible que está frío por el rocío que se ha formado a su alrededor.

El hombre es un puro nervio al tiempo que extremadamente metódico, coloca cada elemento en una posición determinada y concreta, en una posición milimétrica, coge un ajo del platito de los tomates, lo pela cuidadosamente y lo unta con precisión en el pan, posteriormente corta por la mitad y refriega un tomate, exáctamente la misma operación la repite con los otras dos rebanadas de pan.

Después coloca junto a sí un pequeño recipiente que contiene alioli, coge otro ajo, lo pela y lo corta en pequeñísimos trocitos que va dejando caer sobre la salsa ya de por sí picante. De vez en cuando, ensimismado en su rutina, de repente, levanta la cabeza e inspecciona su alrededor, me recordaba a una ardilla que, royendo con un sus dientes una piña para extraer los piñones, de vez en cuando, instintivamente, abandona su afanosa tarea para observar las cercanías en previsión de algún inesperado peligro.

El ritual dura un buen rato, diríase que encuentra tanto placer o más en él que en el mismo alimento. Una vez lo tiene todo preparado, vuelve a recolocar cada elemento en su lugar correspondiente para ser ingerido. Coloca un extremo de la servilleta de papel bajo el plato y el otro sobre su vientre para evitar que se manche su indumentaria de ciclista si algún trocito se le callera. Verlo ingerir esos alimentos, resultaba tan curioso como prepararlos.

Un tipo peculiar, al que dejé terminando su almuerzo mientras me fui a la barra a pagar.


JM Paredes
30 enero 2017


   
 
 

Fin
 

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  De: chema1523
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Publicacíon: 30-Enero-2017


 
 

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