CONTRASTES DE UN 1 DE ENERO

Desde hace algunos años atrás cada 1 de Enero salgo a trotar entre las 8 y 9 de la mañana y como es de suponer a esa hora hay poca gente en la calle y al menos 1 o 2 corredores, lo cual me alegra porque demuestra que hay otros locos como yo. Cada año tomo una ruta distinta y de forma aleatoria voy saludando y dando el feliz año a los que encuentro a mi paso o voy recibiendo lo mismo a cambio. De todos esos 1 de Enero los del 2017 y 2018 fueron particulares: El del 2017, por su inusual movimiento y el del 2018, por su extrema quietud. En ese 1 de Enero del 2017 salí de casa en medio de una mañana luminosa y con un cielo totalmente despejado y celeste. Tomé la avenida Trieste y a lo lejos vi a un señor que delicadamente urgaba en las bolsas de basura, durante esa semana lo había visto más de cerca, era un hombre de mediana edad que urgaba en las bolsas con sumo cuidado y luego de haber sacado lo que le interesaba cerraba la bolsa de nuevo. A la distancia alce mi brazo en señal de saludo, él me respondió de la misma forma. Doble hacia el CDI y allí estaba la casa de la esquina con los muchachos jugando dominó. Ya eso era casi una tradición, los muchachos estaban en el jardín de entrada a la casa o bien conversando, o bien jugando dominó, ese año tocó jugar dominó. Feliz año les dije, ninguno me respondió -demasiada concentración en el juego-. De allí seguí hacia la California Norte. Al llegar a la Francisco de Miranda a la altura de la estación del metro me sorprendió ver una moto con el letrero de "moto cafe" en el frente. El motorizado estaba sacando el termo y un vaso de plástico de una pequeña cava amarrada en la parte trasera de la moto y se lo dio a un señor que estaba en la cola del metrobus. Saludé a la gente de la parada, algunos respondieron y otros no. Mientras corría pensé: Así debe de estar la cosa de jodida que hoy 1 de Enero este hombre está vendiendo café. El motorizado había dado la vuelta en u e iba hacia el oeste. Seguí hacia Los Cortijos y descubrí el centro de aprovisionamiento de la "moto cafe" -frente al Centro Seguros La Paz, estaba una chica y una niña con los termos de café caliente-. Era la misma chica que todos los Domingos se ponía en esa misma esquina a vender café, cigarrillos y algunas veces caramelos o galletas. A la altura de lo que fue el bingo, la "moto cafe" y yo nos cruzamos de nuevo, ella iba hacia el este y yo seguía avanzando en dirección contraria. Subí por el elevado de Los Ruices y cuando iba bajando venía otro corredor, nos saludamos y cada quien siguió en su ruta. Vi un grupo de muchachos que hacían ejercicio y hablaban entre sí en uno de esos centros de ejercicio que han colocado en plazas, calles o avenidas -otros locos con una locura similar pero distinta a la mía-. En la Plaza Miranda decidí subir hacia la Rómulo Gallegos y de ahí seguir hacia el este. Baje por la principal de Los Ruices, tomé la Calle B y luego la Francisco de Miranda. En toda esa ruta la mayor parte de gente iba a trabajar, eran vigilantes privados, enfermeras, vi gente entrando a VTV, en su mayoría era gente que trabaja por turnos. Iba llegando al Unicentro El Marqués cuando me crucé con una señora morena, llevaba un pañuelo en la cabeza, iba iluminando la calle como sólo lo puede hacer una sonrisa auténtica. Me vio y me dijo ¡Feliz año! ¡Feliz año! respondí con el mismo entusiasmo y con la alegría que en ese momento fue capaz de salir de mi. Terminé de correr e iba caminando cuando me encontré con el sr. Y que paseaba a su perro schnauzer. Nos dimos el feliz año consabido. A lo lejos vimos al indigente que había visto al comienzo de mi carrera. El sr. Y me dijo que lo había visto mover algunas ramas de un árbol de níspero chino por si tenía suerte y caía algún fruto. Seguimos nuestro camino con el corazón arrugado. Salí a correr el 1 de Enero del 2018 bajo un cielo nuboso, gris y con una fina cortina de lluvia como las huellas de una bandada de gaviotas en la playa. No vi ningún indigente, tampoco oí el ruido de las piezas de dominó al caer sobre la mesa ni la conversación de lo muchachos de la casa de la esquina, no hubo la "moto cafe", ni muchachos haciendo ejercicio, ningún otro loco corredor como yo se cruzó en la ruta, ni ninguna sonrisa iluminada. La gente que me encontré estaba yendo a trabajar con rostros serios que dejaban traslucir amargura, rabia contenida o depresión. A la altura de los Palos Grandes, 4 guardias nacionales iban en dos motos equipados para el combate -sus ojos recorrían la calle buscando una presa nueva- después me enteré por una amiga que en El Paraíso las cacerolas vacías habían vuelto a sonar. Sobre ésto ningún medio de comunicación informó nada. En toda la ruta la lluvia fue mi acompañante, arreciando o disminuyendo intermitentemente. en mi mente se apareció aquella canción llamada Lluvia: "Sí cuando llueve no es que llueve. Es que dios aprende a llorar"... Sí, lágrimas en forma de lluvia caían del cielo presagiando días duros por venir. Al regresar a casa tampoco vi al sr. Y y su perro pero en su lugar estaban cuatro niños entre 8 a 4 años saltando en una pequeña lona elástica circular rodeada de otra lona elevada a su alrededor para evitar caídas con una abertura por donde se podía entrar o salir. La lona estaba en medio de la calle. Los niños saltaban y reían como sólo unos niños lo pueden hacer bajo la vigilancia de una señora mayor que la llamaremos abuela. La lluvia empezó a aumentar y la abuela ordenó a los niños que entrarán a la casa. Todos la obedecieron excepto Elisa, la más pequeña de todos, que siguió brincando en la lona. La abuela le dijo a Jorge, el mayor de los cuatro, que entrará y sacara a Elisa pues se iba a mojar. Jorge a regañadientes entró y sin mucho entusiasmo empezó a tratar de atrapar a Elisa, quien se le escapaba entre las risas de ambos mientras la abuela los miraba con impaciencia. Los otros dos niños entraban y salían de la casa y correteaban en torno a la lona. Al final, la lluvia volvió a desaparecer y los cuatro niños volvieron a entrar en su círculo elástico. Siempre los niños dibujando sonrisas en otros rostros. Siempre los niños mostrando que la felicidad es posible con muy poco. Siempre los niños mostrándonos que la vida hay que vivirla con desenfado. Sempre los niños inyectando energía a los corazones.

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