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El libro de Abby
 
El libro de Abby
 
Capitulo primero

Equilibrio cambiante

El olor a café se mezclaba con el olor a flores que los aromatizantes artificiales regaban por toda la pequeña oficina donde me hallaba sentado en una pequeña silla de metal. Me sentía nervioso pero atento a la voz de la secretaria, esperando el momento en que la escucharía decir mi nombre. Desde hacía rato tenía yo la vista fija en los tres asientos que se hallaban justo enfrente de mí, y aunque a simple vista podría causar la impresión de que estaba estudiando aquellas tres sillas con detenimiento, la realidad es que únicamente servían como punto de enfoque donde se intersectaban muchas ideas al mismo tiempo.
Aquella mañana de diciembre era diferente, algo se percibía distinto en el ambiente, la noche anterior estuve inquieto y sin poder conciliar el sueño, y en algún momento atribuí mi insomnio al nerviosismo que me provocaba mi tan anhelada entrevista de trabajo. Fuera lo que fuera, estando ahí sentado y mientras esperaba escuchar mi nombre, sentí el pesar que una noche de desvelo provoca en los párpados de aquel que no acostumbra desvelarse con frecuencia.
Así me encontraba, totalmente absorto en mis ideas, cuando el sonido de la puerta de madera que estaba justo a mi derecha me sacó abruptamente de mi estado de meditación, y fue entonces que vi a una mujer joven entrar a la oficina y caminar hasta sentarse en una de las sillas que estaban frente a mí. Llevaba puesto un saco tipo gabardina de color gris, y en mi poco conocimiento sobre modas pensé que hacia perfecto juego con su blusa blanca y sus jeans azules. Llevaba además un gorro blanco de lana que hacia resaltar perfectamente su rostro de tez blanca, sus ojos grises y su cabello rojizo y rizado. No tenía las facciones más delicadas pero era bonita, de rostro agradable pero sin caer en los clichés que el internet y las modas de este siglo pretenden imponer como métrica de como la lindura y la feminidad deberían verse.
Disculpa—dijo la joven fijando sus ojos en mí. — ¿sabes si ya comenzaron a llamar a las personas que van a entrevistar?—
No, todavía no. —respondí con tranquilidad devolviéndole el tono suave con que me había hecho la pregunta. —Pienso que en un momento debe salir la secretaria a decir nombres—
—Envié mi currículo por correo electrónico, —dijo ella, — pero por si acaso, traje una copia también. —y me mostró un folder rojo que cargaba en su mano y al cual por algún motivo yo no le había prestado la más remota atención, era casi como si lo hubiera visto aparecer de la nada.
—Yo entregué el mío hace rato, cuando llegué— respondí con cierto aire de orgullo. Ella sonrío levemente y asintió con su cabeza, luego sin decir otra palabra sacó de su pequeño bolso púrpura un celular, se reclinó sobre el respaldo de su asiento, como si ahí se hubiera agotado de golpe y porrazo el combustible de nuestra conversación, y fijó sus ojos sobre la pantalla de su teléfono. Yo por mi parte imité su gesto y me recliné sobre mi propio respaldo pero con la diferencia de que no cargaba un celular conmigo. Tras unos segundos ya no se escuchaba ni un ruido, había quedado la oficina en el más incómodo de los silencios. Fue entonces que la luz de pronto se apagó dejando en penumbra todo aquel pequeño recinto. La Joven pelirroja levantó la mirada y sus ojos se cruzaron por un instante con los míos.
¡La luz!—exclamó ella con cierta sorpresa. Me levanté de mi silla sin decir nada y caminé unos pasos hacia el mostrador, porque el único lugar donde parecía haber electricidad era en una salita pequeña al fondo de un pasillo y cuya puerta se hallaba entreabierta. Me acerqué despacio y vi una silla vacía frente a un escritorio de madera y sobre ella algunas hojas con anotaciones que no pude distinguir. Nadie parecía haberse percatado del apagón que había en la oficina. Me dispuse pues a llamar a la persona que había recibido mis papeles, pues sospechaba que debía haber alguien por ahí, al menos la persona que me recibió cuando recién llegué, pero fue entonces que la luz regresó. Miré de reojo a la joven pelirroja, quien después de echar un vistazo analítico a su alrededor, regresó a su estado contemplativo mirando fijamente la pantalla del celular y tocándola ocasionalmente con sus dedos que la deslizaban a veces hacia arriba y a veces hacia abajo. Para ese entonces habían trascurrido desde mí llegada casi 90 minutos. Regresé a mi asiento y me cruzó por la mente simplemente irme de aquel lugar. Siempre he considerado una falta de educación hacer esperar a los demás, talvez porque soy ridículamente puntual y me indignaba pensar que alguien que invitaba a las personas a venir a aplicar para un trabajo en su empresa, no tuviera la delicadeza de respetar mi puntualidad, la cual, según yo, debería ser algo así como una enfermedad contagiosa, de la que todo mundo se debería infectar al momento de entrar en contacto conmigo. Pero esta entrevista era por demás importante, así que tragándome todo mi orgullo decidí quedarme y esperar.
Pasó media hora más y me puse de pie otra vez y caminé unos pasos de aquí para allá. Me sentía inquieto y una ligera náusea se había posesionado de mi estómago, por lo cual me sentí también un tanto mareado. Tragué saliva y miré a la chica pelirroja, que aún seguía con el cuerpo encorvado y la vista fija en el teléfono, atenta a la pantalla de su celular. A veces sonreía ligeramente como si algo le provocara gracia. A mi nada se me hacía gracioso, me sentía cada vez más incómodo, pero no sabía en concreto que era lo que me estaba incomodando. Las luces entonces se apagaron de nuevo, solo que esta vez quedó todo en completa oscuridad. La pantalla del celular de la chica también se apagó, igual que la luz de la oficina al fondo del pasillo. Escuché la voz de la joven que me llamó. — ¿Señor, está ahí?— Abrí mis labios para contestarle pero no alcancé a musitar palabra alguna, la náusea que sentía se transformó en un violento mareo que me hizo sentir como todo daba vueltas alrededor mío, y un zumbido agudo y desagradable resonó en mis oídos, al tiempo que sentí una tremenda presión en mi cabeza. Después las luces se encendieron y me vi a mi mismo de pie frente al mostrador de madera. Luego mi visión se cubrió con una nube gris y todas las luces se apagaron por tercera vez, al menos para mí, porque me desvanecí.


   
 
 

Fin
 

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  De: montecristo
Nombre: Anthony Lopez.
Publicacon: 06-Febrero-2018
Anthony Lopez

 
 

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