Ensayo de un caminante de fronteras.

Un caminante que lo único que lleva a cuestas es la claridad de su destino final, viaja ligero no sólo desde su costal, sino de sus recuerdos y apegos, porque eso duele con cada kilómetro que se aleja, por cada frontera que cruza… Sólo sabe que debe aferrarse de su identidad humana para recordar lo mejor posible los buenos modales, las mejores palabras, la mirada más blanda, para que la gente que lo mire pasar, no crea que es mala persona, que es un vago o drogadicto, ni un flojo ni un oportunista, sino un caminante que quiere una vida mejor… En sus venas esté el orgullo de su origen, pero también en sus entrañas está el hambre, el miedo, el desaliento que su pueblo le enseñó. Cómo pudo, encontró una minúscula ilusión de una mejor vida, pero que requería la renunciar de sus raíces, de sus costumbres y hasta de sus seres amados, más allá de eso, no había más que renunciar. ¿Acaso algún día volveré a verlos? ¿A respirar el perfume de la abuela cuando me ofrecía una taza de chocolate, algún día podré volver a calmar la mirada de mis padres que no entendían mi partida? ¿Podré volver a abrazar a mis hijos? No sabe si la decisión tomada es la correcta, pero ya no hay retorno, sólo la suerte de que “todo saldrá mejor que en los tiempos de la infancia, mejor sin el hambre que les daba cada día la tierra donde crecimos.” Las personas que ven cruzar su camino, no se explican porque su necedad, y me pregunto si ellos tuvieran hambre…si ellos tuvieran miedo….si ellos tuvieran esperanza por vivir mejor…. Pero no da tiempo para responder, ni siquiera a uno mismo cuando el dolor en los pies ataca, cuando el miedo a perderse se avecina, es mejor continuar, caminar, que lo único seguro es el destino final. FIN

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