Se trataba sin lugar a dudas de una bella flor en el huerto de la vida, ¡que va, que digo bella ! una inconmensurable hermosura solo comparable a las vestales griegas de los cuentos homéricos. Erase pues la creación soñada. Tenía la altanería común de quien se sabe hermosa y apetecida. Su arrogancia la hacía tal vez más deseable. Sus lozanos pétalos, su largo y bien conformado tallo, la simetría perfecta de sus formas denotaban según mi parecer una injusticia divina para con sus congéneres. Los jardineros al verla se extasiaban y echaban a volar su imaginación. Mirarla era sentir una fiesta en el alma.
Nunca más supe de ella. pasaron varios años y mucha agua corrió por debajo del puente, como dicen por allí; y una tarde de un día lluvioso, mientras me desplazaba en un taxi rumbo a mi trabajo observé a un grupo de personas que pacientemente en una parada esperaban un colectivo, en la parte posterior de la misma tres mujeres que salían de una tienda de cosméticos y entre ellas una que me llamó poderosamente la atención, ¡ Yo conozco a esa mujer ¡ me dije, al tiempo que conminaba al chofer a detenerse inmediatamente. Cancelé el importe del servicio y me devolví caminando a toda prisa. Al llegar al sitio la busqué con la mirada, se habían detenido más adelante a observar unas vidrieras mientras reían de buena gana.
Si, era ella, ya no tenía dudas. Era aquella flor que yo había conocido en mis años juveniles. Pero ya los jardineros no se extasiaban al verla, ni echaban a volar su imaginación. En el mediodía de su vida el fuerte sol del verano había hecho mella en sus lozanos pétalos. Su figura ya no tenía cabida en los cuentos homéricos pero seguramente podría servir de inspiración para aquellos escritores aficionados al estilo kafkaiano. Su altanería y arrogancia habían desaparecido para dar paso a una humilde sonrisa y a unos ojos almendrados y melancólicos que seguramente al cerrarlos evocarían reminiscencias del pasado; me alejé de allí conmovido por aquella transformación, hubiese preferido no verla y mantener en mi mente la imagen fresca y juvenil de aquella especie de princesa egipcia. Dicen que Dios creó la memoria para que pudiésemos tener rosas en el invierno. |