Desde hacía mucho tiempo esperaba esta oportunidad, la oportunidad de un aprendiz de escritor de estar frente a frente a su creación. Y ahí estaba, frente a la puerta de madera de aquella habitación. La quinta era típica de las urbanizaciones del Sur-Este, dos pisos, estacionamiento, muchos carros. Se denota que fue comprada con sacrificio y que luego no pudo ser mantenida, quien sabe por que razón. El hall de entrada del piso superior estaba a media luz, una biblioteca alta albergaba un montón de libros, olía a polvo y a humedad. Fotos antiguas en las paredes, personajes desconocidos: una muchacha quinceañera con pose de los años 50, mirando infinitamente al cielo; otras fotos a color, pero pálidas, los primeros colores de esa época supongo; una niña pelirroja sentada en el césped, blanquísima piel, tendría uno o dos años; un niño gordito con un teléfono de juguete en la mano, posando para algún fotógrafo famoso de esos tiempos; otro niño más grande, con cara muy seria, muy seria para su edad, en mi opinión. Muchas fotos, la verdad. Llamaban mi atención y por un momento me distrajeron de mi objetivo principal: verla. Un ruido me sacó de la admiración de las imágenes impresas en papel. La puerta estaba entreabierta; la empujé sigilosamente como quien no quiere ser escuchado. Ya dentro del cuarto la atmósfera cambió completamente. Olor a salitre y mucha luz, tanta, que quedé ciega por fracciones de segundo: el olor a mar era casi insoportable, mar y oxido. Como una reacción natural coloqué el dorso de mi mano tapando un poco los ojos, y con dificultad trataba de enfocar .
- "Es cuestión de acostumbrarme a la luz" #8211; pensé.
Al cabo de unos minutos, la luz no me era tan incómoda y pude ver el lugar. Muchos libros, alguno abierto sobre la cama individual perfectamente vestida, una pared "grafiteada" estaba detrás de mi, con más fotos pegadas, pero más actuales, mucha gente sonriente, decenas. Otra puerta frente a mí, un balcón o algo parecido, de ahí provenía tanta luz. Y allí se desplegó la silueta a contra luz de "ella".
- Hey #8211; alcancé a oir.
- Hey #8211; respondí, un tanto dudosa.
- Al fin te atreviste, ¿ah?. Después de tanto tiempo.
- Pues si, me atreví #8211; no podía permitir que me intimidara
- Aquí estoy pues, sin reservas. ¿Qué cosa viniste a decirme?
Me miró de frente, hizo un gesto extraño con las cejas, cierto pensamiento crezó su mente a juzgar por el cambio en el brillo de su mirada.
- Esos ojos #8211; me indicó #8211; te sonará extraño, pero los conozco de otra parte. Pero no me hagas caso, deben ser las cosas de mis delirios.
Quedé muda por un segundo. Tenía todo perfectamente planificado y tenía la mente en blanco. ¡ No podía creerlo!. Tenía que decir algo; sabía qué decir y qué hacer en ese momento, lo había pensado bien, y derrepente la mente en blanco. No presionaría la situación, el encuentro debía ser natural.
- ¿Puedo sentarme? #8211; dijo ella - ¿Te importa si fumo?
- No, para nada. Digo, si, puedes sentarte. No, no me importa que fumes. Lo dejé pero no me importa #8211; aclaré, lamentando la torpeza de mis palabras
- Bien #8211; respondió muy parca.
La observé muy segura, desenvuelta; con una mano sostenía el cigarrillo y con la otra sacaba de su envoltura un caramelo mentolado que introdujo en su boca, y dentro de ella comenzó a pasearlo de un lado a otro, mientras llevaba el cigarrillo a sus labios y lo encendía con lentitud con el ojo derecho en guiño para que el humo no la hiciese llorar. Un gesto típico, tal y como la recordaba.
- Ha pasado algún tiempo, ¿quién diría que otra vez estaríamos así, frente a frente?. Cosas de la vida. Que el pasado nunca muere, dicen, y a cada rato una debe verlo paseándose orondo frente a nosotros, como testigos silentes, porque ya nada puede cambiarlo - dijo ella
Un "jalón" del cigarrillo cortó la reflexión. La exhalación del aire lleno de humo y nicotina, envolvió su rostro momentáneamente en la bruma del vicio.
- si es cierto, a veces hasta es sano recrear el pasado y darle formas y nombres para reírse un poco de él. Hasta es bueno convertirse en esa forma, meterse en el pasado y salirse a antojo para demostrar que no hay miedo - culminó la frase.
Una sonrisa burlesca cruzó su cara. Me di cuenta de lo mucho que me conoce.
- ¿Cuánto durará la pelea? ¿Un año más, dos?. Hasta que te canses de jugar conmigo, supongo. Yo la verdad quisiera salir de aquí, este encierro me está matando. Bien sabes que no soy un animal de encierros, amo la naturaleza y el mar. Ya ni siquiera me quejo, he aprendido a interpretarte.
- Ten cuidado, sin mí, no existirías #8211; indiqué un poco incomoda.
- Es verdad, pero ¿no has llegado a pensar que podría ser exactamente al contrario? - no podía creer tanta ironía en sus palabras y gestos, era insoportable.
- ¡Ahhhh! Cara de asombro. Predecible totalmente. Eres muy predecible. - dijo cuidando dar el tono de sarcasmo exacto.
- A mi pesar, pero he madurado eso. Hay personas que hasta me consideran mística - respondí en defensa.
- ¡Faya ironía! ¿Mística tú? Permíteme reír. El misticismo no es tu mejor faceta, hasta donde sé.
- Hace años que no me conoces, muchos años #8211; dije muy seria.
- ¡Uyyyy! disculpa. No quería molestarte echándote en cara lo mucho que te conozco - más sarcasmo.
El cigarrillo al fin se acabó, más no así el caramelo de menta. Se levantó de la silla mientras yo seguía parada exactamente en el mismo sitio desde el primer momento. Se dirigió al balcón y desde allí lanzó la colilla al techo que estaba debajo.
- Algún día voy a contar las colillas de cigarrillo que hay en ese techo ¿significará eso algo?
- No lo creo #8211; respondí como si la pregunta hubiese sido dirigida a mí. Sentí su mirada incomoda clavarse en la mía.
- Termina de responder #8211; dijo desafiante - ¿hasta cuándo?
- No lo sé, quizá para siempre
- Ya veo, ni modo. Conténtate en recrear cualquier episodio. Es tu arte.
- No te has dado cuenta de algo, no parecen cosas tuyas #8211; dije reveladora- Esta casa y esta habitación no tienen llaves ni candados, todas las puertas están abiertas, así entro y salgo cada vez que quiero. Tu podrías hacer lo mismo.
- Tengo miedo de los fantasmas #8211; contestó y su rostro cambió; ahora mostraba cara de niña miedosa.
Mi confusión era inmensa. ¡Como podía cambiar tan drásticamente de posición!; ahora era como un infante asustado, se descubría en sus defectos, en contraste con la chica segura de hacía unos minutos. De pronto comenzó a llorar, odio cuando hace eso. ¡Lo odio!
- Creo que me voy #8211; dije ofuscada
- No te vayas por favor, déjame salir, te lo suplico
- Lo siento, hoy no me manipulas #8211; espeté secamente
- Te pertenezco, déjame ser. Prometo buscar un hombre moreno, gitano, si, de ojos verdes para pasar un rato agradable. No, mejor, prometo un momento feliz para que te inspires y crees, o ¡un momento de locura!. Por favor, ¡escúchame!
- Eso es lo que más odio de ti, tu manipulación y tus maneras banales. ¡Que me importa con quién estés, o que cosas me puedas prometer!. Por mi puedes amanecer presa, que poco me importa.
- No seas dura, no es mi culpa.
- Espera al miércoles, siempre sales los miércoles. Haz tus locuras de siempre, que por ahí a alguien le debe gustar.
- Falta mucho para el miércoles #8211; su cara desencajada cruzada de ríos de lágrimas negras sobre el maquillaje mostraba ahora las marcas de los insomnios y su desesperación.
Mi mente daba vueltas, no podía coordinar mis ideas, y sentí náuseas. El ambiente se hizo tan pesado que dobló mi espalda. Corrí. Detrás de mí dejé a una Íana derrotada y suplicante, gritando incoherencias, mientras tapaba mis oídos, huyendo despavorida de todo ese absurdo. Detrás del rastro de partículas de polvo que dejaba mi salida pude ver a los fantasmas que tanto la atormentaban llamándome y mirándome con ojoc acusadores.
Sigo sin entender porque la escribo. Algún día sabré, quizá. Pero sé que no volveré a esa casa. ¿Siempre valió la pena este encuentro?. Algún día le diré lo que fui a decirle y que no me atreví por miedo a sentirme responsable de destruir su mundo: él, ya no la espera. |