El sol lanza fulgores blancos sobre mi cabeza. Lágrimas de sudor bañan mi piel. Te espero, me carcome el hambre por la sensación más intima y pulcra. Es mi ardor que el que te busca y te necesita. Me ahogo en mi rebeldía, en mi boca abierta y poderosa. El núcleo de mi sensualidad palpita por ti, se desgarra en peticiones simples que deben ser satisfechas. ¡Soy tan joven, pero la vez tan vieja! Piel de niña, astucia de mujer. Ansío que cumplas en mi vertiente la promesa eterna del pecado. ¡Soy tan débil! Mis manos se aferran a tu olor, acarician la desnudez de mi enigma. Me escondo en la más seductora e inocente vergüenza.
Quienes me miran, no reconocen mi sed. Cabello sutil, ojos asombrados, rostro redondo y pleno, engañosamente casto. Pero soy la imagen de mi futura feminidad, redonda y turgente, conciente y voraz. Me debato en cuitas secretas, arrogantes. De mis pensamientos emergen imágenes brillantes, fantasías inacabadas de cuerpos incompletos y besos perplejos. Ansío lo desconocido, me aliento de las esperanzas voluptuosas que nacen en el poniente vaginal. Quiero escuchar mi voz deformada por gemidos, quiero morir por un instante, bajo el calor y el peso de la densidad pasional. Mis brazos me rodean, un abrazo falso y protector. Intento interpretar las sensaciones que me atormentan. Dolor, incertidumbre, emoción, vanidad. Mis manos y pies iluminados de deseo, ardientes por la desazón.
¿Dónde estás? Necesito alimentarme de este ímpetu, vivir a través de ti por una fragmento del tiempo infinito. Mis labios pronuncian tu nombre lentamente, pero tan bajo que apenas pueden romper la quietud de la tarde plomiza. Sin embargo, la palabra es una lengua roja flotando en la vitalidad de mi sangre vibrante y decidida. Mi codicia es indetenible, mi petulancia obstinada. Ojos abiertos en medio del fervor hipnótico de mi hambrienta genitalidad.
Intento conservar la paciencia. La calle enorme tiene vida propia. Se ondula y se desgrana bajo el calor de un medio día zafirino. Las figuras de los paseantes se desdibujan en los uniformes vapores que brotan del vaho sacramental. La luz asciende por mis muslos, soy toda luz. El brillo es vívido, real más allá de mi arrogante plenitud. Envuelta en toda esta luz, me siento perdida, vacía, oblicua, cerval.
El ligero vestido de algodón me envuelve apretadamente. Un anuncio de la caricia esperada, esa fuerza vigorosa que pronto habitará en mi oquedades y profundidades. El cabello suelto, se aprieta, se encrespa, se desliza por mi espalda erguida. Sonrío, las manos sudorosas palpan las curvas conocidas. Las sombras me llaman, me suplican cierto alivio. Pero no puedo concedérselo. La pasión humana no tiene variantes ni coloraciones, solo una obtusa tonalidad. Las yemas de mis dedos las tienen, la blandura de mis labios la reconocen. La profundad intimidad de mi cuerpo la desea. ¡Ferviente y ardorosa, angustiosa y total!
La piel me hierve en la pura desazón de la vacuidad, caballos volando al viento, recorriendo sendas de mi misma desconocidas hasta ahora. Me encoleriza esta necesidad incontrolable, pero a la vez, me dejo llevar por el nerviosismo de la carne y del espíritu, de este afán egoísta y total. Apoyada en el árbol seco de la calle vacía, sueño con sábanas que no tendrán nombre hasta que yo sé lo dé, imagino humedades de seda y lascivia, derramándose en el enigma, en los rincones más insospechados de mi veleidad.
Lo recuerdo a él, la primitiva fuerza fálica materializada en un cuerpo simétrico y asustado. La vulnerabilidad del hombre ante la compleja sensualidad de la mujer. ¡Es tan simple la candencia humana de dos cuerpos ungidos por una redención prosaica y banal! Ondea mi falibilidad en las huestes de la vulgaridad.
Un hombre sencillo, un hombre plano de balsámicas caricias. Ojos limpios, boca adusta que se abre para mí, el mármol convertido en burdo exotismo, atormentado por mi olor y mi sensorial disposición. Me creó en sus miradas aviesas, en deseo que formó para mí a pesar del cuerpo delgada, la carne de la niñez, la timidez de la inexperiencia. Vio la certeza del futuro, esa fuerza primigenia escindida en mi definitiva decisión. Fui hacia ti deseando que la vertiente primitiva se derramara en el frenesí del viento. Oasis de bestias contenidas y magníficas.
Paladeo la sal del mar en mis dedos. El erotismo en un momento punzante en medio de la cotidianidad. Dentro de la piel se clavan las enigmáticas turbaciones, el aliento digno y brusco de un momento absolutamente carnal. Cierro los ojos, un silencio imposible se derrama sobre mí. En mi delirio, me obsesiona la imagen de mi engañosa entrega.
Me muevo entre el mundo que desconozco, que se torna invisible a mi alrededor. No veo nada más que los perfiles sesgados de voces que no reconoceré, rostros que carecen de cualquier particularidad. Amo la vida por la finalidad privada de esta fuerza fundamental y radical. Cada temblor en mi piel y bajo mi carne habla de mi individualidad, dispar y enrarecida. La inquietud me agobia, exijo su potencia clavada en mi vorágine sedienta, ambiciono sus manos crasas elevándose en mis turgente inseguridad.
Las visiones me obsesionan, se anudan y se detienen, desbordadas, azules y dispares. Crean vivencias imposibles, plenitudes incipientes que no son más que mi incertidumbre juvenil. Pero a pesar de ello, sonrío, me nutro de ese miedo y esa pesadumbre equívoca. La pasión es un espejo donde la imagen humana se repite infinitas veces. El rostro se deforma en el desparpajo, decae en la plenitud, se vuelve hermoso en la vacuidad.
Te pierdo en el túmulo de mi insistencia, de mi respiración embravecida, en mi penitencia obscena. Exhalo un halo añil, apetencia insustituible espuria y fría. Besos de brezal ciego, contactos sinuosos que se desvanecen en la oscuridad plena de mi rutilantes laberintos. Urdimbre de un tapiz de jugosa vitalidad. Aquí, desnuda y atípica, la niña de ojos viejos espera por la pasión.
La tarde muere. Siento pánico, una exasperación insostenible. Gesticulo en silencio, me empecino en tratar de verle entre la multitud, mis pensamientos se detienen en el aire. La irritación se vuelve vanidad herida, una enloquecida penumbra de la que trato de escapar, pero no puedo. Las manos confundidas en un apretón feroz. Los ojos entrecerrados, los labios aspirando un aroma caldeo y fugaz. Inmóvil en medio de la calle ardiente, la niña de ojos asombrados insiste en buscar la respuesta a la desazón. Caras y oscuridad vienen y van. El cabello golpeándole la mejilla ardiente, las lágrimas pugnando por escapar de su voluntad.
Los primeros recuerdos me atormentan. Una maldición aciaga grabada a fuego en mi memoria. El resplandor de un verano adormecido en pupilas dilatadas. Mi silueta yace bajo la suya, parpadeante y brumosa. Pieles rozándose, dóciles y furtivas. Mi carne abriéndose al enigma conmovedor. Dolor, pasión. Un grito en su oído, escalofríos escarlatas extendiéndose en un mundo secreto y punzante. Los ojos cerrados, el mundo palpitando a mi alrededor.
Una y otra vez, mis brazos enredados en el torso del hombre simple. Sí, abrazada a él, mis pechos raquídeos apretados contra su verticalidad. Deseo, deseo. Una fuente de aguas sacrílegas saciando mi sed. La niña corriendo a los brazos del hombre, la secreta mujer envolviendo en su calor a su esclavo silencioso. El piso se hunde bajo este deseo abyecto, oscilando y bramando indetenible. Viajando vulnerable por océanos carnales y vaginales, descanso en remansos de paz absurda y vertical.
Aprieto los labios, evitando que la frustración pronuncie su nombre. La perseverancia juvenil me obliga a permanecer aquí, en el lugar convenido, a pesar que el tiempo transcurre implacable, se desmenuza en pedazos demasiado grandes para ser asimilados por completos. El calor de la tarde, da paso al sopor de la noche ciega. Pero yo continúo aquí, junto al árbol seco, la corteza hueca rozando las plantas de mis manos tiernas. Los párpados me tiemblan por la ira de lo que no puedo ver. La ansiedad se abre como una flor maligna en una ciénaga resbaladiza y engañosa.
El vértigo de la ira me consume, pero no llega a convencerme. Los dedos se hunden en la arisca que rodea la raíz de mi árbol. Aprietan el puñado de fina tierra con fuerza. Los granos acarician el ímpetu, gesticulan el desencanto. Un gemido, pero no el deseado, brota de los labios inclementes y absurdos. No, no vendrá ya, mi deseo corrompido por la derrota, la rabia consumiéndose en el miedo. Las sombras son un hecho fáctico rodeándome apretadamente. Inquebrantable y pródiga, la ira me devora, torturándome sin piedad.
Súbitamente, una nítida ráfaga de calor atraviesa la humedad de la noche indiferente. El hombre simple, caminando por la calle con su paso discreto y silencioso, acercándose a mí como una aparición triste y maravillosa. Los ojos asombrados lo recorren con avidez y luego, un regocijo ciego palpita en la niña delgada que guarda en su interior a una mujer. La tristeza se derrumba ante el estruendo de la necesidad insustituible que vuelve a nacer en mi carne.
Corro hacia él, me arrojo contra su cuerpo. El abrazo torpe y viril, el sudor mutuo confundiéndose en una única pulsación. Labios apretados en el silencio de la complicidad. La piel convertida en súplica, el ardor deslizándose en los viejos secretos ancestrales de la textura carnal.
Verano de los secretos ardorosos. El silencio de la palpitante humedad de la sexualidad. |