Un río negro se desmorona en el silencio. La noche es oquedad indescifrable, en medio de mi deseo, de esta obsesión torva que no puedo contener. La respiración agitada, las manos húmedas por el sudor de la impaciencia. Escondido aquí, miro la casa a oscuras con la urgencia de un amante despreciado. Odio y amor me sacuden, me consumen. Un llanto ronco e insólito pugna por escapar de mi garganta, pero no se lo permito. El mutismo de la media noche es tan perfecto, que estoy convencido que ellos, los que poseen lo que tanto anhelo, podrían escucharme. Ellos, sí, cobijados detrás de las paredes monumentales y los jardines casquivanos, dueños de mis ilusiones y el núcleo de mi desesperación.
Pero pronto no será así. No, claro que no. Rio nerviosamente, en voz baja (ellos podrían escucharme) percibiendo el cambio del aire alrededor, la manera como mi decisión se condesa en una palabra muda e invisible. El cuerpo tenso, las sienes palpitando acompasadamente. Mis pensamientos son por un instante cristalino y rutilante, puedo ver a través de ellos con absoluta facilidad. El placer se eleva como un llamarada roja y azul, alta, maravillosa, violenta. El fuego, ese lenguaje de los antiguos que aun respetamos quienes somos sus hijos en el tiempo. Las llamas enroscándose en un infinito espiral, brazos alzados hacia un dios primigenio y remoto. El calor convirtiéndose en un verdadero lenguaje, la vida transmutada en potencia y luz.
Palpo mis bolsillos. La caja de fósforos se desliza entre mis dedos huidiza, seductora. El aliento maldito contenido en mi piel, suplicando libertad, tanteando mis dudas, exigiendo mi dudosa resignación. Me apoyo en la pared, descanso el rostro contra la frialdad de la noche muerta. En la oscuridad de mis párpados cerrados, veo de nuevo la lengua de oro elevándose orgullosa y vulnerable, sacudiéndose al viento, blandiendo el arma del arcángel Miguel. Expulsados del paraíso, la promesa sollozando en el resplandor herético del milagro fugitivo. Fuego purificador, maligno, prepotente. El destructor primigenio, la verdadera vitalidad de la tierra y el aire convertida en un fragor eterno. En mis labios, palpo el olor de la ardiente sumisión, de la profunda caída en el éxtasis voluptuoso y cegador.
Tomo la decisión. Comienza el final.
La calle se abre ante mi, interminable. Mis pasos son ecos lejanos, inexpresivos, que no me pertenecen. Siento que floto, que me elevo por encima de mi propia imagen y la complejidad de mis dudas y temores. Lentamente, siento que una fuerza raquídea y letal me recorre sensualmente, tomando el lugar de los pesares y las aflicciones cotidianas. Soy, y a la vez me imagino como una presencia vacía y hueca, una sombra de mi mismo que se desvanece en la nada de los criterios inútiles. Una sonrisa sardónica baila en mi boca, deleitándose con el sabor de la locura que resbala en mi saliva. Un paso y la silueta de la casa comienza a elevarse entre mis cuitas secretas. El siguiente, me muestra los primeros perfiles definidos, la belleza de las blancas columnatas, la ternura de la pintura medio descascarada. Otro más y una felicidad feroz borra cualquier otro sentimiento. El último me deja frente a la fachada a oscuras. Sus ojos vacíos me miran detenidamente.
Me espera. Sabe quién soy.
Techos altos y enhiestos, dinteles elegantes y repujados. Jardines ilegítimos rodeándole amenazantes. La casa de mi niñez, de mis primeros, de las lágrimas y las risas. ¿Quiénes la ocupan ahora? ¿Quién posee a mi primer amor, a la única madre que conocí? ¿Quiénes recorren con total confianza las habitaciones íntimas, la escalera diminuta y pulida, el saloncillo perenne donde los recuerdos aun caminan? Siento una cólera vanidosa y meditabunda, tan virulenta como la raíz del fuego al que crearé a partir del sentimiento radical que experimento. Paladeo la energía frenética y mítica que me acoge. Le imploro su presencia, la acojo en mi piel.
El padre orgulloso, la madre delicada y hermosa, los niños pretendidamente inocentes. Nuevas almas que engullen la fuerza de mi historia, la selecta periferia de mis pensamientos más privados. El rencor es cada vez más intenso, incapaz de soportar la discreción, la vil parsimonia del corazón humano. La promesa, aquí en este odio. Golpeo mi pecho, escucho la fuerza de mi corazón bajo las yemas de mis dedos. Vida, vida transmutándose en poder y pérdida. Las manos decididas, las variaciones de un único pensar retrotrayéndose sobre si misma. Percibo la fuerza, definitiva, demandante.
La hora de lo inevitable comienza.
Recorro los conocidos recovecos. El olor de la gasolina es grave y perpendicular. Las pequeñas ráfagas se extienden invisibles en la tierra fértil, la madera de las escalera, las columnas blancas y airosas. El hilo se extiende, rodea, reconoce, acaricia los objetos. Baño con minuciosidad los detalles, los recuerdos, las voces y las risas. Abro con la llave olvidada la puerta que nadie conoce. Los rosales polvorientos me miran con atención y luego, lanzan un gemido cuando beben del elixir mortal y devastador. Bajo hacia el sótano por tantos años cerrado, advirtiendo la presencia de los objetos que llenaron mi niñez y mi juventud. Sorprendidos y torvos, se resisten a mis caricias, ocultan bajo su expresión remota pensamientos y rivalidades. El hilo dorado de la gasolina los recorre, los besa, y luego permanece en el regazo, común, expectante.
Entro a la vieja casa, que ahora es nueva. Las mismas paredes de antaño amparando muebles silenciosos y sin personalidad. El olor ácido clama y agoniza. La sombra dorada baña los cuadros, las alfombras costosas y mullidas, los cojines redondeados y básicos. La gran marea delicada, el olor penetrante se desliza por cada resquicio, desde los más evidentes hasta los más sutiles. Recorro caminos insospechados, murmurando mis viejas oraciones mancilladas. Retoco con cuidado las exequias de mis recuerdos, cuidando el sonido de mis pasos. Ellos no deben escucharme, no forman parte de esto, son tan simples y frágiles como hojas al viento. Su olor está en todas partes, confundiéndose con el aire luminoso de la expiación. Palpo sus presencias en el silencio fragante y ufano de la casa limpia, la casa aséptica, la casa sin significado. Yo la convertiré en el templo que fue una vez, anegado y furioso en su pura desazón.
A solas, en medio de la nada del pasado que no existe, comprendo que debo comenzar, si no quiero vacilar. Aun tiene poder sobre mí, la vieja ramera. Me conmueve, con sus sonrisas y sus ternezas que no quiero escuchar. Pero no puedo evitar hacerlo, el niño corriendo entre las finas cortinas de fragua magistral. La mujer que era mi madre, magnífica e indiferente. Perlada, sus ojos maquillados me observan con detenimiento. ¿Querrá decirme algo? Mi padre, silencioso y desarraigado. Mi historia personal repitiéndose mil veces contra espejos que solo viven en mi memoria. Sonrío, débil y casi vencido, pero no llego a claudicar. Los puños apretados, la decisión en mi rostro.
No hay vuelta atrás.
Me arrodillo en el punto exacto, el vértice único que habrá de despertar la fuerza originaria. Espero un instante, ningún ruido entorpece mi imaginación. Una bocanada de aire, olvido la tristeza. Un pestañeo cansado, ya no necesitas aferrarte a la salacidad para disimular la verdad. La mano se desliza en el bolsillo, implacable. Los dedos traen a la realidad el sueño largamente acariciado, pero imposible, ahora verídico. El fósforo rutilante antes mis ojos brumosos. Un leve pero preciso movimiento. La primera lágrima de fuego brilla en la oscuridad de mi confusión.
Un pequeño temblor. La lengua inhóspita y brillante se levanta, se crea a si misma, ruge con formidable precisión.
Me alejo para admirar la perspectiva del sueño cumplido. El fuego se propaga en todas direcciones con aterradora facilidad. Mordisquea los simpáticos estampados que brillan en las paredes, danza alegremente sobre el piso de cristal. Se levanta entre las sombras, creando siluetas brillantes y eclécticas. Un espectáculo magnífico y exuberante, que podría ser hermoso sino fuera por explícita crueldad. Y yo, de pie, gimiendo, anegado de placer, gozando de la pútrida alegría de quien comete un pecado aislado de la verdadera culpabilidad.
Ellos están despiertos. Los escucho correr, gritar, tratando de escapar de la conflagración que le es ajena. Hunden sus pies en el desastre, evaden las manos ardientes que se extienden, tratando de tomarle entre sus dedos, de apretarle entre ellos. Les escucho, sabiendo que no podrán escapar. El humo les ciega, el fuego les roba el aliento. Sí, aquí, corpulento y mesiánico, el brillo de la redención que os ofrezco. Tomadla, gritad vuestro saludo, porque al fin, solo a él verán. El gran Dios maligno, conocido por el hombre antes del temor a la Suprema verdad. Fuego, sí, el odio y la pasión falaz convertida en pura uniformidad.
Regreso sobre mis pasos. Mi obra está casi terminada. El sótano vacío me mira con reprobación, pero no se atreve a pedirme explicaciones. Temen mi mano, mis ojos inquietos que aun no se sienten satisfechos. Me desvanezco entre la luz que brota de las puertas, como una voz que suplica ayuda, que rememora momentos que simplemente, están destinados a volar como cenizas en medio de la pretendida normalidad que logré erradicar.
El jardín ahora también descansa en la paz de la vestigios rotos y fragmentados de su antigua belleza. De pie, en la oscuridad, admiro la plenitud de mi compensación, de mi dolor añejo, de mi desesperación aciaga. Fuego purificador, fuego desgarrador.
El brillo del sur ancestral.
En mis manos, en mi poder, en mi enloquecedora perseverancia, y denodada crueldad.
Fuego, primigenio y falaz. |