¿Durante cuanto tiempo puede ser mi cordura un muro que me protege del más tenebroso de los vientos? Recorro el mundo con el miedo como única compañía, siempre temiendo la posibilidad de ser descubiertos por ellos, de ser encontrados por ellos en medio de la fauna agreste de rostros anónimos del mundo. Escondo mi rostro entre arrugas y cicatrices, mi cuerpo con la sombra de la desesperación. Pero ellos pueden verme a pesar de todos, ellos que se esconden en el viento, que viajan a través del la tierra y la realidad enredados en los murmullos eternos. El miedo no puede describir mi estado de postración absoluta, de desesperación sin consuelo al que el acoso de las almas de mis victimas me someten.
Era muy joven cuando partí a la guerra. Un muchacho con rostro de niño que jugaba en convertirse en un hombre a través de un pretendida gallardía. Fui al campo de batalla con la ferocidad de los ignorantes, empuñé el arma y maté, embebido de pura vanidad, que creció en todas direcciones a partir de un punto muerto y monacal en mi interior. Hice lo que consideraba mi deber, o esa fue la justificación primera. ¿Pero había alguna realmente? No había nadie más que el gatillo y mi dedo en medio del silencio de la moralidad y las razones. No había nada más que mi decisión de sobrevivir sobre la brusca abstracción de la vida de un prójimo oculto. Me regodee en mi propia necesidad de servir a mi egoísmo con el mayor acto de vanidad. Mate una y otra vez. El enemigo no era más que una palabra para designar un deseo inconfensable que anidaba en mi interior.
Sí, inconfensable, pero no por ello menos doloroso. Durante las noches insomnes del campamento nervioso, veía en mi mente las imágenes de los hombres cuya sangre había llevado de nuevo a la tierra, de los ojos huecos a quienes había mostrado el rostro de la nada. En ocasiones, la noche se llenaba de lamentos que yo suponía imaginarios, de las voces de los perdidos, de ellos, quienes mueren y permanecen junto al sonido y el calor del mundo, esperando ser reconocidos, aguardando la fría intervención de alguna justicia superior que jamás termina de acaecer. Los escuchaba, sí, a todos ellos, un coro de desesperanza que crecía y se alzaba en medio de la selva y las palabras inhóspitas de los hombres. Pero me negué a creer en su clamor. La posibilidad era incierta, la negación cómplice y consoladora.
Pero una noche les vi, reales, gimientes, amenazantes, una imagen de redención aciaga que me llenó de un miedo atávico y absoluto. Sus rostros, que eran reales pero a la vez no lo eran, flotaban en la inconciencia brumosa de una incomprensión críptica. Ellos, mis víctimas, los que habían muerto bajo mi mano y mi bala, siniestramente etéreos, me miraban desde un mundo remoto y vacío y significado, carente de satisfacciones. Atisbaban a la belleza brutal de nuestro mundo y me miraban a mí, su verdugo, con la fría condescendencia de quienes obtienen la razón mediante el sufrimiento. Atados al viento de voces de una realidad que ya no les pertenecían, erraban en medio de las estrellas, sin pertenecer a ellas, sujetos a la tierra, que ya no reconocían como propia, susurrándose palabras secretas entre ellos, intercambiando gestos que para los vivos carecían de todo significado. Oblongos perfiles los suyos, aterradores en su absoluta carencia de humanidad.
Creí enloquecer. Deserté de mi rango y mi nombre. Por días, me evadí en la fiebre y una pretendida locura, pero yo sabía la verdad. Ellos habían venido por mí. Ellos, las formas obtusas de quienes antes habían sido hombres como yo. Lo supe por la expresión resuelta en sus rostros inexistentes, por la belleza plomiza de sus sonrisas que no eran más que devaneos de mi imaginación. Horrorizado, debilitado por la culpabilidad, pero aferrándome aun a mi arrogancia, les odié por el mero hecho de atreverse a volver a mi conciencia y a mi voluntad en la forma de la más siniestra de las fantasías. Sentí el rencor del sufriente ante la enfermedad, de quien reposa en silencio en la más triste inquietud. Me negué a escuchar sus lamentos, cerré mis oídos y mis ojos al brillo opaco y volátil de sus siluetas sinuosas e inquisidoras.
Sin embargo, ellos continuaron allí, mirándome desde el fondo de sus pupilas muertas, desde la evanescente frialdad del mundo de lo desconocido. Seguían mis pasos noche tras noche, llenando los espacios de mis pensamientos con llantos y susurros. Les veía, a ellos, la multitud silenciosa y vacía, junto a mi reflejo en el espejo. Les podía palpar en los vericuetos de la oscuridad al perderme en las medianoches oscuras y anónimas de las ciudades a donde me llevaban mis pasos desordenados. Emergían de caos en medio de mis sueños, me observaban con ojos duros desde cualquier resquicio de silencio. Ellos, siempre ellos. Malditas visiones errantes del arrepentimiento imposible.
Me convertí en el condenado que debe vagar por la tierra sin reposo, las manos manchadas de la sangre de mi hermano, la agonía infinita de no detentar el temor y la desazón sin tregua como determinación. Aquí y allá, en el silencio del sopor, en las profundidades de las discusiones más íntimas, percibía la presencia impertinente de quienes trataban de atraer mi atención con dádivas perversas y simples. Lloraba de pura frustración, gemía y me retorcía en la angustia infinita de quien no tiene consuelo. No, no debo escucharles. No están aquí. Pero al abrir los ojos, los ojos vacíos de los muertos seguían mirándome atentos, acusadores, simplemente tristes.
Al cabo de un tiempo, cansado en cuerpo y alma de huir, de buscar una respuesta en el olvido, comencé a enfrentarles. ¿Qué desean de mí? ¿Por qué mi pecado es más grave que el de quienes han matado antes que yo? ¿ mi vileza es más empedernida y terrible que la de otros que han cometido actos semejantes a los míos? Grité al viento, exigí una voz que satisficiera el silencio empedernido de una voz muda. Pero no la hubo. Ellos solo me miraron, infinitamente pacientes en su perfecta placidez ultraterrena, los labios muertos murmurando frases secretas, los ojos enormes y vacíos observándome desde un plano donde la justificación humana no tenía cabida. Comprendí que ellos, los fantasmas, el leve hálito de una vida mutilada, no acuden al servicio del tiempo o de palabra alguna. Son libres en su indiferencia, en su completa ausencia de cualquier motivación real.
Enloquecí. El miedo se hizo interminable, un reducto perpendicular donde mi vieja osadía se desplomaba sin remedio. Envejecí lentamente, solitario y errabundo, sufriendo de hambres y privaciones, huyendo de la culpa y el horror de saberla inalienable. La locura fue mi compañera por mucho tiempo, peor por desgracia, con todavía más frecuencia me visitaba la cordura: la exacta conciencia de saber donde me encontraba, de saber cual era mi nombre y quienes eran aquellos que me perseguían. Les observaba, el miedo convertido en parte de mi singular necesidad de sobrevivir, confundirse con los rostros de los vivos en las calles, envolverme en su presencia helada y caótica, acariciarme con manos pequeñas y silentes que nunca me producían otra cosa que horror. La noche se hizo eterna, absoluta y para mí, el mundo dejó de existir. Me encontré solo, abandonado de toda identidad humana, al margen del horror y la pasión, solo al abrigo de las manos pérfidas y amables de mis perseguidores.
Y se obró en mí un cambio. Y se hizo una lenta mañana diáfana en medio del sollozo de una somnolencia perfecta y brutal. El instante se alargó, detenido por la informe sensación de la devastación de toda moral, de toda belleza, de toda fuerza. Sentado en medio de la tierra oscura, al límite de la belleza y el consuelo, volví mi cabeza finalmente hacia las voces. Con ojos reverentes miré los rostros imposibles de mi culpa y encontré en ellos el consuelo, el terrible consuelo del quien no encuentra más que silencio y aridez en medio de la razón. Comprendí que esa es la verdad, el consuelo, la venia imposible en medio de un universo roto de posibilidades impensables. El consuelo vino a mí, desvaído e inaudito.
¿Podía ser de otra manera acaso? Perdida la esperanza, la belleza, el deseo, ¿podía aspirar a algo más que la absoluta perseverancia en alcanzar un final para mi suplicio? No lo sé. Ahora no podría decirlo. Pero lo que sí puedo asegurar es que no hubo otra respuesta, otra especulación más allá que la derrota de los ideales, que el brillo inexacto e irreal de una búsqueda sin verdadera resolución. Ellos, solo ellos en mi mundo. Mis pensamientos desplomados en una ciénaga imposible, mi vida herida por la sangre del prójimo derramada por mí sobre la tierra ávida. Me alcé desde mis propias cenizas, puro y protegido del dolor por la infinita paciencia de quienes buscaron mi mirada y compresión por tanto tiempo y tomé sus manos, me entregué a ellos sin reservas. Hablé la voz de quien espera la perfecta compresión.
Y la obtuve.
Sus manos me tomaron con grácil amabilidad. Su dulzura seca y palpitante, me colmó, me limpió de dolor y desesperación. Sí, le odio desvaneciéndose, devorándose a si mismo como el hijo de un dios aciago. Sonreí, absorbido por la irrealidad, palpitante de absoluto y venial consuelo. Sonreí, perdido en el mar inquieto del viento más agreste. No había más respuesta, no había más solución al dolor que una última palabra, que una última acción.
Sí, dijeron sus voces. Sí, dijeron sus ojos hermosos en su total carencia de humanidad.
Una escena. Un momento acompasado. La necesidad. La verdad. El final.
El cuarto era pequeño. Ellos esperaban afuera. Me miraban a través de las ventanas. Sabían lo que iba a suceder. Los dedos profanos acariciaban el cristal, una invitación sorda que yo había aceptado desde hacía mucho tiempo, quizás sin saberlo entonces, pero igualmente inevitable. Les observé, el arma en la mano, el cañón apuntando a mi sien derecha, el brazo temblando por el esfuerzo de sostener la presión insoportable de mi voluntad irrevocable. Sonreí al viento cargado de sus voces, al alivio de mi culpabilidad en la forma de un único estrépito que borró por entero el mundo y la vertiente misma de mi última vitalidad.
Tendido en el suelo, el umbral de la muerte se abrió para mí. Y allí, en el rescoldo triste de la noche, en la tristeza pulida de la nada, estaban ellos, mis víctimas, mis culpas, mis remordimientos, esperando por mí. Floté hacia ellos, convertido en nada, siendo ellos, siendo etéreo y cruel, siendo conciencia continuada de la torpeza y la vanidad humana.
Ahora pertenezco al más tenebroso de los vientos. Recorro la tierra desde las sombras, mirando la belleza simple de una realidad que no es mía. Nada soy, no existo para nada más que no sea la perpetuación de un único recuerdo, de una vertiente insólita del alma humana incapaz de alcanzar la paz.
Vuelo, triste y aislado, sin nombre ni momento. Solo soy yo, adherido al viento, siendo el viento mismo, infinito y simplemente perdido de toda humanidad. |