La lluvia baña mis instintos ebrios. Retozo en su regazo de plata, embebida en mi propia ira, consumida por el fuego indigno de la promesa incumplida. Te espero aquí, una vez más, temblando bajo el frío del llanto del cielo, llena del audaz coraje que solo da el miedo. Mis manos se hincan en mi costado, ansiosas, tristes, retorcidas por la espera. Los dedos, palpitantes de cruel desazón, tratan de abrir la cortina verde y pardusca del agua bendita de un llanto sacramental. Suspiro, aspirando su aroma fuerte y vital y creo percibir en él tu olor, el olor del echado mortal que se alza con tu nombre, que tiene tu figura y me mira con tus ojos. La necesidad es inmensa, una boca ruin que se abre en un pasado oscuro y sedoso.
Deambulo por la calle solitaria. Las ventanas de los edificios a mi alrededor me miran con atención, tal vez con la curiosidad morbosa de quienes aprecian el sentimiento enajenado con un helado distanciamiento. Puedo escuchar la vida muerta a mi alrededor, creando formas invisibles en mi imaginación, jugando con la curva de mi nerviosismo, de esa insatisfacción insidiosa que me envenena, que rompe mi voluntad y bebe de mi arrogancia. ¿Donde estás? ¿por qué no estás aquí? Tus manos y tu boca deben responder a su responsabilidad. La sensualidad no es libre de prejuicios ni responsabilidades. La veleidad no es más que la imprecación casual de la moralidad más absurda. Una sonrisa torva se me dibuja en los labios. Todas las palabras se rompen ante mi progresiva desesperación.
La luna implacable y helada se esconde entre nubes densas y dispares. El arco de la noche púrpura se abre sobre mi cabeza, me habla de otras noches, de la cama húmeda y viseral que se abre en un universo informe de posibilidades que ya no me pertenecen. Él está allí, en mis recuerdos, una imagen muda que simboliza la caída diametral de mi deseo, de esa necesidad venial que se desliza entre cánticos olvidados de carnalidad mediocre. ¿Puedes decir mi nombre? Allí, con tus labios mudos, ¿puedes hablar del pasado? ¿Puedes hacer real la esperanza informe, puedes explicar la volubilidad acertada del vínculo que nos une? La lluvia se lleva mis gemidos de angustia, ahogando en desesperanza la sensación de vanidad que aun despiertas en mí. Los antiguos decían que el metal puro es capaz de purificar la herida más profunda y corrompida. ¿Podrán las gotas de plata brillante que se desprenden del cielo calmar mi dolor?
Tiemblo violentamente. El cabello mojado me acaricia el rostro sin ofrecerme ningún consuelo. Me abrazo a mi misma, en busca de calor, de un ínfimo alivio. Necesito, sí, quiero un poco de paz en medio de la rugiente sensación de pérdida. Me encuentro aislada en una isla roja y solo me rodean gritos de locura. Trato de no escucharlos. No, no debo hacerlo. La lluvia, su gemido inminente y sempiterno crece y se expande, crea su propio eco, retumba en recónditos en mi interior. Pero no es la lluvia, es mi llanto que se confunde en ella, símbolo maldito de la ruptura de la fuente más intima y frágil. Me cubro el rostro helado, mis manos resbalan sobre mis rasgos marchitos y roto. Un grito intenta escapar de entre mis dientes apretados, pero no se lo permito. Un espiral brillante y tenaz se eleva detrás de mis párpados fuertemente cerrados.
¿Dónde estás? Tienes que venir, no puedes olvidar lo vivido, lo pasado, lo que esperé de tí. No debes hacerlo. La quietud del alma rota es la más peligrosa de las armas, un espejo primigenio donde se refleja el brillo maléfico de una voz desconocida. No quiero mirarme en él, huyo de esa mujer enloquecida y llena de odio que me mira a través de mis ojos. Debo detenerte, ¿puedo hacerlo?. Finalmente ¿quiero hacerlo?. La crispación de mi alma se extiende en un instante interminable, se crea a sí mismo abriéndose paso trabajosamente a través de una pretendida cordura. Me desplomo de rodillas, sacudo la cabeza tratando de escapar del hechizo. El corazón me late tan rápido que apenas puedo respirar, la piel me estremece de una álgida y postrera negación.
Los recuerdos. No puedo soportarlos. Quiero romperlos entre los dedos invisibles de mi pretendida magnanimidad. Pero se hacen más claros, más reales, más obscenos. Tu rostro, la sonrisa, el beso, el contacto, la palabra, la necesidad, el vacío, la pérdida, la desesperación. Este dolor insoportable, esta sensación de vacua irreverencia. Las tardes consoladoras, las esperas interminables, las horas de pasión que crecen el silencio de una supuesta discreción. Huyo de ellos, huyo de tí. Necesito la libertad de no desear...de no esperar el desenlace inevitable. Un grito mudo se escapa de mis labios apretados. El odio y el amor se transforman, por un instante, en la misma y engañosa posibilidad.
La tormenta es cada vez más poderosa, formidable. Ráfagas de luminosidad avanzan entre la oscuridad, dibujando con su pincel cruel las formas de un mundo borroso e insustancial. El mundo entero se sacude bajo el clamor de la naturaleza humanizada que toma forma en el trueno y el relámpago, que emerge como la voz de los desgraciados que nos acogemos a su pecho helado. El viento silba y se enfrenta a la voz del cielo embravecido y por un instante logra vencerlo. Pero la ilusión es muy corta, muy poco importante para distraer mi atención. El momento ha llegado, la violenta promesa de satisfacción se hace real. Me levanto del suelo, enfrentándome a la furia de mi voluntad y de los elementos.
Tu has llegado.
En medio de la pared de plata del llanto de la noche, tu figura tiene un aspecto casi irreal. Se eleva pesarosa y alta en medio de la negrura, desemboca en si misma entre perfiles desdibujados. Te miro atentamente mientras te acercas a mí, confiado. Sé lo que miras, reconozco esa expresión en tu rostro. Sí, soy yo. La tensión se extiende entre ambos insólita e insoportable, parece detener las agujas del reloj secreto, extenderse en el silencio con siniestra precisión. Solo la violenta naturaleza puede comprendernos. La luz opaca y momentánea de un rayo atraviesa tu rostro. El agua helada turba mi cuerpo y mi piel, convirtiéndome en una escultura de un autor desconocido y descuidado. Percibo tu ira, tan quemante como la mía. Tal vez tu percibes mi angustia y desazón, tan fuertes como tu propia confusión.
No hay palabras entre nosotros. Ya todas están dichas. Solo tú y yo, aquí y ahora, en medio de la nada que hemos creado, en medio de las ruinas de lo que alguna vez fue esperanza. Los recuerdos continúan atormentándome, tomando el lugar de las palabras que no se pronuncian, que se levan muertas hacia un edén mítico de pura uniformidad. ¿Tiene importancia lo que vivimos? ¿Tiene importancia quienes fuimos alguna vez? ¿Aquí al limite de todo y el vacío, del todo y la oscuridad absoluta de no ser nada más que evocaciones sin forma? Avanzo hacía ti un paso, horrorizada por la frialdad de mi solemne convicción. Casi es triste, casi es sincero, este último alto de coraje que únicamente yo puedo crear. Son lágrimas reales las que caen de mi rostro confundiéndose con la lluvia. Podría decir que es real el miedo y la ligera vacilación que siento cuando me detengo para mirarte una vez más.
Continúas observándome en perfecto silencio. El hombre que fuiste y el hombre que eres se elevan ante mí como imágenes superpuestas de un mismo concepto, poderosamente abstracto. Las palabras carentes de cualquier significado, la belleza marchita de una historia que termina, todo adquiere significado en un instante que es una revelación en si mismo, que abre brechas en la oscuridad palpitante de una noche de tormenta. Pero eso no puedes saberlo. Ese secreto es mío, tan irremediablemente personal como el sabor de mi piel o la ecuanimidad de mi boca solitaria. De pie, en medio de la fuerza imponente de la furia de un Dios silencioso, te miro y me miro a mi misma, me reconozco en tu boca triste y tus ojos sarcásticos. Tu rabia es la mía, mi decepción es la tuya.
La infinita frustración es nuestra.
Silencio. Solo un instante.
Incluso la voz de la tormenta y la nube guardan silencio.
Solos tú y yo, en nuestro dolor. Solos tú y yo, sin máscaras, sin más singularidades que nuestra irrevocable decisión de no dar un paso atrás. El final de camino es tortuoso, ¿verdad?, irremediable, quimérico. No hay ningún final, solo hay una última eventualidad. La definitiva. Y solo uno de nosotros puede alcanzar el ábside vertical de una inclemente veracidad.
Y decido que soy yo. Escojo mi mano a la tuya.
No hay otra respuesta posible.
El disparo se confunde con un nuevo estallido del cielo, seco, metálico, seductor, inmenso. El mundo entero se rompe entre la lluvia de plata que se desploma entre la determinación aciaga de mi mano en el arma. Tú me miras con los ojos muy abiertos, pero no sorprendidos. Todo tu cuerpo continúa en pie, pero tu vitalidad se desgrana en lentas palpitaciones a través del caos. Percibo el olor de tu sangre, en medio de aliento natural de la tierra mojada. Natural, obsidiana brutal de un momento perdido para siempre.
Caes el suelo. Lentamente, una caída ignominiosa. Desprovisto de toda dignidad, aislado y lejano a mi mano. El arma se me resbala de los dedos, se rompe mi voluntad en medio de la nada muda del acto consumado. Me aproximo un poco más a tu cuerpo. Tu rostro, porque durante unos pocos instantes continúa siendo tu rostro, parece mirar fijamente la belleza de la lluvia que se precipita sobre ti, que se adhiere a tu carne muerta y a tu mirada rota desde las profundidades exactas de una definitiva inconciencia. Casi me pareces hermoso, ahora en la paz aparente que te he regalado finalmente.
Me dejo caer a tu lado. Suspiro tu nombre, bebo tu último aliento, confundido con la lluvia negra que comienza a silenciarse a nuestro alrededor. Tomo tu mano fría, disfruto de tu contacto distante. No hay nada más. Las nubes prietas y enormes danzan sobre nuestros rostros. Un helada ventisca enigmática parece llevarse lejos los sonidos del mundo, la voz palpitante de nuestra pasión cerval.
La soledad es absoluta. La lluvia continúa cayendo. La absoluta carencia de significado es hermética, obsoleta. Cierro los ojos, me aprieto contra tu cuerpo aun caliente.
La voz del cielo repite nuestros nombres.
Solo una vez más.
Por última vez. |