Una noche negruzca Íana miró el cielo, vió estrellas y luces pretéritas rondando y recordó mejores tiempos. Sintió como su cuerpo se estremecía con algunos recuerdos y no prestó atención a aquello que se subía desde las rodillas, hasta más arriba y debajo del ombligo.
Aquello fue algo que la sorprendió sin aviso y de un golpe, de un solo golpe. Fue como un frío interno, un fantasma que se le enredaba en el vientre. El hueco en el estómago fue inminente, lo sintió, ahogado. Pensó en las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia y los cien años de soledad.
Y así... decidió entregarse a ese algo que la atormentaba. Decidió, además, no cerrar los ojos, porque quería ver. Quería verlo todo, pero por más que abría los enormes párpados, nada se le aparecía, solo esa cosa dentro de ella, haciendo burbujas.
- Pues ni modo - se dijo.
Y esa noche, se dejó llevar; sobre su cuerpo, habían penas y flores. Sintió los ojos, la muerte, el mar, la boca, los labios, la nuca, el cuello. Y ella tenue, como una sombra. El cabello medio rubio hacía una melodía sobre las estrellas de ese gran volcán que la destruía a arañazos por dentro.
Sintió toda la locura de los días dulces, y de las noches feroces. Lloró por ansias de amor que no llegaba. Lloró por carne no vista, ni tocada.
Esa noche negruzca y callada a Íana se le encendió la carne con iluminación, hasta que llegó al placer con dulce sentido, y además con dolor. Fue una gran explosión, sintió partirse en dos, estallar en mil pedazos, se quedó sin voz, sin aire, sin miedos, llena entera de satisfacción.
Se guardó de hacer el mínimo movimiento y quedó callada con luna en los ojos, mientras sentía como aquello se esfumaba con alado son.
Miró de nuevo el cielo y la noche negruzca.
- El mundo impotente seguirá su carrera - pensó - los hombres son el símbolo banal.
Allí mismo aseguró que los sueños son la vida de sabios y de amantes y que el que sueña se adueña de los fantasmas.
Desde esa noche, todas las noches negruzcas ... lo espera. |