Nadie lo llamó, pero estaba guindado del lóbulo oreja, lleno de saliva, haciendo equilibrio para meterse por aquel agujero. Balancéandose, en principio temeroso, pero luego más atrevido, se abalanzó por el túnel que lo atraía a adentrarse en cavidades oscuras. Nada lo detuvo y pasó incólume por membranas y huesos, perforó el tímpano haciendo sordos los sonidos y huecos los gritos de advertencia que ya no se escucharon más. Libre ya de la consciencia, se diluyó en el viscoso mar de la sangre, torrente arriba y abajo, sin gravedad, por fluidos. Instalado se quedó en el hueco ventricular, donde crece desmesuradamente y espera impaciente un impulso cualquiera para salir de ahi y no destrozar al corazón. El impulso linfático llega rápido, expulsándolo y drenándolo, antes de ocasionar algún daño permanente en los sentimientos, llevándolo por la vía ofensiva de la pasión, montado en potro de plasma y zambulléndose en ácidos, inmune al ataque. Sigue creciendo con prisa, dejando vacíos inpermanentes a su paso, alterando todo el sistema. La succión lo invita a entrar y salir del torrente, y ahi está perfecto, en el bajo vientre, donde es independiente y no hace caso a pensamientos, palabras, sonidos, letras, canciones, pretextos. Se anuda, se desanuda, se contrae, se expande y explota en líquidos dulces, salados y agrios, en una mezcla que sabe a agua salobre y a cobre. Desaparece con la ducha, el jabón y la asepcia y espera de nuevo la oportunidad de guindarse de algún agujero. Fuera queda el cuerpo intacto y desalmado, dentro una cloaca sentimental. |