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La piedra de la Locura
 
La piedra de la Locura
 
La noche, abriéndose ante mí. La belleza cruel de las estrellas muertas me observan desde mundos caídos en desgracia. Desaparecidos todos, en un parpadeo del iris de Dios. Hablo en silencio a mi propia lujuria...pero mi deseo no es solo de la carne que me puede brindar un amante, sino del ansia absoluta de una entrega muda y necesaria. Huyo de mi misma en el paroxismo de este placer sin voz ni moral. ¿Quién soy sino una asesina? Pero a la vez, creo vida con mis manos tintas en sangre, creo la rebelión absoluta de un caldazo intelectual. Sí, es esta necesidad que nadie comprende o comparte. Bocas abiertas de puro placer, palpitantes y demandantes, abriéndose, suplicándome. ¡No quiero escucharlas! ¡No puedo escucharlas! Pero ese cántico...la voz canta a los placeres suculentos de la piel indomable. ¡La sed, bendita seas, aborrezco la posibilidad de no sentirte!...¡La necesidad, la simple y cruel necesidad de vivir! ¿Quién soy, os preguntareis? Recuerdo que fui alguien importante alguna vez, cuando la normalidad era aun una posibilidad. Esta absurda necesidad de vivir, con los ojos planos y altos, desgastados por las mismas voces. Albores de lujo, la brillante vacuidad de ese mundo roto de mil espejos planos. Recuerdo la sensación de mi cuerpo aplastado y consumido debajo de los vestidos de terciopelo y satín. El bosque extendiéndose en todas direcciones desde la ventana de mi castillo. Soñaba con patriarcas de pensamientos imposibles, caminando contra las sombras, entre las palabras que se morían entre mis dedos. ¿Sonreía? Tal vez, ¡y cuanta arrogancia! Era bella, eso también puedo recordarlo. Cabello negro, piel blanca, la vanidad de un antiguo linaje en la sangre que corría aguda y determinante en mis venas. La soberbia en la voz. Siempre la soberbia. El sabor añil de las miles de voces que me crearon. ¿Alguien sospechó alguna vez que bajo el rugido de la juventud en esta cara habitada la locura? ¿Dónde estaba? En ocasiones, me palpó la cabeza, buscando, detenidamente ese abismo rutilante donde habitaba este deseo, donde vivía esta voz antes de emerger violentamente por mi boca y mis ordenes. ¿Habrá existido la paz para mí? Los colores, los colores, absolutos. Escribo, escribo...la pluma corre rápido sobre el pergamino roto y amarillento. Siete años de prisión, en soledad, con mis demonios y el sabor acre del recuerdo del anhelo. Viva, siempre viva. Porque este deseo es para mí la demencia expectante. El Diablo es mi amante, el súcubo que espera que me entregue a él. ¿Lo haré? Me gusta el sonido de mi voz en esta celda. Rio y rio. Mi vestido sucio me abre y me rodea, pétalos de flores sucias y sangrantes. Suspiro, la sombra de mi cabello palpitando en mi mejilla. Y la carcajada que brota de mi garganta. Grito, gimo de pura pasión. La vida, aquí, a pesar de la pérdida de lo que me era valioso. Pero el recuerdo sigue. El afán. Esa sangre que bebí y que bañó mi cuerpo. La locura. El festín de la muerte. No quiero despertar de este ensueño plateado. ¿Es esa la luna? Extiendo las manos hacia ella entre los apretados barrotes de la ventana. El olor de la noche. Me envuelve, me rasga, me desgarra. Quiero beberlo, deseo sentirlo mientras vibro. La boca entreabierta. El sudor perlando mis sienes. Que exquisito placer palpitar en la sensualidad de este cuerpo que se niega a morir. ¡Soy joven aun! ¡En mis pensamientos aun lo soy! Soy la asesina, la cruel belleza lóbrega que caminaba por los salones de piedra en busca de la vida de otros. ¡La monstruosa vida! Caliente y lozana, derramándose entre mis dedos. Suspiro, imploro piedad a un Dios en el que no creo. ¡Piedad para la pecadora! ¡piedad para la impía! ¡Para la que mató henchida en el fervor de la vanidad y la una impía vitalidad! Las imágenes vienen a mí. De ellas me nutro. Aislada en la circunstancia del pensamiento atroz, me recreo en todos los rostros jóvenes que murieron por mí, que se resbalaron el abismo del pensamiento para brindarme placer. ¿Soy yo esa mujer alta, la sonrisa leve en los labios, los ojos muy abiertos de divino asombro que observa la sangre brillar bajo la luz de la luna.? Esta misma luna ansiosa, colgando del firmamento como un ojo vigilante. El placer de la muerte inocente, mis manos delicadas de aristócratas rompiendo la trama de la vida, buscando el momento perfecto, la belleza incompresible de la carne profanada por un deseo ajeno a cualquier moralidad. El cuchillo, su peso en la palma de mi mano, ¡el olor de la sangre! Caliente, atroz. La bebo, la bebo como un monstruo surgido de las leyendas del bosque. ¡Pero solo soy humana! Pero la paladeo con el placer ajeno a cualquier edad y razonamiento. Espesa, gruesa, palpita de vida. ¡Deseo ese calor, lo deseo tanto que apenas puedo soportar su brillo! Me baño en el calor, mis vestidos brillan obscenos, una perla roja en la noche. Y la Luna, expectante. Sus rayos plateados bendiciendo la sangre en mi cabello, en mi piel. Juventud, vida. ¡Te deseo! ¡Ansío Tenerte! Debo tenerte. El espejo roto. No puedo mirarme en él. Las paredes de piedra brillando por las llamas. El cadáver a mis pies. Una niña, una mujer hermosa, bendita criatura. ¡Y ahora tu belleza se desliza por mis cuerpo! ¡Me pertenece, vive y gime en mí! Años implacables. Y siempre aquel ansia irreducible acechándome. Puedo verme con claridad en mis pensamientos. Una mujer importante, recorriendo lujosos aposentos. El fuego brilla de nuevo. Sonrío a rostros inocentes. Sentada junto a mi esposo. Tomo su mano. La piel blanca y joven, el cuerpo esbelto. Admiración en los ojos de quienes me rodean. ¿Pero cuándo podrá soportar la frágil pátina que me sostiene? Pienso en la sangre joven que he bebido. Recuerdo su textura al bañarme. Es la carne la que me llama. La vida, la necesito, la añoro. Sentada en la enorme mesa, miro a quienes me rodean, escucho el sonido de las cítaras que crean los lamentos de una música ancestral. Y sonrió, una muñeca siniestra contenida por el peinado rígido y los ampulosos vestidos. El monstruo me espera. Me susurra su invitación. Casi escucho mi nombre en sus labios. ¡No, ahora no! Trato de soportar la tentación. El olor del fuego mezclándose con el sudor de quienes me rodean, atrapados en su vida pequeña y circular. Vejez, fealdad. ¡No, nunca lo permitiré! Bajo la mirada, las uñas clavadas en la blanda carne. Una gota de sangre. Palpita un instante en mi muñeca antes que mi vestido la absorba. Luego silencio. En mi mente. La ruptura. Me levanto. La condesa se retira. ¿Esa soy yo? La sombra alta deslizándose por los pasillos, la libertad. El cabello suelto cayendo sobre los hombros. La sonrisa en los labios. ¡Decisión! Se abren las puertas de madera. El carruaje espera por mí. Un segundo, un único instante, miro hacia las almenas iluminadas por las velas. La vida transcurre sin mi. El reflejo del cuchillo. El sonido vertiginoso de una lágrima que cae. Exótico, este silencio, perdido y violento. El carruaje se mueve violentamente. Gritos, la necesidad aúlla en mi interior. El pecado embravecido me ciega. Las manos ansiosas. El cuerpo convulso por la necesidad. No puedo soportar la necesidad de vivir ¡quiero vivir! necesito resplandecer en medio de la Oscuridad. La carencia se hace insoportable. Rasguña en mi interior, se abre espacios extremos en mi sed. El sonido del viento, el salvaje aullido. Hambre de ser y de estar. Ciega al ingrato tormento del pecado. Visionaria para el placer. Las luces del pueblo en la oscuridad. Es el momento, ha llegado la gran comunión. Vasos de plata y oro, cubiertos de recuerdos sucios. El matorral de sombras de mis pensamientos se abre. La luz de la noche los ilumina y allí, está el monstruo, que soy yo misma. Bajo del carruaje, los ojos muy abiertos, el cuerpo temblando de ansiedad. Mis criados, fieles testigos del sacrilegio perfecto, me observan descender en busca del cordero del sacrificio. Las manos se extienden y siento que palpo la noche, que la toco y la atraigo a mi regazo muerto. Un suspiro. La boca entreabierta. Ella está allí. Una niña casi, inocente como la luz de día. Su mirada ignorante me recorre, el esplendor de mi vestido la deslumbra. La muerte bañada en la luz de las joyas. La mano que se extiende hacia su cabeza sucia. Las mejillas hambrientas, los ojos esperanzados que se levantan hacia mí. Un alma perdida, ignota, anónima. - Venid conmigo, pequeña – murmuro. Paladeo las palabras. Este poder. Este oscuro y devastador poder. Los ojos cristalinos me observan. La puerta del carruaje abierto. La oscuridad en el interior espera. Sonrío, solo una vez. La silueta de mis criados nos rodea y el demonio, la mujer alta y de ojos oscuro me observa detenidamente desde el reflejo de mi espejo interior. La ferocidad del salón vacío. El terror de la muchacha brillando como un vela perdida en medio de la tormenta. La vitalidad de sus mejillas lozanas. La odio y la deseo. La amo. La juventud. Me acerco a ella. Retrocede gritando. Mis dedos se enredan en su cabello. La atraigo hacia mí. La blanca garganta expuesta. El placer me aniquila, me aspira y me posee. Un zumbido recorre el aire. El iris de los dioses oscuros se dilata. El éxtasis. La luz de la vida se retuerce y comba en el espacio gris de la decisión. El cuchillo cae. El olor cálido de la vida me satura la nariz. Resbala entre mis dedos. La vida, la vida, que palpita entre mis dedos. Me agito, grito, rio, sollozo mientras la bebo. Lo ojos del cadáver me observan, lejos, inalcanzable para mí. El mundo de los muertos es puro y ancestral. La vida, la juventud de aquel cuerpo corre por mis cabellos, por mis venas. El demonio murmura mi nombre, casi puede nombrar lo que no existe. Me enredo en los hilos de placer robado al Dios de las estrellas. Bebo, bebo de la fuente misma del ancestral espíritu. La muerte baila a mi alrededor, pero no me toca. Impiedad, la frugal conciencia de la gracia perdida. Ahora, en la soledad de mi confinamiento, recuerdo el olor de aquella noche perdida. La última noche. Ellos vinieron por mí con antorchas, abriendo puertas y ventanas, llamándome por mi nombre. Gritaban, el horror inesperado. El secreto expuesto a la luz de los ojos de los más débiles. El cuerpo de la muchacha yaciendo a mi pies, la garganta cortada. La noche abriéndose para mí, empapada en la sangre del cordero. La sangre es vida, pletórica belleza, absoluta. De pie, en la noche. Las llamas arden a mi espalda. La grieta del olvido se abre a mis pies. Mi habitación cerrada por las voces de la condena. No fue el Dios de la vida y de la sangre quién me encerró aquí, en mis propios aposentos. Fueron sus hijos, en busca de la justicia que no comprenden. Sus manos cerraron las puertas, me arrancaron de la luz. Cruel destino, terrible belleza de la oscuridad. Desfallezco en medio de la podredumbre del aro ardiente. He olvidado el placer simple de los alimentos, del agua que me dan de beber. ¡No la deseo, aborrecible frugalidad! De pie, en la ventana, recuerdo mi nombre, mi pasado. Erguida, en la soledad de la pérdida, espero la muerte. Las uñas clavadas en la palma de las manos. Una gota de sangre, resbalando por mi piel marchita. Por un momento, brilla la perla blanca de mi piel joven, entre la suciedad y las arrugas. La vejez y el horror, escondidos entre las sombras. Silencio. Silencio. Madre del aliento pérfido, ven a mí. Anhelo la liberación del mármol impoluto de la eternidad. En el año de gracia de 1614. Erszebeth Bathory. Texto registrado en la asociación de Escritores Venezolanos.


   
 
 

Fin
 

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  De: eowyn
Nombre: Eowyn Anarión.
Publicacíon: 16-Marzo-2004
 
 

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