En la noche, caminando. Sus pasos solo son variaciones del silencio absoluto de la oscuridad cerrada. Un olor almizcleño se confunde con el viento crudo y gris. Caminando. Enorme, su cuerpo apenas se distingue entre las ramas deformes del follaje que cae y se enreda, marchito por un invierno precoz. En la noche. La respiración rápida y furtiva, detrás de hocico entreabierto. El bosque aguarda. Las ramas de los árboles tiemblan con sus pasos. Una y otra, el chasquido de las mandíbulas impacientes se hace un eco del hambre imposible.
Ella está allí. Alta, esbelta. Una sombra entre las sombras. El cabello claro parece palpitar, una nota de color en una sinfonía quebradiza. Camina por entre robustos troncos con la confianza del descreído, tan prístina, llevando el vestido ligero como una ofrenda a su belleza rolliza. La luz de la linterna apenas ilumina un pequeño circulo de luz a sus pies, y ella misma parece ser parte de ese pequeño brillo efímero. No tiene miedo, su postura es totalmente erguida, su pasos todo lo seguros que pueden ser en medio de un suspiro primaveral de una noche aun muy fría. Una mujer joven, una chica de campo acostumbrada desde la infancia a la oscuridad, a los miedos nocturnos, a esos paseos en la noche que no tienen más objetivo que vencer cierto instinto. Tal vez, para ella es un paso anecdótico, aquel deambular vagabunda. No tiene nada especial aquella noche, nada de especial a no ser la dulzura de un momento a solas. Una alma en busca de cierta individualidad en la soledad. No hay miedo, claro, que no...
Aun no.
El viento silba con mayor fuerza, es cada vez más oloroso. Sin duda, la primavera esta cerca. En el aire flota el optimismo del mundo que renace después de morir bajo el hielo. Fuego de la madre tierra, la sangre que corre de nuevo por sus venas vacías. El suspiro de la naturaleza desemperezándose. Una calma insustancial que nace de esa convicción que el calor recién nacido anuncia la prosperidad perdida. Las ramas crujen, la tierra toda parece suspirar.
Un fino rayo se desliza entre las nubes. Un hilo de plata todavía unido a la gran madre oculta. Pero no por demasiado tiempo. Muy pronto, las nubes dejan caer la máscara del cielo, y aparece el rostro de la madre de la noche, hermoso e inhóspito, totalmente indiferente. Una luna brillante, monstruosa, deslizándose sobre la copa de los árboles. La luz fría y pálida se hace cada vez más terrera, menos divina, pero a la vez más misteriosa. El viento parece enredarse entre ella, viva, hermética.
Ella levanta los ojos, agradecida. ¿Había tenido miedo en algún momento? Ahora le parece que sí. Por un instante, el bosque tantas veces recorrido, el camino aprendido desde la niñez pareció cubrirse de esa pátina brumosa y paralizante de la confusión. No podía menos que sonreír ahora, a la luz fulgurante de la luna, al recordar que solo un instante antes, se aferraba al charco de luz eléctrica que bamboleaba entre sus pies. En los sonidos del bosque había existido un instante de disonancia, un quiebre del ritmo tan conocido...como si brotando de la misma oscuridad surgiese un elemento imposible de definir. Pero ahora la luz, la luz viva de la noche, había disipado cualquier exceso de imaginación.
Sí, caminando en la oscuridad. Como en la infancia, donde no hay nada más que seguridad porque el miedo es solo una promesa de insatisfacción. El miedo real no es más que búsqueda de respuestas de las preguntas que temes formular.
Sin embargo, a pesar de la luna reconfortante, de la sensación de seguridad, se apresura, entre los árboles cada vez más tupidos...los pasos se hacen intranquilos, cada vez más sonoros, un eco de la intranquilidad.
Él la escucha con toda claridad ahora. La respiración acelerada, el sonido del corazón bajo la piel joven y húmeda. El sudor juvenil bañando las sienes lozanas. Puede apreciar esa impetuosidad y brutal de un ser en el núcleo mismo de su fuerza. La belleza es más obvia cuando está amenaza. Y ese olor, ese olor delicioso que brota de ella, de su piel inmaculada, de su juventud que le regala aquel cuerpo núbil y sin mácula. Ese olor a amaneceres abruptos y noches sin sueños. El olor raudo de la sangre recorriendo las venas. El cabello suelto y largo, el olor que es un gran estremecimiento de esencias vivas, regodeándose y retorciéndose en un organismo vivo. Sí, ese aroma voluptuoso de la carne brillante por la fuerza y el miedo, ese efluvio maldito que no podía ignorar, que solo deseaba aspirar profundamente. Pero él ya no puede comprender las sutilezas de aquel estimulo atávico, solo puede rendirse a él, avivarlo en su imaginación, dejarse envolver en él, hundirse profundamente en su fulgurante cenit. Para él, perdido en el bosque, perdido en si mismo, rota la razón, el olor es el aliciente...el olor...mágico y venial, humano, dulzón, agrio.
Humano.
Ella.
Caminando en la oscuridad. Cada vez más cerca. El cuerpo en tensión. Los árboles parecen observarle a él, la abominación de la naturaleza perdido en medio del ojo del hombre. Ella aun se aferra a la luz de la luna, alta y cada vez más pulida en el cielo salpicado de saliva y gemidos. Sí, la luz salvadora, la luz maternal que calla los temores. Infantil, las manos que se extienden hacía el rayo de luz blanca que se desliza entre hojas y ramas. Él puede verla, la niña, la mujer...solo el olor, la carne...la sensación que le envuelve. La humanidad solo es ese sentimiento de furia y deseo, el dolor que le hace estremecerse. Él, en medio de la noche. No es nadie, solo una forma enorme y cerval acercándose en la oscuridad a la mujer que aun se niega a aceptar su presencia. Un gruñido se le escapa. La ira se hace profunda, menos humana. Solo es instinto...la maravillosa plenitud, la poderosa virtud de no ser más que un animal.
Ella se detiene. Ya la sombra de la luna no puede consolarla. Se vuelve, mira la oscuridad, deseando no ver nada, deseando que el temblor del aire, que la simple certeza sea solo un truco, la trampa más antigua de la humanidad. Que sea solo el miedo, el temblor inexpresivo y vulnerable en la mente que se niega a abandonar la primitiva rudeza del temor. No, no estás allí.
Pero no tarda en distinguir la figura entre los troncos enormes de los árboles.
El sobresalto es helado, humillante, un terror más profundo del que jamás ha sentido. Porque lo que ve entre la penumbra, no es un hombre agazapado y escondido, un hermano de carne y forma acechándole. Tampoco es un viejo fantasma de la infancia, desfigurado por la imaginación. Lo que se mueve entre las sombras es una criatura corpulenta, monstruosa. El abundante pelaje gris reluce como plata bajo la luz de la luna, su madre y creadora. Ojos inteligentes, fieros, que la observan con una ambición imposible. Garras que se clavan en la tierra. Patas musculosas que ahora puede distinguir con nitidez, ahora que sus ojos ya no tratan de engañarla. Paralizada, trata de escapar de la idea, de la simple posibilidad. Pero la criatura sigue allí, la observa.
Se mueve hacía ella.
Es real.
El olor, el maravilloso olor. Acentuado por el miedo. La juventud, la promesa de la vida que se hace más brillante porque está al borde de la muerte. El cuerpo de la mujer brilla en la oscuridad, lleno del resplandor violento y vital de su inocencia simple. Un ser vivo, no más ni menos. Una mujer real, en medio de la noche, atrapada por el bosque. La pesadilla oscura y pesarosa, que la observa fijamente. Esperando.
Esperando.
El silencio se hace elástico. Crea una tensión propia, una nota musical muda que se eleva hasta hacerse irresistible, ensordecedora. La respiración de ella. El grito ahogado que brota de sus labios como pequeños gemido parpadeantes. Él continua inmóvil. Esperando. El olor es cada vez más fuerte, más agudo, más insinuante.
Un grito rompe la noche.
Un aullido inhumano, profundo, helado. Los rayos de luna se estremecen, reconociendo aquel llamado. Un grito ensordecedor que nadie escucha. El aullido elevándose, un arco abriéndose en todas direcciones. El bosque parece desmoronarse en si mismo, abriendo la boca para beber la sangre todavía viva que baña la tierra. Y la muerte vence a la vida, como una vez en toda la historia, la ocasión que se repite de nuevo en medio de la ebria penumbra.
Sí, el olor. Ahora es mío. Lo aspiro, fuerte y lozano, cubriéndome, iluminándome como el fuego fatuo destinado a consumirse demasiado pronto. Camino por la noche, de nuevo internándome en ella, dejándome sostener entre sus brazos. La luna brilla sobre mí. Madre mía, amante mía, mi condena en tu boca.
Frío viento del norte, atrae aquí la primavera olvidada.
Me despierto con un sobresalto. Sentado en la cama, continuo temblando. Siempre el mismo sueño. El amanecer abre la ventana, se abre camino en medio de mis nocturnas obsesiones. Me llevo las manos a la cabeza. ¿Anoche? ¿Qué pensamientos son estos?
Solo elucubraciones nocturnas. Sueños inquietos.
Mi reflejo en el espejo. Un hombre joven, cansado, delgado.
Solo un hombre.
Solo eso soy.
Un grito rompe la placidez agria de mi mañana.
Fuera de la ventana, en la calle, escucho alaridos y confusión.
Me levanto con lentitud. Miro hacía la multitud reunida en calle. Un corrillo de hombres y mujeres enloquecidos. Creo distinguir un vestido desgarrado, empapado en algo que parece ser...Una imagen muda en mi cabeza...pero es imposible...los gritos se desdibujan.
Un recuerdo más fuerte que el presente.
Es el presente.
El olor, magnifico. Enorme. Suculento.
El olor. Su olor.
- ¡la bestia! – grita alguien con la voz rota por sollozos. Un coro de voces confusas se les une - ¡la bestia ha vuelto a atacar! |