predicado

Registro nuevos escritores

portada nuevas obras Escritores Red Social
 
Usuario Contraseña  
+ Recuperar contraseña Recordarme
Esta viendo una obra
 
 
Ojos de un Demonio que duerme
 
Ojos de un Demonio que duerme
 
La satisfacción tiene el rostro de una tortura extrañamente cruel. Cada pensamiento engendra un deseo aun más ardiente que el anterior, consume las débil resistencia de una voz que nunca habla, que simplemente yace en el silencio, aguardando el momento de surgir de entre las manos abiertas del deseo. Estoy aquí, esperando, el suspiro abriéndose paso en mi memoria, en la masacre cotidiana de amplia misericordia. Soy un instrumento afilado por la agudeza de la desesperación, soy un grieta ciega en un jardín de negras y rojas agonías. Le espero. ¿Vendrá acaso? Tal vez no. No soy quién para anunciar mi derrota. Las manos palpitan, mis sienes se abren en la divinidad absurda de este inmensa sensación. La piel, ¿cuál es su nombre? su nombre jamás pronunciado. Una llama a la deriva mientras espero la definición última. Sonrío. Al final, me siento feliz que este momento llegará. El espejo refleja a la mujer que fui, que soy, que seré. Un rostro sin edad, sin verdadera inocencia, pero lleno de una afilada audacia. El sonido del reloj marca un ritmo acompasado, elevado, insustancial que solo yo puedo escuchar. El Apocalipsis de las ideas, la reciente belleza de una cualidad recién nacida. Una mujer que aguarda, los labios entreabiertos, la ansiedad consumiéndose en la respiración lenta y acompasada de mi concentración. Espero, aquí estoy. Y ahora, tú estás aquí. El peligro tiene un rasgo misterioso cuando me muevo entre las sombras. El silencio es tan profano que cada sonido resuena en el infierno personal que ambos compartimos. Me oculto, espero. Tus pasos nítidos resuenan en el pasillo vacío. Cierro los ojos, mi cuerpo convulso de hambre y sed. La comunión de los dioses negros y blancos de imaginaciones vacías. Extraordinariamente exacto, la precisión de mi turbia crueldad. Una mujer, solitaria, esperando, por ti. Te deseo, ansío la destrucción, esa oscuridad remota que nos envuelve a ambos, intranquila e inútil. Vuelves a mí. El tiempo es insensible y plano, incompresible al asombro rudimentario del hombre. Pero las horas y los segundos nos ignoran, ¿no es cierto? Árboles insepultos que surgen de la tierra viva y voraz. Bocas, bocas, que se abren, y nos tragan a ambos. Una imagen. La sombra insustancial de un recuerdo que no es más que una alucinación. Te escucho venir. Aquí te espero. La última noche, de todas las noches. La noche perfecta y cristalina. El adiós de la perpetua arrogancia. Vanidad, la maldición y la bendición, una secreta Medea perdida en un mar transparente como una orquídea imposible. Me levanto, la mujer del espejo se mueve, se pierde, se rompe. Las manos blancas revolotean en la penumbra. Heroína de lo periférico, perdida en una vasta oscuridad. El umbral de la puerta te envuelve, tu forma parece emerger de las paredes, de los muebles que te rodean. No eres real, con tu rostro idealizado, la hermosura vaga de algo que solo pudo ser percibido a través del error. Pero eres tú, sin duda. La sonrisa en los labios. La cercanía que me llama, cantando como sirenas perdidas en una tormenta de palabras desperdiciadas. Tal vez, el silencio sea mejor. Te acercas a mí. O el mundo nos rodea, no existe más allá de ambos. Todo lo demás es una fábula inventada por alguien más que sueña con nosotros en una noche eterna. El Dios remoto a quien suplicamos piedad, comprensión o simplemente indiferencia. La noche, la noche es quimérica. Atlas la sostiene, convencido que su eterno trabajo parte de la paradoja de crear a través de la determinación. ¿Hablas para mí, Paladín de lo absurdo? No puedo escucharte, no ahora que eres solo una idea bailando alrededor de una llama monstruosa y original. Extiendo mis manos. Siento las tuyas. La sensación. La maldición es cierta. Real. Sentir, apreciar la belleza. ¿Es eso posible ahora? Río, una carcajada brota de mi garganta. El aire helado se arremolina a mi alrededor. Como me reconforta la simple vitalidad de poder sentir el frío, de poder apreciar la crudeza de mi rabia, de mi ira. Te espero, quise que vinieras, y ahora que estás aquí, palpita rudamente mi vitalidad. Viva, a pesar de todo, viva y resplandeciente, entretejida en la rutilante realidad. No te miré. Sabría lo que vería. ¿Es la muerte tan dulce cuando las lágrimas de sangre corroen su rostro óseo? Desganada, me aprieto contra tu cuerpo de piedra. El enorme reloj de detiene en algún lugar del universo. El ciclo se ha completado, las tijeras de las Moiras cortan el hilo lentamente. Y eres tú, siempre, antes, en el ábside de este dolor que me atraviesa. Tal vulgaridad no puede ser sino divina. Recorro tu cuerpo con mis dedos. Marmóreo, como el mío. La sangre te moldeó hasta crear un monstruo a partir de la orquídea sagrada de un jardín de espinos. El cabello sedoso resbala entre mis dedos. Seda negra. Y tu rostro blanco, las facciones de un muchacho salpicadas de siglos, de días por venir y que han transcurrido. ¿Eres fruto de esta aterradora voluntad de morir que me consume? Tal vez no estás aquí ahora, y yo yazgo en la tierra traicionera huyendo del fuego de los malditos. Sí, la tierra cubre mis labios ciegos y hablo, canto para ti. ¿Me escucharás? La locura me atraviesa como el deseo imposible de morir. Sí, has llegado y las lamentaciones ya no son más que este momento. Te pedí venir y aquí estás. El viento llevó mi voz a través del aire y te atrajo aquí. Levanto los ojos. Los tuyos. Mi pupila se dilata en puro placer, se retuerce en agonizantes quejidos. Soy. Soy. Y esa es mi condena. Aquí, apretada contra tu pecho, está lo que creaste, la criatura que debió ser una niña y no es más que un ser de sombras y colores prestados a la chiquilla que fui. Y ahora no hay ninguna respuesta. En los infinitos pasos de mi vida, busqué la armonía a mis canciones secretas. Pero la música ahora calla. Nunca la hubo. Y quiero morir. - ¿es eso cierto? – murmuras a mi oído. Los dedos helados sostienen mi cabeza. Sonrío. La mujer del espejo desintegrándose. La niña mujer que no es nada ni nadie. - Sí – la libertad grita por mí – sí, sí. Abro los brazos para recibir la muerte. La muerte con la forma de un muchacho. Una vez le brindé mi sangre, noche tras noche. Sus labios apretados en mi carne, la ansiosa avidez robándome la humanidad. La invitación. Ven a mí. Los brazos abiertos de la muerte que me transformó en espíritu errante. Mi tumba cerrada abierta ahora. El paraíso negado. La penitencia del placer. Tú, el mismo rostro. El espejo reflejando al hombre y la mujer moviéndose lentamente en la oscuridad, abrazados como amantes perdidos. Las sombras nos rodean como ninfas demoníacas, cantan, ¡es verdad!. Ven, dame lo que te he pedido, no puedes negármelo. - lo sé – su voz, a través de los siglos – no lo haré. La muerte que llora y me mira detrás de los ojos de un hombre imposible. Bésame, dame la muerte real esta vez. La quiero, la necesito, la ansío. El secreto de la vida no es más que la veleidad de un pensamiento instintivo, que me sostuvo, que me sostiene, que se creó así mismo. Vida y muerte, dolor y placer, el péndulo oscila lentamente, se recrea en la curva. Tu boca en mi cuello. Las puertas de la absurda eternidad se abren para mí. Y tus ojos cerrados descansan, el demonio no me mira. El demonio piensa y se lamenta. Y mi sangre antigua brota de nuevo, una vez más, a tu boca. Bebe, bebe de mí, sáciate. La niña que fui baila en la oscuridad, retoza en medio de un valle imaginario y rotundo. Baila. Baila, las visiones se suceden unas a otras. ¡Es ella, ha venido por mí! La mujer que fui, ambiciosa. Deseo, deseo y deseo. Infecundo y verbal. Ah, y el monstruo hombre, la bestia voraz con cara de niño, el vampiro de los cuentos medievales surgiendo entre las sombras como un Eros misterioso y fatal, que atisbó a Psiquis dormida en la eterna juventud. La sangre brota a tus labios imparable. Bebes de mi, mientras muero de nuevo, esta vez en la quietud de la rosa azul e improbable. Muero, amor mío. La fábula inacabada, el despertar aciago. Muero. Me elevo hacia el tesoro de Atlas. La mujer monstruo navega a la deriva en una barca cubierta de flores. Me alejo, me envuelve la luz de la nada. Y tu rostro. Tu rostro en el adiós. Lágrimas de sangre en el mármol eterno. Aquí, el olvido definitivo. Los ojos del demonio que duermen se cierran al fin. El iris de la eternidad se desdibuja en un único resplandor.


   
 
 

Fin
 

Comentarios para esta obra
Para poder comentar debes estar registrado


 
  De: eowyn
Nombre: Eowyn Anarión.
Publicacíon: 17-Marzo-2004
 
 

Opciones para esta obra:
(opciones solo para usuario registrados)
  Obras recientes:
~ En el umbral de 18-03-2004
~ Ojos de un Demo 17-03-2004
~ En la penumbra. 17-03-2004
~ La piedra de la 16-03-2004
~ Agua 23-05-2003
~ Aire 23-05-2003
~ Tierra 22-05-2003
~ Fuego 22-05-2003
~ Primavera 21-05-2003
~ Verano 21-05-2003
+ Ver mas obras
   
Visitantes recientes
~ xerroz Agosto 15, 2010
 
 
 
Seguidores de eowyn
predicado
predi-pix
malik
malika
luigi
luigi
feyo_
feyo_punker
theda
thedark
eldru
eldruida
celti
celtic_axe
fatam
fatamorgana
miste
misterioso
urupa
urupagua
ollai
ollaida2
miste
misterioso2
reali
realista
melpo
melpomene
cated
catedral_gotica
aeter
aeterea
ollai
ollaida
lombo
lombok
el_no
el_no_escritor
artar
artarq
armen
armen
kerg
kerg
yosoy
yosoyyo-ii
daza1
daza111
hades
hades_xxi_c
nosoy
nosoynadie
sandr
sandrota
xerro
xerroz
sator
satori
+Ver todos
Escritores Red Social


Predicado.com Red social de nuevos escritores, comunidad literaria de
poesía, cuentos, reflexiones y otras inspiraciones.
Políticas de publicación.